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Bailando en la Oscuridad Lars von Trier

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Bailando en la Oscuridad Lars von Trier

La noche en el departamento de Polanco se sentía cargada de esa electricidad que solo pasa cuando el DF se pone romántico. Tú y yo, sentados en el sillón de piel suave, con una chela fría en la mano, viendo Bailando en la oscuridad de Lars von Trier. La peli nos tenía clavados, neta. Selma cantando en la fábrica, con esa voz que te eriza la piel, bailando en su mente mientras todo se va a la mierda. Pero nosotros no estábamos en ese mood depresivo. Al contrario, cada escena musical nos ponía a fantasear con movernos así, libres, sin pudor.

Yo te miro de reojo, tu playera ajustada marcando esas curvas que me vuelven loco, el olor de tu perfume mezclado con el popote de la pizza que acabamos de devorar. Órale, carnala, pienso, esta noche va a estar chingona. La pantalla se apaga con los créditos, y el silencio se rompe con tu risa suave. “Qué peliculón, ¿no? Lars von Trier sabe cómo meterte en el alma”. Asientes, tus ojos brillando bajo la luz tenue de la lámpara. “Sí, pero esa Selma... bailando en la oscuridad, como si el mundo no existiera. Me dan ganas de hacer lo mismo, pero en versión happy”.

Te levantas de un brinco, pendeja juguetona, y vas por el control del sound system. Pones un playlist con reggaetón suave mezclado con baladas electrónicas, el bajo retumbando en el piso de madera. “Vamos a bailar como en la peli, pero sin dramas”, dices, extendiendo la mano. Yo sonrío, sintiendo ya el calor subiendo por mi pecho. Te tomo la mano, suave como terciopelo, y apago la luz principal. Solo queda el resplandor de las velas en la mesa, sombras danzando en las paredes blancas del depa.

Esto es lo que necesitaba, neta. Su cuerpo cerca, el ritmo guiándonos, olvidando el pinche mundo afuera.

Empezamos lento, tú pegadita a mí, tus caderas moviéndose al compás del dembow. Siento tu aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta del chicle que mascabas. Mis manos bajan por tu espalda, trazando la curva de tu cintura, hasta posarse en tus nalgas firmes. “Mmm, qué rico te mueves”, te susurro al oído, y tú respondes con un gemido bajito, arqueando la espalda. El sudor empieza a perlar tu piel, ese olor salado y dulce que me enciende como gasolina.

La música sube de volumen, y tú das un giro, tu cabello rozando mi cara, liberando ese aroma a shampoo de coco que tanto me gusta. Nos mecemos en la penumbra, cuerpos chocando suave, como olas en la playa de Acapulco. Tus tetas presionan contra mi pecho, los pezones ya duros bajo la tela delgada. Chingao, ya la quiero desnuda, pasa por mi mente, pero no apuro nada. Esto es tensión buena, la que se construye poquito a poquito.

De repente, cambias el playlist a algo más íntimo, una rola de Rosalía con beats lentos. “Bailando en la oscuridad, como Selma, pero contigo”, murmuras, tus labios rozando los míos. El beso viene natural, hambriento, lenguas enredándose con sabor a chela y deseo. Mis manos suben por tu blusa, quitándosela despacio, revelando tu bra de encaje negro. Tus pechos suben y bajan con la respiración agitada, y yo los beso, lamiendo la sal de tu piel, sintiendo el pulso acelerado bajo mi lengua.

Tú no te quedas atrás, carnala. Tus dedos desabrochan mi camisa, uñas arañando leve mi pecho, enviando chispas directo a mi verga que ya palpita dura dentro del jeans. “Estás bien puesto, cabrón”, ríes bajito, y yo te alzo en brazos, caminando a ciegas hacia el sillón. La oscuridad nos envuelve como en la peli de Lars von Trier, pero aquí no hay tragedia, solo puro fuego.

Te recuesto, el cuero frío contrastando con tu piel caliente. Bajo por tu cuerpo, besando el ombligo, oliendo tu excitación que sube como perfume prohibido. Desabrocho tu jeans, lo jalo con tus tangas, exponiendo esa panocha húmeda, reluciente en la luz de las velas. “Dios, qué chula”, pienso, y me lanzo, lengua explorando tus labios hinchados, saboreando tu jugo dulce y salado. Gimes fuerte, “¡Ay, wey, no pares!”, tus manos enredadas en mi pelo, caderas levantándose para frotarse contra mi boca.

El sabor tuyo me vuelve loco, esa mezcla almizclada que grita cógeme ya. Chupo tu clítoris suave, círculos lentos, mientras meto un dedo, luego dos, sintiendo tus paredes apretándome, calientes y resbalosas. Tus muslos tiemblan a mis lados, el olor de sexo llenando el aire, mezclado con el jazmín de las velas. “¡Más rápido, pendejo rico!”, ordenas, y acelero, hasta que explotas en mi boca, un chorro caliente que lamo ansioso, tus gritos ahogados en la almohada.

Su orgasmo es música mejor que cualquier soundtrack de Von Trier. Ahora me toca a mí.

Te incorporas jadeante, ojos brillando en la oscuridad. “Tu turno, mi amor”. Me empujas al sillón, te arrodillas entre mis piernas. Desabrochas mi jeans, liberas mi verga tiesa, palpitante. La miras con hambre, “Qué pinga tan chingona”, y la tocas, suave al principio, mano subiendo y bajando, pulgar en la cabeza mojada de precum. Luego tu boca, cálida y húmeda, envolviéndome entero. Siento tu lengua girando, chupando con fuerza, el sonido obsceno de succión llenando la habitación.

Mis manos en tu cabeza, guiándote sin forzar, el placer subiendo como lava. “¡Neta, qué buena chupas!”, gimo, y tú aceleras, garganta profunda, saliva resbalando por mis bolas. El olor de tu excitación aún en mi nariz, el tacto de tu pelo sedoso... casi reviento, pero te detengo. “No aún, quiero cogerte adentro”.

Te subes encima, piernas abiertas, guiando mi verga a tu entrada. Deslizas despacio, centímetro a centímetro, gimiendo cuando me lleno de ti. “¡Ay, cabrón, qué llena me dejas!”, dices, y empiezas a cabalgar, tetas rebotando, sudor goteando entre ellas. Yo agarro tus nalgas, ayudando el ritmo, sintiendo cada embestida profunda, tu panocha apretándome como guante caliente.

La música sigue de fondo, pero ya no la oímos; solo nuestros jadeos, piel chocando con palmadas húmedas, el crujir del sillón. Cambiamos: te pongo en cuatro, entro por atrás, viendo tu culo perfecto moverse. Mis manos en tus caderas, tirando suave de tu pelo, “Dime si te gusta”, y tú: “¡Sí, fóllame duro, wey!”. Acelero, bolas golpeando tu clítoris, el placer construyéndose en espiral.

Sientes otro orgasmo venir, paredes contrayéndose alrededor de mi verga. “¡Me vengo otra vez!”, gritas, y yo no aguanto más, explotando dentro de ti, chorros calientes llenándote mientras tiemblas. Nos derrumbamos juntos, sudorosos, pegajosos, respiraciones entrecortadas.

La luz de las velas parpadea, sombras bailando como en Bailando en la oscuridad de Lars von Trier. Te acurrucas en mi pecho, dedo trazando círculos en mi piel. “Esto fue mejor que la peli”, susurras, y yo río bajito. “Neta, cada noche así”. El afterglow nos envuelve, cuerpos relajados, corazones latiendo al unísono. Afuera, el DF ronronea indiferente, pero aquí, en nuestra oscuridad sensual, todo es perfecto.

Mientras nos quedamos así, pensando en más bailes, más noches locas, sé que esto no acaba. Es solo el principio de nuestro propio musical erótico.

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