El Giro Prohibido de la Okuma Trio Spinning Reel
El sol de Mazatlán pegaba como plomo derretido esa tarde, y yo andaba con el antojo de armar mi caña nueva. Entré a la tienda de artículos de pesca en la Zona Dorada, ese lugar chido lleno de redes, anzuelos y el olor a mar que te hace sentir vivo. Ahí estaba ella, revisando una caja con ojo de experto. Mari, se presentó con una sonrisa que me dejó tieso. Morena, con curvas que gritaban pecado bajo unos shorts ajustados y una blusa que se pegaba al sudor de su piel. Sus ojos cafés brillaban como el agua del Pacífico.
—Órale, güey, ¿vienes por la Okuma Trio spinning reel? —me dijo, señalando la caja que yo traía en la mente—. Es la neta, gira suave como mantequilla y jala hasta al pez más cabrón.
Su voz ronca, con ese acento sinaloense que suena a fiesta, me erizó la piel. Hablamos un rato de líneas, líderes y nudos, pero el aire entre nosotros se cargaba de otra cosa. Olía a su perfume mezclado con sal marina, y cada vez que se inclinaba, veía el valle entre sus chichis.
¿Qué chingados? Esta morra no nomás pesca, me está pescando a mí, pensé, mientras mi verga empezaba a despertar.
Quedamos en salir al día siguiente al amanecer. Yo con mi panga lista, ella con su cooler de chelas frías. El mar estaba en calma, como un espejo roto por el sol naciente. Montamos la Okuma Trio spinning reel en mi caña, y mientras ella la probaba, su mano rozó la mía. El click-clack del reel girando era como un latido acelerado, sincronizado con el mío.
—Se siente chingona en la mano, ¿verdad? —murmuró cerca de mi oído, su aliento caliente oliendo a menta y deseo.
Pescamos unas lisas grandes, riendo como pendejos cada vez que una se zafaba. El sudor nos corría por la espalda, y el balanceo de la lancha nos pegaba uno al otro. Su muslo contra el mío, firme y cálido. Yo la veía lanzar, el reel zumbando, su culo redondo tensándose bajo los shorts. Pinche tentación.
Al mediodía, con el sol achicharrando, paramos en una caleta escondida, arena blanca y palmeras susurrando con la brisa. Sacamos las chelas, el hielo derritiéndose como mi autocontrol. Nos sentamos en la lancha varada, pies en el agua tibia que lamía como lengua juguetona.
—Sabes, carnal, esa Okuma Trio no es lo único que gira suave aquí —dijo ella, guiñando, mientras su mano subía por mi muslo.
El corazón me latía en los huevos. La besé, suave al principio, saboreando sus labios salados, su lengua danzando con la mía como un reel desenrollándose. Sus manos me quitaron la playera, uñas arañando mi pecho, dejando rastros de fuego. Yo le bajé los shorts, revelando un tanga negro que apenas cubría su concha húmeda. Olía a mar y a ella, ese aroma almizclado que te enloquece.
La recosté en la banca de la lancha, el vinilo caliente pegándose a su espalda. Besé su cuello, lamiendo gotas de sudor que sabían a sal y coco. Bajé a sus chichis, pezones duros como anzuelos, los chupé hasta que gimió "¡Ay, cabrón!". Sus caderas se movían, frotándose contra mi pierna.
Esto es lo que necesitaba, esta morra me va a romper, rugía mi mente mientras mis dedos exploraban su interior, resbaloso y caliente como el aceite del reel.
Ella me volteó como luchadora, desabrochándome el short. Mi verga saltó libre, dura como caña de bambú. "¡Qué chingón!" exclamó, tomándola con manos expertas, acariciando el tronco, lamiendo la cabeza con lengua giratoria, imitando el spinning del Okuma Trio. El sonido de su boca, slurp-slurp, mezclado con las olas, era sinfonía pura. Gemí, agarrando su pelo negro, oliendo su shampoo de frutas tropicales.
No aguanté más. La puse a cuatro patas, mirando el mar infinito. Le até las manos con la línea de pesca floja, juguetona, no para atar sino para excitar. "Sí, pendejo, hazme tuya", suplicó. Entré despacio, sintiendo su concha apretándome, pulsando. El plaf-plaf de carne contra carne, el chirrido de la lancha, su aliento jadeante. Olía a sexo crudo, sudor y arena.
Aceleramos, el reel de la caña rodando con el movimiento, como testigo mudo. Ella gritaba "¡Más duro, güey!", yo embestía, sintiendo sus paredes contraerse. El clímax llegó como tormenta, ella primero, temblando, mojadísima, yo después, vaciándome dentro con rugido animal. Colapsamos, pieles pegajosas, risas entre jadeos.
Después, tumbados en la arena, el sol bajando pintando el cielo de rojo pasión. Bebimos las últimas chelas, fumando un cigarro compartido. La Okuma Trio spinning reel brillaba en la caña, ahora símbolo de nuestro enredo.
—Esto hay que repetirlo, ¿no? —dijo ella, trazando círculos en mi pecho.
—Pinche sí, hasta que se gaste el reel —respondí, besándola de nuevo.
El mar susurraba promesas, y yo sabía que este giro no pararía.