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Trío Amigos Ardientes

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Trío Amigos Ardientes

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo la arena de un dorado que parecía miel derramada. Yo, Ana, había convencido a mis dos carnales de toda la vida, Carla y Luis, para que nos fuéramos de fin de semana a esa cabaña rentada con vista al mar. Nosotros tres éramos el trío amigos inseparable desde la uni: Carla, la morena explosiva con curvas que volvían locos a todos; Luis, el alto y atlético con esa sonrisa pícara que derretía cualquier tensión; y yo, la flaca de ojos verdes que siempre andaba organizando las pachangas. Neta, éramos como hermanos, pero últimamente sentía un cosquilleo raro cada vez que nos juntábamos. ¿Sería el calor o algo más?

Estábamos tirados en las hamacas de la terraza, con chelas frías sudando en las manos y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos. El aire olía a sal y a coco del bronceador que Carla se untaba generosamente en las tetas, que asomaban jugosas por su bikini rojo. Órale, wey, ¿por qué me pongo así nomás de verla? pensé, mientras mi piel se erizaba con la brisa marina. Luis se recargaba en la barandilla, sin camisa, con el pecho marcado por el sol y gotas de sudor resbalando hasta su short de baño, que marcaba un bulto tentador.

—¡Ya valga, qué chido está esto! —gritó Carla, levantándose de un salto y sacudiendo su melena negra—. ¿Quién se anima a un chapuzón?

Luis me miró con esos ojos cafés intensos.

"¿Tú qué dices, Ana? ¿O te da cosita mojarte?"
Su voz grave me recorrió la espina como una caricia. Sentí un calor subiendo por mi entrepierna, húmedo y traicionero.

—Neta, pendejos, ¡claro que sí! —respondí, quitándome el pareo con un movimiento que dejó ver mis nalgas firmes envueltas en el tanga negro.

Nos lanzamos al mar, riendo como niños. El agua tibia nos envolvía, salada en la boca cuando nos salpicábamos. Carla se pegó a mí por detrás, sus pechos suaves presionando mi espalda, y sus manos rozaron mis caderas accidentalmente. O no tan accidental. Mi corazón latió fuerte, el pulso acelerado contra el rumor de las olas. Luis nadó hacia nosotras, salpicándonos, y de pronto su mano grande rozó mi muslo bajo el agua. ¿Fue a propósito? Madre, qué rico se siente su piel áspera.

Regresamos a la cabaña empapados, con la piel brillante y el olor a mar pegado al cuerpo. Nos servimos tequilas en shots con limón y sal, el líquido ardiente bajando por la garganta como fuego líquido. La música ranchera con toques electrónicos sonaba bajito desde el Bluetooth, y empezamos a bailar en la sala de madera, con el piso crujiendo bajo nuestros pies descalzos.

Carla se movía como diosa, meneando las caderas al ritmo, su culo redondo rebotando. Yo la seguí, sintiendo el sudor fresco perlando mi clavícula. Luis nos miró, bebiendo despacio, su mirada devorándonos. Pinche trío amigos, ¿y si esto explota? La tensión crecía, el aire cargado de feromonas y promesas mudas.

—Ven, Luis, no seas rajón —lo jalé por el brazo, su bíceps duro bajo mis dedos—. Baila con nosotras.

Se unió, sandwichándonos. Su cuerpo pegado al mío por delante, el calor de su verga semi-dura rozando mi vientre. Carla por detrás, sus labios rozando mi cuello, exhalando aliento a tequila.

"Estás rica, amiga"
, murmuró ella en mi oído, su lengua lamiendo una gota de sudor. Mi coño se contrajo, mojado ya, el bikini empapado no solo de mar.

El beso empezó inocente: Luis me tomó la cara y plantó sus labios en los míos, suaves al principio, luego hambrientos, lengua invadiendo mi boca con sabor a sal y limón. Carla no se quedó atrás; sus manos bajaron a mis tetas, pellizcando los pezones endurecidos a través de la tela. ¡Qué chingón! Esto es lo que necesitaba, neta. Me volteé y besé a Carla, sus labios carnosos y dulces, mientras Luis nos abrazaba a las dos, su erección presionando contra nosotras.

—¿Quieren seguir? —preguntó Luis con voz ronca, ojos brillantes de deseo.

—¡Órale, carnal! —asintió Carla, quitándose el bikini de un tirón. Sus tetotas saltaron libres, pezones cafés duros como piedras.

Yo los seguí, desnudándome lento, dejando que me miraran. Mi piel pálida contrastaba con sus cuerpos bronceados, el vello púbico recortado brillando húmedo. Nos tumbamos en la cama king size de la habitación principal, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. El ventilador zumbaba arriba, moviendo el aire caliente.

Luis se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, su aliento caliente haciendo que mi clítoris palpitara. Carla se recostó a mi lado, chupando mi teta derecha mientras yo masajeaba la suya, suave y pesada en mi palma. Su piel sabe a coco y sudor, deliciosa. Gemí cuando la lengua de Luis lamió mi raja, saboreando mis jugos, el sonido chupante mezclado con mis jadeos.

—Deliciosa, Ana —gruñó él, metiendo un dedo grueso dentro de mí, curvándolo para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.

Carla se subió a mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Lo lamí ansiosa, sabor salado y almizclado, su clítoris hinchado bajo mi lengua. Ella cabalgaba mi boca, gimiendo "¡Ay, sí, wey, así!", sus jugos corriéndome por la barbilla. Luis se enderezó, su verga gruesa y venosa apuntando al techo, gota de precum brillando en la punta. Se la metí en la mano, masturbándolo lento, sintiendo las venas pulsar.

Cambié de posición: me puse a cuatro patas, Luis detrás de mí, frotando su pija contra mi entrada. Carla debajo, lamiendo mis tetas colgantes. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, su pubis chocando contra mi culo con un plaf húmedo. ¡Madre santa, qué grande y qué duro! Embestía rítmico, el sonido de carne contra carne ahogando las olas lejanas. Yo chupaba el coño de Carla, dedos en su ano apretado, ella retorciéndose de placer.

—¡Córrete conmigo, trío amigos! —jadeó Luis, acelerando, sus bolas golpeando mi clítoris.

La tensión subió como ola gigante. Sentí el orgasmo construyéndose en mi vientre, pulsos calientes expandiéndose. Carla se vino primero, gritando "¡Me vengo, pinches cabrones!", su coño contrayéndose en mi boca, chorros dulces salpicándome. Yo exploté después, el placer cegador, paredes vaginales ordeñando la verga de Luis, piernas temblando. Él rugió, llenándome de semen caliente, chorros espesos que goteaban por mis muslos.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas sincronizándose. El olor a sexo impregnaba la habitación: semen, sudor, coños calientes. Luis nos besó a las dos, tierno ahora. Esto no fue solo cogida, fue conexión pura.

Carla trazó círculos en mi panza con el dedo.

"Neta, trío amigos para siempre, ¿no?"

Asentí, con el corazón lleno. El sol se ponía, tiñendo la piel de nosotros tres en naranja. Nos duchamos juntos después, jabón resbaloso en curvas y músculos, risas mezcladas con besos suaves. Esa noche, cenamos tacos de mariscos en la terraza, desnudos bajo las estrellas, manos entrelazadas. No hubo arrepentimientos, solo promesas mudas de más noches así.

Al día siguiente, caminando por la playa, el sol calentando nuestra piel aún sensible, supe que nuestro lazo había evolucionado. El trío amigos ahora era algo ardiente, profundo, nuestro secreto compartido. Y qué chido se sentía.

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