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El Ardiente Trio de Jotos

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El Ardiente Trio de Jotos

La noche en la colonia Roma estaba viva, con el bullicio de las cantinas y el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Yo, Alex, acababa de llegar a la fiesta de mi carnal Ricardo, un wey que siempre arma las mejores pachangas. El departamento rebosaba de morros guapos, luces neón parpadeando y reggaetón retumbando en los parlantes. Sudor, perfume caro y un toque de marihuana legalizada se mezclaban en el ambiente, haciendo que mi piel se erizara de anticipación.

Ahí los vi: a Ricardo bailando pegadito con Luis, su novio de ojos verdes y sonrisa pícara. Luis era un chulo de gimnasio, con brazos tatuados que brillaban bajo las luces. Yo me quedé clavado, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Neta, estos dos son puro fuego, pensé, mientras me servía un chela fría. Ricardo me vio y gritó por encima de la música: "¡Órale, carnal! Ven pa'cá, no te quedes como pendejo".

Me acerqué, y Luis me jaló del brazo con una fuerza que me hizo jadear. Su mano era cálida, áspera por el gym, y olía a colonia masculina con un fondo salado de sudor. "Qué onda, Alex. Ricardo dice que eres el rey de las fiestas", me soltó con voz ronca, sus labios rozando mi oreja. Sentí mi verga despertar, presionando contra mis jeans ajustados. Ricardo se pegó por detrás, su pecho duro contra mi espalda. "Esta noche armamos algo chido, ¿no?", murmuró, y su aliento caliente me erizó la nuca.

La tensión creció como una tormenta. Bailamos los tres, cuerpos frotándose al ritmo del perreo. Las manos de Luis en mi cintura, las de Ricardo bajando por mi pecho. El calor de sus pieles me quemaba, y el sabor salado de sus cuellos cuando los besé me volvió loco.

Esto es un trio de jotos hecho en el cielo, carajo. No puedo parar.
Salimos del bullicio a la terraza, el skyline de la CDMX brillando como diamantes. El viento fresco contrastaba con el fuego entre nosotros.

En el cuarto de Ricardo, la luz tenue de una lámpara de lava pintaba sombras en las paredes. Nos desvestimos despacio, como en un ritual. Primero Luis, quitándose la playera y revelando un torso esculpido, pezones oscuros endurecidos. Olía a jabón y deseo puro. Yo lo seguí, mi piel morena contrastando con su tono claro. Ricardo nos miró, su verga ya dura asomando por el bóxer. "Mírenlos, dos jotos sabrosos listos pa'l desmadre", dijo riendo, pero sus ojos ardían de lujuria.

Nos besamos primero los tres, labios suaves y hambrientos chocando. El sabor de sus lenguas era dulce, como tequila con limón, mezclado con el mío propio. Luis me empujó a la cama king size, las sábanas frescas de algodón egipcio rozando mi espalda desnuda. Ricardo se arrodilló entre mis piernas, su boca caliente envolviendo mi verga. ¡Puta madre, qué chido! Gemí, el sonido gutural saliendo de mi garganta mientras su lengua jugaba con la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Luis se subió a horcajadas sobre mi pecho, su culo firme presionando mi piel, y metió su verga en mi boca. La succioné con ganas, sintiendo las venas pulsantes contra mi lengua, el olor almizclado de su entrepierna invadiéndome.

La habitación se llenó de jadeos y el chap chap húmedo de bocas y pieles chocando. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, chupando a Luis mientras Ricardo me lamía el culo desde atrás. Su lengua era mágica, caliente y resbalosa, explorando mi ano con círculos lentos. El placer subía como olas, mi próstata latiendo con cada roce. "Estás bien rico, wey. Tu culo es mío esta noche", gruñó Ricardo, introduciendo un dedo lubricado. El ardor inicial se convirtió en éxtasis puro, mi cuerpo temblando.

Esto es más que sexo, es conexión, pensé mientras Luis me follaba la boca con ritmo gentil. Sus bolas peludas rozaban mi barbilla, su sudor goteando en mi pecho. Ricardo se puso un condón, el látex crujiendo, y me penetró despacio. Sentí cada centímetro estirándome, el dolor placentero convirtiéndose en fuego líquido. Gemí alrededor de la verga de Luis, vibraciones que lo hicieron arquearse. Nos movíamos en sincronía, un trio de jotos unidos por el placer crudo y mutuo.

La intensidad escaló. Ricardo aceleró, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras. El olor a sexo impregnaba el aire: semen, sudor, lubricante. Luis se bajó y nos unió en un beso de tres, lenguas enredadas mientras yo me giraba para que Ricardo me follara de lado. Ahora Luis entró en mí también, no al mismo tiempo, sino turnándose, sus vergas frotándose contra mi interior en relevos calientes. Mis manos exploraban sus cuerpos: músculos tensos, piel resbaladiza, corazones galopando bajo mis palmas.

"¡Ay, cabrón, me vengo!", gritó Luis primero, su semen caliente salpicando mi pecho en chorros espesos. El olor alcalino me empujó al borde. Ricardo me embistió más fuerte, su verga hinchándose dentro de mí. Yo exploté, mi leche manchando las sábanas, pulsos interminables de placer cegador. Ricardo se corrió último, rugiendo mi nombre, su cuerpo convulsionando contra el mío.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El silencio era roto solo por el zumbido del ventilador y nuestros suspiros. Luis me besó la frente, dulce como miel. "Eres increíble, Alex. Esto fue épico". Ricardo nos abrazó a ambos, su calor protector envolviéndonos.

Un trio de jotos como este no se olvida. Somos más que amigos ahora.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Jabón espumoso en manos resbalosas, risas y caricias suaves. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos tacos por app para recargar energías. La noche terminó con cervezas en la terraza, mirando las estrellas sobre la ciudad. Sentí una paz profunda, un lazo forjado en éxtasis. Neta, la vida es chida con weyes como estos. Y supe que esto era solo el principio.

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