Cancion de Amor del Tri en Nuestra Piel Ardiente
Era una noche calurosa en la Roma, de esas que te pegan el vestido al cuerpo como una segunda piel. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el pinche tráfico de la Ciudad de México royéndome los nervios. Mi carnal, Javier, ya estaba en la terraza del depa, con una chela fría en la mano y la rockola prendida. El aire olía a jazmín del vecino y a ese humo dulce de su cigarro, que se mezclaba con el aroma de las enchiladas que había calentado para cenar. Qué chido estar en casa, pensé, mientras lo veía recargado en la barandilla, su camisa blanca abierta dejando ver ese pecho moreno que tanto me gustaba acariciar.
—¡Ey, mamacita! —me gritó con esa sonrisa pícara que me derretía—. Ven pa'cá, que te tengo una sorpresa.
Me acerqué contoneándome un poquito, sintiendo cómo el aire tibio me rozaba las piernas desnudas bajo la falda corta. Javier me jaló de la cintura y me plantó un beso que sabía a cerveza y a promesas calientes. La música sonaba bajito, y de repente, ¡pum!, arrancó la cancion de amor del Tri. Esa rola de El Tri que siempre nos ponía en mood, con la guitarra rasposa y la voz ronca de Álex Lora cantando de amores que queman el alma.
Triste canción de amor, pero en su letra había un fuego que nos encendía a los dos.
Nos quedamos ahí, bailando pegaditos en la terraza, con las luces de la ciudad parpadeando como estrellas chuecas. Sentía su verga endureciéndose contra mi panza, y yo ya traía la entrepierna húmeda, palpitando como si el corazón se me hubiera bajado ahí. Pinche Javi, siempre sabe cómo hacerme hervir, me dije mientras le mordía el lóbulo de la oreja, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco.
La canción seguía, y él me susurraba al oído: —Esta rola es pa' ti, mi reina. Me recuerda cómo te comí esa primera vez en la playa de Acapulco.
Yo reí bajito, recordando el olor a sal y crema de coco, sus manos ásperas explorando mi cuerpo bajo la luna. Pero esa noche no era pa' recuerdos; era pa' hacer nuevos. Lo empujé suave contra la pared de la terraza, y empecé a desabotonarle la camisa con dientes, saboreando la sal de su piel. Él gemía bajito, ¡ay, cabrona!, mientras sus dedos se colaban por mi blusa, pellizcando mis chichis hasta ponerme los pezones duros como piedras.
El deseo crecía como una ola en el Pacífico, lento pero imparable. Bajamos la rockola un poco, pero la cancion de amor del Tri seguía flotando en el aire, marcando el ritmo de nuestros besos. Javier me levantó la falda, y sus dedos encontraron mi calzón empapado. —Estás chorreando, amor —me dijo con voz grave, metiendo un dedo adentro, despacio, haciendo que mis rodillas temblaran.
Yo no me quedé atrás. Le bajé el pantalón de un jalón, y ahí estaba su pito tieso, palpitando en mi mano. Lo apreté suave, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba como de un fierro al rojo. Qué rico se siente, tan grueso, tan mío. Lo masturbé lento, oliendo ese aroma macho que me volvía loca, mientras él me lamía el cuello, dejando rastros húmedos que se enfriaban al instante con la brisa.
Nos movimos al sillón de la sala, sin dejar de tocarnos. La luz tenue de las velas que él había prendido bailaba en las paredes, proyectando sombras de nuestros cuerpos enredados. Yo me senté a horcajadas sobre él, frotándome contra su verga sin meterla aún, solo rozando mi clítoris hinchado contra la cabeza mojada. El roce era eléctrico, un cosquilleo que subía por mi espina como corriente. Él agarraba mis nalgas con fuerza, amasándolas, ¡qué nalgas tan culas, Ana!
Pero no queríamos prisa. La tensión se acumulaba, como antes de la tormenta. Hablamos entre jadeos, confesándonos cositas sucias. —Te quiero ver venirte en mi boca —le dije, bajándome para lamerle los huevos, saboreando el sudor salado y ese gusto almendrado que me enloquecía. Él se arqueó, gimiendo, con las manos en mi pelo:
¡Sigue, mi vida, no pares!
Yo chupaba despacio, metiéndomelo hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. El sonido de su saliva y mi boca era obsceno, chapoteante, mezclado con la guitarra de fondo. Pero él me detuvo, me levantó y me tumbó en el sillón. Ahora era su turno. Se hincó entre mis piernas, oliendo mi coño antes de atacarlo con la lengua. Dios mío, qué lengua tan diabla. Lamía mi clítoris en círculos, metiendo dos dedos que curvaba justo en el punto G, haciendo que chorros de placer me salpicaran las ingles.
El calor subía, el sudor nos pegaba la piel. La cancion de amor del Tri había terminado, pero otra rola rockera seguía, manteniendo el pulso. Yo gritaba bajito, ¡más, pendejo, más!, mientras él succionaba, bebiendo mis jugos como si fueran tequila añejo. Mi primer orgasmo llegó como un tren, convulsionándome, con las uñas clavadas en su espalda, oliendo a sexo puro en el aire.
Pero no paramos. Él se paró, me dio la vuelta y me puso en cuatro. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingón se siente! Su verga gruesa me estiraba delicioso, chocando contra mi cervix con cada estocada. El slap-slap de carne contra carne resonaba, junto con nuestros gemidos. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, sintiendo sus bolas peludas golpear mi clítoris.
La intensidad crecía. Él me jalaba el pelo suave, azotándome las nalgas con la mano abierta, no fuerte, solo pa' encender más el fuego. —Dime que me amas, Ana —gruñía, acelerando.
—Te amo, cabrón, te amo con todo —respondía yo, al borde del segundo clímax.
Nos corrimos juntos, él llenándome de leche caliente que chorreaba por mis muslos, yo temblando como hoja, con estrellas explotando detrás de mis ojos cerrados. El olor a semen y sudor impregnaba todo, delicioso, íntimo.
Caímos exhaustos en el sillón, jadeando, con las piernas enredadas. Javier me besó la frente, suave, mientras la rockola ponía otra cancion de amor del Tri de fondo. —Eres lo mejor que me ha pasado, mi reina —murmuró, acariciándome el pelo húmedo.
Yo sonreí, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo como una manta tibia. Esto es vida, pensé, oliendo su piel pegada a la mía, escuchando los carros lejanos y su corazón latiendo fuerte contra mi oreja. En esa noche mexicana, con el amor rockero de El Tri como testigo, supimos que nuestro fuego no se apagaría nunca. La tensión del día se había ido, reemplazada por una paz chida, llena de promesas de más noches así.