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Trío Desatado PLM

7505 palabras

Trío Desatado PLM

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que invitaba a quitarse la ropa. Carla caminaba descalza, sintiendo la arena tibia colándose entre sus dedos, mientras el salitre del mar le lamía la piel con una brisa juguetona. Llevaba un bikini rojo que apenas contenía sus curvas generosas, y cada paso hacía que sus caderas se balancearan con esa gracia natural que volvía locos a los weyes de alrededor. A su lado, Marco, su novio de dos años, con su torso moreno y tatuado brillando de sudor, le pasaba el brazo por la cintura, sus dedos rozando peligrosamente el borde de su tanga.

"Órale, mami, ¿ya sientes el calor o qué?", le murmuró al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza fría y a ese perfume masculino que siempre la ponía cachonda. Carla rio bajito, girando la cara para morderle el lóbulo de la oreja.

"Tú eres el que quema, pendejo. Si no fuera por ti, ya estaría en el agua refrescándome".

Pero no era solo Marco quien avivaba el fuego en su vientre. Ahí estaba Luisa, la amiga de la uni que se había unido al viaje de última hora. Alta, con el pelo negro azabache cayendo en ondas salvajes hasta la cintura, y un body de una pieza negro que marcaba sus pechos firmes y su culo redondo como una diosa prehispánica. Luisa caminaba delante, contoneándose con esa seguridad que gritaba "yo sé lo que quiero". Carla no podía evitar mirar cómo el sol jugaba en su piel canela, cómo el sudor perlaba su espalda baja, invitando a trazar esa línea con la lengua.

Desde que llegaron a la villa rentada esa mañana, el aire entre las tres estaba cargado. Una tensión deliciosa, como el preludio de una tormenta en el Pacífico. Habían bebido margaritas en la piscina infinita, riendo de chistes sucios y compartiendo miradas que duraban un segundo de más. Marco lo notaba todo, y en vez de celos, sus ojos brillaban con picardía. "Neta, esto pinta para un tri desatado plm", había soltado él en la ducha compartida esa mañana, mientras el vapor empañaba los vidrios y las manos resbalaban por jabón y pieles húmedas.

Carla sintió un cosquilleo en el clítoris solo de recordarlo. ¿Sería posible? Luisa siempre había sido coqueta, pero ¿hasta dónde? La idea la ponía nerviosa y empapada al mismo tiempo.

Se instalaron en unas cabañas playeras con palapas de palma que crujían con la brisa marina. El olor a coco y mariscos asados flotaba desde los vendedores ambulantes, mezclado con el aroma salado de sus cuerpos sudados. Adentro, las hamacas se mecían perezosamente, y una botella de tequila reposaba en una mesa de madera tallada. Luisa se dejó caer en una hamaca, abanicándose con la mano.

"Ay, no mames, este calor me tiene mojada toda. ¿Nadie trae ventilador?" Sus ojos se clavaron en Carla, desafiantes, mientras se pasaba la lengua por los labios resecos.

Marco soltó una carcajada ronca. "Pos yo traigo algo que refresca mejor". Se quitó la camisa de un tirón, revelando su pecho velludo y los músculos que se contraían con cada movimiento. Carla tragó saliva, imaginando esas manos grandes en su piel, y las de Luisa... suaves, con uñas pintadas de rojo fuego.

El juego empezó inocente: un masaje en los hombros para Luisa, que gimió bajito cuando los dedos de Carla se hundieron en sus músculos tensos. "Chingón, carnala, tienes manos de hada". Marco observaba, su verga endureciéndose bajo los shorts, el bulto evidente. Carla sentía su propia concha palpitando, los labios hinchándose contra la tela del bikini. El roce de las yemas en la piel de Luisa era eléctrico: suave como seda, cálida como el sol poniente.

"¿Y si le digo que la quiero besar? ¿Y si Marco se prende? Neta, esto es un tri desatado plm", pensó Carla, su pulso acelerándose mientras el aroma almizclado de la excitación de Luisa empezaba a filtrarse en el aire denso.

Luisa giró la cara, sus labios rozando el brazo de Carla. "Ven, acuéstate conmigo". Era una orden disfrazada de invitación. Marco no se hizo rogar: se unió, su cuerpo grande presionando contra las dos. Las hamacas crujieron bajo el peso, y pronto estaban enredados en un revoltijo de piernas y brazos. Besos robados, lenguas explorando bocas saladas por el mar y el tequila. Carla saboreó los labios carnosos de Luisa, dulces como mango maduro, mientras Marco lamía su cuello, mordisqueando la piel sensible.

La tensión escaló como una ola crecida. Se quitaron la ropa con urgencia, risas nerviosas mezcladas con jadeos. La piel de Luisa era fuego bajo las manos de Carla, sus pezones oscuros endureciéndose al aire libre, oliendo a vainilla y sudor. Marco gruñía, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando precum que Carla lamió con avidez, salado y espeso en su lengua.

"Chíngame con la boca, reina", suplicó Luisa, abriendo las piernas para mostrar su coño depilado, reluciente de jugos. Carla se hundió entre sus muslos, inhalando el olor almizclado y dulce de su arousal. Su lengua trazó círculos lentos en el clítoris hinchado, saboreando la crema espesa que brotaba. Luisa arqueó la espalda, sus uñas clavándose en los hombros de Marco, que se posicionaba detrás de Carla, frotando su pija contra su culo empapado.

El sonido era una sinfonía erótica: lamidas chuposas, gemidos roncos, pieles chocando con palmadas húmedas. "¡Ay, cabrón, métemela ya!", gritó Carla, su voz quebrada por el deseo. Marco obedeció, embistiéndola de un solo empujón, llenándola hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, su concha apretándolo como un puño caliente. Mientras, lamía a Luisa con furia, sintiendo su propio orgasmo construyéndose en oleadas.

"Esto es puro desmadre, pero qué chido. Sus sabores, sus olores... plm, no pares", rugía en su mente Carla, el sudor chorreando por su espalda, el corazón latiendo como tambores aztecas.

Luisa se corrió primero, un chorro caliente salpicando la cara de Carla, gritando "¡Sí, pinche diosa!". Marco aceleró, sus bolas golpeando el clítoris de Carla con cada estocada brutal. Ella explotó en un clímax que la dejó temblando, la concha contrayéndose en espasmos, ordeñando la leche espesa que Marco derramó dentro de ella con un rugido animal.

Cayeron exhaustos en la hamaca, un enredo sudoroso y pegajoso. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranjas y violetas, mientras el mar susurraba aplausos. Besos perezosos, caricias suaves en pieles enrojecidas.

Después, envueltos en toallas suaves, compartieron un porro de mota suave –nada heavy, solo para flotar– y margaritas heladas que adormecían la garganta. Luisa apoyó la cabeza en el pecho de Carla, su pelo oliendo a sal y sexo. Marco fumaba, sonriendo como gato panza arriba.

"Neta, eso fue un tri desatado plm. ¿Repetimos mañana?", dijo él, guiñando.

Carla rio, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado y el alma ligera. El deseo inicial se había transformado en algo más: conexión, libertad, un lazo invisible entre tres cuerpos que se entendían sin palabras. La brisa nocturna traía risas lejanas de la playa, y el olor a fogata se mezclaba con sus esencias.

En ese momento, bajo las estrellas mexicanas, supo que este viaje no era solo vacaciones. Era liberación. Y plm, qué chingón se sentía.

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