Canciones del Tri de Mexico que Encienden la Piel
La noche en la colonia Roma estaba viva con ese calor pegajoso de mayo en la Ciudad de México. El aire olía a tacos de suadero asándose en la esquina y a chelas frías sudando en las manos de la raza. Yo, Ana, había llegado a la fiesta de mi compa Rodrigo solo para distraerme un rato después de una semana de puro pedo en el jale. La música retumbaba desde los bocinas: canciones del Tri de México, esas rolas chidas que te hacen mover el alma y el cuerpo al mismo tiempo. "Triste Canción de Amor" llenaba el patio, con la voz rasposa de Alex Lora que te cala hasta los huesos.
Estaba recargada en la barda, con una michelada en la mano, sintiendo el limón picante en la lengua y el salitre crujiendo entre los dientes, cuando lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pendeja que te hace latear el corazón más rápido que un solo de guitarra. Se llamaba Luis, me enteré después, y estaba cantando a todo pulmón, con una cerveza en alto. Nuestras miradas se cruzaron justo en el coro: "¿Por qué te fuiste de mi lado?" Neta, sentí un cosquilleo en la nuca, como si la letra hablara de algo que ya nos unía sin conocernos.
Órale, Ana, ¿qué pedo contigo? Este vato te está viendo como si fueras la última chela del mundo. No seas mensa, acércate.
Me acerqué bailando, el ritmo de la canción me mecía las caderas. "¿Te late El Tri, wey?", le grité por encima de la música. Él rio, con esa risa grave que vibró en mi pecho. "¡Neta que sí, carnala! Esas canciones del Tri de México son las que me prenden el ánimo. ¿Cuál es tu favorita?" Platicamos de "Piedras Rodantes", de cómo esas rolas te hacen sentir libre, rebelde. Su voz era ronca como la de Lora, y olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un aroma que me erizó la piel.
La fiesta seguía, pero ya no importaba la raza alrededor. Bailamos pegaditos cuando sonó "A Dónde Vamos", sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, el calor de su cuerpo traspasando mi blusa ligera. Sentía su aliento en mi cuello, caliente, con sabor a cerveza y algo más dulce, como a chicle de tamarindo. Mi corazón latía al ritmo de la batería, y entre mis piernas empezó un pulso traicionero, húmedo, que me hacía apretar los muslos.
"¿Quieres ir a un lugar más chido?", murmuró en mi oído, su barba raspando mi piel de forma deliciosa. Asentí, empapada ya no solo de sudor. Caminamos unas cuadras hasta su depa, el bullicio de la ciudad como fondo: cláxones, risas lejanas, el olor a elotes tostados flotando. Adentro, prendió la luz tenue y puso más canciones del Tri de México en su bocina, bajito, como un secreto nuestro.
Acto dos, el que te deja sin aliento. Nos sentamos en su cama deshecha, con sábanas que olían a él, a hombre limpio y deseoso. Hablamos más, de la vida, de cómo esas rolas nos habían marcado. "El Tri siempre me pone cachondo, ¿sabes?", confesó con picardía, sus ojos oscuros clavados en los míos. Yo reí, nerviosa, pero mi cuerpo gritaba sí. Lo besé primero, mis labios probando los suyos, salados, urgentes. Su lengua entró juguetona, explorando, y gemí bajito contra su boca.
Wey, este beso sabe a todo lo que he extrañado. Su piel es fuego, neta voy a arder.
Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi sostén con maestría, como si lo hubiera ensayado. Me quitó la blusa, y sentí el aire fresco en mis chichis endurecidas, los pezones parados pidiendo atención. Él los miró con hambre, lamió uno despacio, su lengua áspera mandando chispas directas a mi panocha. "Estás rica, Ana", gruñó, y yo arqueé la espalda, oliendo su pelo mojado de sudor. Le quité la playera, palpando su pecho firme, velludo justo lo necesario, bajando hasta el bulto en su pantalón. Lo toqué por encima de la tela, duro como piedra, latiendo bajo mi palma.
La música seguía: "No Me Extrangies", perfecta para el momento. Nos desnudamos mutuo, sin prisa al principio, saboreando cada centímetro revelado. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí con deleite, salada y almizclada. Él jadeó, "Chingao, qué buena boca tienes". Me recostó, besando mi vientre, bajando hasta mi entrepierna. Su aliento caliente en mi clítoris me hizo temblar, y cuando su lengua tocó ahí, suave y luego voraz, grité su nombre. Olía a mí, a deseo puro, jugos que él chupaba con avidez.
El tension subía como un solo de guitarra interminable. Me monté encima, frotándome contra él, sintiendo su punta rozar mi entrada húmeda. "Cógeme, Luis, ya no aguanto", le rogué, y él obedeció, embistiéndome lento al principio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, el roce delicioso contra mis paredes. Cabalgamos al ritmo de "Las Piedras Rodantes", mis tetas rebotando, sus manos apretando mi culo. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de nuestros cuerpos como percusión viva. Él me volteó, entrándome por atrás, profundo, tocando ese punto que me volvía loca. Grité "cabrón" entre gemidos, él respondía con gruñidos animales, oliendo a sexo crudo, a nosotros.
La intensidad creció, mis uñas en su espalda, su boca en mi cuello mordiendo suave. El clímax se acercaba, un volcán rugiendo. "Ven conmigo, Ana", jadeó, y explotamos juntos. Mi panocha se contrajo alrededor de él, oleadas de placer cegador, luces detrás de mis ojos cerrados. Él se derramó dentro, caliente, pulsando, mientras la canción terminaba en un fade out perfecto.
Quedamos tirados, jadeantes, el aire pesado con olor a semen y sudor mezclado. Su brazo alrededor de mí, piel pegajosa aún vibrando. Afuera, la ciudad seguía su rollo, pero adentro éramos un mundo aparte. "Esas canciones del Tri de México siempre traen buena suerte", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo un calor nuevo, no solo físico.
Neta, Luis, esto fue más que un polvo. Fue como si El Tri nos hubiera escrito nuestra propia rola.
Nos quedamos así hasta el amanecer, con la playlist en loop bajito, prometiendo más noches así. La piel aún canta esas melodías, y yo sé que volveré por más.