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Trio Real Con Esposa Cachonda

6985 palabras

Trio Real Con Esposa Cachonda

Era una noche de esas que no se olvidan en la colonia Roma de la CDMX, con el aire cargado de jazmín del jardín y el eco lejano de unos mariachis en la calle. Yo, Carlos, acababa de cumplir treinta y cinco, y mi esposa Laura, esa morra de curvas perfectas y ojos negros que te clavan como puñales, andábamos celebrando con mi carnal Marco. Éramos cuates desde la prepa, y esa noche, después de unas chelas frías y unos tequilas que nos soltaron la lengua, el tema salió a flote como burbuja de refresco.

¿Y si probamos un trío real con esposa? soltó Marco con esa sonrisa pícara, mientras Laura se reía nerviosa, cruzando las piernas en el sofá de cuero que crujía bajo su peso. Yo sentí un cosquilleo en el estómago, una mezcla de celos y excitación que me puso la verga tiesa al instante. Laura, con su blusa escotada que dejaba ver el encaje negro de su brasier, me miró pidiendo permiso con los ojos. Neta, pensé, esto podría ser lo más chingón que nos pase.

La casa olía a tacos de carnitas que habíamos pedido, pero el aroma se mezclaba ahora con el perfume dulce de Laura, ese que sabe a vainilla y deseo. Marco, alto y fornido como jugador de fut, se acercó más, rozando mi hombro con el suyo. "Órale, carnal, tu jefa está cañona, pero si no quieren, ni pedo". Laura se mordió el labio, y yo asentí, el corazón latiéndome como tamborazo en las venas.

¿Estoy listo para ver a mi vieja con otro vato? Sí, cabrón, porque sé que al final será nuestro secreto ardiente.

Nos movimos al cuarto como en cámara lenta, el piso de madera fría bajo los pies descalzos. Laura iba adelante, meneando las nalgas redondas que tanto me volvían loco. Encendí la luz tenue del buró, que pintaba sombras suaves en las paredes blancas. Ella se giró, nos jaló de las camisas, y nos besó a los dos, primero a mí con lengua juguetona que sabía a tequila, luego a Marco, gimiendo bajito.

El beso fue el detonante. Sus manos bajaron a mis chones, sacándome la verga dura como fierro, mientras Marco le subía la falda, revelando unas tangas que apenas cubrían su panocha depilada. ¡Qué chula! exclamó él, y yo sentí el aire caliente de su aliento cuando se arrodilló entre nosotros. El sonido de la cremallera bajando fue como un susurro erótico, y pronto las dos vergas palpitaban al unísono, rozándose contra sus cachetes suaves.

Laura nos miró desde abajo, con los ojos brillando de lujuria. "Chúpenmelas, mis machos", ronroneó con esa voz ronca que me derrite. Empezó chupándome a mí primero, la lengua caliente rodeando la cabeza, succionando con fuerza que me hacía jadear. El sabor salado de mi pre-semen se mezclaba con su saliva, goteando por su barbilla. Marco gemía al lado, tocándose, esperando su turno. El cuarto se llenó de sonidos húmedos, slap-slap de su boca, y nuestros gruñidos roncos.

La levantamos como a una diosa, quitándole la ropa con prisa ansiosa. Su piel morena brillaba bajo la luz, pechos firmes con pezones duros como piedras de obsidiana. Yo la besé el cuello, oliendo su sudor fresco mezclado con loción, mientras Marco le lamía las tetas, mordisqueando suave. Ella arqueó la espalda, "Ay, cabrones, no paren", jadeó, las uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos ardientes que dolían rico.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. La acostamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo su cuerpo. Marco se colocó entre sus piernas, oliendo su aroma almizclado de excitación, esa esencia femenina que embriaga. "Tu panocha está chorreando, Lau", dijo él, metiendo dos dedos que salpicaron jugos transparentes. Yo la besaba, tragándome sus gemidos, mientras veía cómo mi carnal la comía viva, lengua hurgando el clítoris hinchado, chupando como si fuera el mejor elote de la feria.

Mierda, ver a mi esposa así, abierta y gozando con otro, me pone más caliente que nunca. Esto es nuestro trío real con esposa, y lo estamos viviendo a full.

Laura temblaba, las caderas subiendo al ritmo de su boca, el colchón chirriando. "¡Me vengo, pinches cabrones!", gritó, el orgasmo la sacudió como terremoto, chorros calientes mojando la cara de Marco. Él se rio, relamiéndose, y yo no aguanté más. La volteé boca abajo, nalgas en pompa, y embestí su coño resbaloso de un jalón. ¡Qué apretadita! El calor húmedo me envolvió, succionándome adentro, mientras Marco se ponía enfrente, metiéndosela en la boca.

El ritmo se volvió salvaje. Yo la taladraba por atrás, pelotas golpeando su clítoris, sonido carnoso y húmedo llenando el aire. Ella mamaba a Marco con glotonería, gargantas profundas que lo hacían maldecir en voz baja: "¡Puta madre, qué chupadora!". Sudábamos todos, pieles pegajosas rozándose, olores de sexo crudo impregnando las frazadas. Cambiamos posiciones como en un baile prohibido: Laura encima de mí, cabalgándome con furia, tetas rebotando, mientras Marco la penetraba el culo lento, lubricado con su propia saliva.

El doble llenado fue épico. Sentí su verga a través de la delgada pared, frotándose contra la mía en un roce tabú que nos volvía locos. Laura gritaba, un aullido gutural mexicano, "¡Más duro, mis amorazos, rómpanme!". El dolor-placer la hacía convulsionar, uñas en mi pecho, sangre tibia brotando en rasguños. Nuestros cuerpos chocaban en un frenesí, piel contra piel resbalosa, el aire espeso de gemidos y jadeos ahogados.

Yo luchaba por no correrme, el orgasmo bullendo en mis huevos como lava. Marco gruñía, acelerando, "Me voy a venir, carnal". Laura, perdida en éxtasis, apretaba los esfínteres, ordeñándonos. Primero él explotó, chorros calientes llenando su culo, goteando por mis bolas. Eso me empujó al borde: ¡Ahhh! grité, descargando dentro de su panocha, semen mezclándose con sus jugos, rebosando en flujos blancos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Laura en medio, besándonos alternadamente, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado. El cuarto olía a sexo consumado, a victoria compartida. Marco se levantó por agua, regresando con botellas frías que chorreaban condensación en nuestras pieles calientes.

Esto fue más que un polvo, pensé, acurrucándome contra el cuerpo laxo de mi esposa. "Gracias, mis reyes", murmuró ella, voz ronca de placer. Marco sonrió, "Neta, el mejor trío real con esposa que he tenido". Reímos bajito, el vínculo más fuerte, sin celos, solo calidez y promesas de más noches así.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con abrazos fraternales. Laura y yo nos quedamos en la cama, cuerpos entrelazados, oliendo aún a nuestra aventura. Empoderados, nos sentimos, listos para lo que venga, con el recuerdo tatuado en la piel y el alma.

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