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Triada Sociopata Desnuda

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Triada Sociopata Desnuda

Me llamo Ana, y desde que pisé ese bar en la Zona Rosa, supe que la noche iba a cambiarme la vida. El aire estaba cargado de ese olor a tequila reposado mezclado con perfume caro, y la música reggaetón retumbaba suave, haciendo vibrar el piso bajo mis tacones. Yo, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo, buscaba algo más que un trago. Quería sentir.

Ahí estaban ellos: Javier y Marco, dos cabrones que exudaban una confianza que rayaba en lo peligroso. Javier, con su sonrisa ladeada y ojos que te desnudaban sin tocarte, se acercó primero. Órale, preciosa, ¿vienes sola o esperas compañía que valga la pena? dijo, su voz grave rozándome la piel como un susurro caliente. Marco, a su lado, más alto, con tatuajes asomando por la camisa abierta, soltó una risa baja que me erizó los vellos de la nuca.

Platicamos de todo y nada. Ellos hablaban de esa triada sociopata que tanto se menciona en psicología: narcisismo, maquiavelismo y psicopatía. Es como un imán para algunas, ¿no? Esa oscuridad que atrae sin remedio, comentó Javier, clavándome la mirada. Sentí un cosquilleo en el estómago, un calor subiendo por mis muslos. Neta, no era miedo, era deseo puro. Yo, que siempre controlaba todo en mi chamba de ejecutiva, de repente quería perderme en esa triada que prometían encarnar. Consiento, pensé. Todo con mi permiso, mi ganas.

Salimos del bar caminando por las calles iluminadas, el viento fresco de la noche mexicana oliendo a jacarandas y asfalto húmedo. Javier me tomó de la mano, su palma áspera contra mi piel suave, y Marco rozó mi cintura. Ven con nosotros, Ana. Déjate llevar, murmuró Marco al oído, su aliento cálido con sabor a mezcal. Mi corazón latía como tambor en fiesta, y asentí, empapada ya entre las piernas por la anticipación.

¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es una locura deliciosa. Su triada sociopata me tiene jodida, pero qué chingón se siente soltar el control.

Llegamos a su depa en Polanco, un lugar chido con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Adentro, el aroma a madera y velas de vainilla nos envolvió. Javier me sirvió un shot de tequila, sus dedos rozando los míos al pasármelo. Bebí, el líquido quemándome la garganta, despertando cada nervio. Marco puso música suave, algo de bacilos con ese ritmo que invita a mover las caderas.

El beso de Javier fue el detonante. Sus labios firmes, lengua juguetona probando mi boca con sabor a sal y deseo. Gemí bajito, sintiendo su mano subir por mi muslo, apartando la tela del vestido. Marco se pegó por detrás, su pecho duro contra mi espalda, besándome el cuello mientras sus dedos trazaban mi clavícula. Eres nuestra ahora, mamacita, susurró Javier, y yo solo pude arquearme, sintiendo sus erecciones presionando contra mí.

Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Mi vestido cayó al piso con un susurro, dejando mis tetas al aire, pezones duros por el fresco y la excitación. Javier me miró como si fuera su trofeo, lamiéndose los labios. Mira qué rica panocha tienes, dijo Marco, arrodillándose. Su lengua tocó mi clítoris primero suave, luego voraz, chupando con un ritmo que me hizo jadear. Olía a mi propia humedad, ese almizcle dulce que enloquece.

La triada sociopata en acción: Javier mandando, Marco seduciendo, yo rindiéndome voluntaria. Cada lamida es fuego, cada toque un mandato que acepto con gusto.

Javier se desnudó, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitando. La tomé en mi mano, piel caliente y sedosa, masturbándolo mientras Marco me comía viva. El sonido de sus succiones, mis gemidos ahogados, el slap slap de mi mano en su carne... todo se mezclaba en una sinfonía sucia y perfecta. Chúpamela, Ana, ordenó Javier, y obedecí, metiéndomela hasta la garganta. Sabía a hombre puro, salado y adictivo. Marco se levantó, su verga igual de impresionante rozando mi culo.

Me pusieron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Javier se acostó debajo, guiándome para sentarme en su cara. Su lengua invadió mi coño, lamiendo jugos mientras yo me mecía, tetas rebotando. Marco se posicionó atrás, untando lubricante que olía a cereza en mi ano. Relájate, preciosa. Todo a tu ritmo, dijo, y empujó despacio. El estiramiento ardía delicioso, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el dolor convirtiéndose en placer cuando empezaron a moverse.

La tensión crecía como tormenta. Javier chupaba mi clítoris, dedos dentro de mí rozando el G, mientras Marco me cogía el culo con embestidas lentas, profundas. Sudor corría por sus cuerpos, goteando en mi piel, olor a sexo crudo impregnando el aire. ¡Más, cabrones! ¡Chínguenme duro! grité, perdida en la vorágine. Sus gruñidos roncos, mis alaridos, la cama crujiendo... todo escalaba.

Cambiaron posiciones. Ahora yo de rodillas, Marco en mi boca, su verga palpitando contra mi lengua, y Javier penetrándome la panocha desde atrás, bolas golpeando mi clítoris. Sentía cada vena, cada pulso, el calor de sus cuerpos envolviéndome. Eres perfecta para nuestra triada sociopata, jadeó Javier, pellizcando mis pezones. El orgasmo me golpeó como rayo, coño contrayéndose en espasmos, chorros mojando sus muslos. Grité alrededor de la verga de Marco, vibraciones que lo hicieron gemir.

No pararon. Me voltearon, Javier se hundió en mi culo ahora lubricado por mis jugos, Marco en mi coño. Doble penetración, estirándome al límite, placer tan intenso que vi estrellas. Sus vergas rozándose dentro de mí a través de la delgada pared, embestidas sincronizadas. Olía a semen próximo, sudor, mi esencia. ¡Me vengo otra vez! aullé, cuerpo temblando, uñas clavadas en sus hombros.

Ellos explotaron casi juntos. Javier gruñendo primero, llenándome el culo con chorros calientes que sentía resbalar. Marco siguió, semen inundando mi útero, desbordando por mis muslos. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas, piel pegajosa.

En el afterglow, yacíamos ahí, luces de la ciudad filtrándose. Javier me besó la frente, Marco acarició mi pelo. ¿Valió la pena la triada sociopata? preguntó Javier con picardía. Reí bajito, exhausta pero plena. Neta, fue lo más chingón de mi vida. Pero fue mutuo, carnal. Yo lo quise todo.

Me quedé pensando mientras dormían. Esa oscuridad suya no me asustó; me liberó. En México, donde la pasión quema como chile, encontré en su triada sociopata mi propio fuego. Y quién sabe, quizás regrese por más.

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