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Tried Traduccion Caliente

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Tried Traduccion Caliente

Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el calor de la noche mexicana pegándome en la piel como una caricia insistente. Yo, Ana, treintañera con curvas que no disimulo, me había echado en el sillón de terciopelo rojo, teléfono en mano, navegando por un sitio gringo de cuentos eróticos. Las palabras en inglés me picaban la curiosidad: thrust, moan, wet. Agarré la app del traductor y tried traduccion, pero salió puro desmadre. "Empuje" sonaba tieso, "gemido" no capturaba ese ronroneo gutural, y "mojada" me hizo apretar las piernas sin querer. El aire olía a mi perfume de jazmín mezclado con el sudor leve de la humedad, y sentí un cosquilleo subiendo por mis muslos.

Me imaginé traduciendo esas palabras en carne viva, con alguien que las hiciera reales. Llamé a Diego, mi carnal con derechos, ese morro alto y moreno con ojos que te desnudan antes de tocarte. "Ven, pendejo, trae chelas y tu verga lista", le mandé por Whats. Él contestó al tiro: "Ya voy, nena, ¿qué traes?". Media hora después, su camioneta se paró afuera, y el sonido de sus botas en el pasillo me erizó la piel.

Abrió la puerta con esa sonrisa chueca, oliendo a colonia barata y tabaco fresco. Traía una six de Indio y una mirada que gritaba quiero cogerte ya. Lo jalé adentro, cerré de un portazo, y nos besamos como si nos fuéramos a comer vivos. Sus labios gruesos sabían a menta y cerveza tibia, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. "Cuéntame qué te prendió tanto", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Le mostré el teléfono, las frases medio traducidas. "Tried traduccion y me puse como lechera", confesé riendo, mientras sus manos ya se colaban bajo mi blusa holgada, rozando mis tetas libres del brasier.

¡Chin, este wey sabe cómo hacerme arder!, pensé, mientras su pulgar jugaba con mi pezón endurecido.

Acto uno: la chispa. Nos sentamos en el sillón, chelas en mano, pero el ambiente ya estaba cargado de electricidad. Diego tomó el teléfono, leyó en voz alta: "She tried to resist but her pussy begged for more". Intentó traducirlo: "Ella trató de resistir pero su... ¿concha? rogaba por más". Reí, pero el sonido de su voz grave, imitando el acento gringo, me mojó entre las piernas. "Déjame enseñarte bien", dije, subiéndome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi short de algodón, el calor de su cuerpo subiendo por mis muslos como lava. El olor de su sudor mezclado con mi excitación llenaba la habitación, denso y adictivo.

Mis caderas se movían solas, frotándome contra él en un ritmo lento, torturante. Sus manos agarraron mis nalgas, amasándolas con fuerza, dedos hundiéndose en la carne suave. "Dime cómo se traduce fuck me hard", jadeé, besando su mandíbula áspera por la barba de tres días. "Cógeteme duro, cabrón", gruñó él, y me volteó de un movimiento, quedando yo debajo, piernas abiertas como invitación. Su boca bajó por mi pecho, lamiendo el valle entre mis tetas, succionando un pezón hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Cada lamida era un relámpago, mi piel erizándose, el sabor salado de mi sudor en su lengua.

La tensión crecía como tormenta en el DF: truenos lejanos de deseo, relámpagos de toques. Le quité la playera, admirando su pecho tatuado con un águila chida, músculos tensos bajo mis uñas. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga palpitante, gruesa y lista. "Traducción práctica", susurré, desabrochándolo. La saqué, pesada en mi palma, la piel aterciopelada sobre acero. La olí: puro hombre, almizcle crudo que me mareaba. Lamí la punta, saboreando la gota salada de precum, mientras él maldecía en bajito: "¡Puta madre, Ana, eres una diosa!".

Acto dos: el fuego. Me puse de rodillas en la alfombra mullida, el pelo cayéndome en la cara como cortina negra. Lo miré desde abajo, ojos clavados en los suyos, y lo engullí centímetro a centímetro. Su gemido fue música: grave, animal, vibrando en mi garganta. Chupé con hambre, lengua girando alrededor del glande, manos masajeando sus bolas pesadas. Él enredó los dedos en mi melena, guiándome sin forzar, solo acompañando el ritmo. "Deep throat, ¿así se traduce?", preguntó ronco. "Garganta profunda, wey, y la tuya me llega al alma". El sonido húmedo de mi boca, los slap-slap de saliva, el pulso acelerado latiendo en mis oídos.

Pero no quería acabar así. Lo empujé al sillón, me quité el short de un tirón, quedando en tanguita empapada. Me senté en su cara, mi concha rozando sus labios. "Traduce con la lengua", ordené juguetona. Él obedeció al instante, lamiendo a través de la tela, el calor de su aliento filtrándose. Arrancé la tanga, y su lengua entró en mí: plana, ancha, devorando mis labios hinchados. Saboreó mi jugo dulce y salado, chupando el clítoris como caramelo. Mis caderas ondulaban, montándolo como vaquera en rodeo, uñas clavadas en sus hombros. ¡Está cañón este placer!, pensé, mientras oleadas de calor subían por mi espina, pechos rebotando, sudor perlando mi piel morena.

La intensidad subía: sus dedos se unieron, dos adentro curvándose contra mi punto G, bombeando en sincronía con la lengua. Gemí su nombre, "¡Diego, sí, cabrón!", el mundo reduciéndose a esa fricción exquisita, olor a sexo impregnando todo, pieles chocando con sonidos chapoteantes. Casi exploto, pero lo detuve. "Ahora tú en mí", exigí, volteándome a cuatro patas en el sillón, culo en alto, invitándolo.

Él se puso detrás, verga rozando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, estirándome deliciosamente, pulgada a pulgada, hasta llenarme por completo. El estirón ardiente, el roce de venas contra mis paredes, me arrancó un grito. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un thud profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. Agarró mis caderas, acelerando, piel contra piel en slap-slap rítmico. "¡Más duro, traduce pound me!", supliqué. Él gruñó, follándome como bestia, sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose.

Acto tres: la explosión. Cambiamos a misionero, mis piernas enredadas en su cintura, uñas arañando su espalda. Nuestros ojos conectados, jadeos sincronizados, corazones latiendo al unísono. "Te amo así, salvaje", murmuró, besándome con lengua posesiva. El clímax llegó como tsunami: mi concha apretándolo en espasmos, olas de placer rompiéndome, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes pintándome por dentro. Colapsamos, cuerpos temblando, piel pegajosa de sudor y fluidos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, acurrucados, su mano acariciando mi pelo húmedo. El aire olía a sexo satisfecho, chelas olvidadas tibias en la mesa. "Tried traduccion fue lo mejor que hice", bromeé, besando su pecho. Él rio bajito: "Próxima vez traducimos en la playa, nena". Me quedé pensando en eso, el calor residual entre mis piernas, el corazón lleno. Esa noche, las palabras cobraron vida en nuestra piel, y supe que repetiríamos la lección mil veces.

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