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Tríos Cogiendo en la Villa del Deseo

6444 palabras

Tríos Cogiendo en la Villa del Deseo

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa privada de la villa. El sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena blanca me llenaba de una paz que no sentía desde hacía meses. Yo, Ana, acababa de llegar de la Ciudad de México para unas vacaciones solas, huyendo del estrés del jodido trabajo. Neta, necesitaba desconectarme, sentirme viva de nuevo.

La villa era un paraíso: piscina infinita con vista al mar, palmeras susurrando con el viento, y un bar al aire libre donde la música reggaetón sonaba bajito. Ahí los vi por primera vez. Javier y Carla, una pareja de guanajuatenses que rentaban la villa contigua. Él, alto, moreno, con tatuajes que asomaban por su camisa guayabera desabotonada, y ella, curvilínea, con el pelo negro suelto y un bikini rojo que dejaba poco a la imaginación. Me invitaron a un trago con una sonrisa pícara que me hizo erizar la piel.

Mamacita, ¿vienes sola? Únete a la fiesta —dijo Javier, con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Carla rio, pasando su mano por mi brazo, su toque cálido y eléctrico.

Charlamos horas, tequila reposado en mano, el sabor ahumado quemándome la garganta. Conté de mi divorcio reciente, de cómo me sentía pendeja por haber aguantado tanto. Ellos compartieron que su matrimonio era abierto, que exploraban tríos cogiendo para avivar la chispa. La idea me intrigó, un cosquilleo prohibido se instaló entre mis piernas.

¿Y si me lanzo? ¿Y si esta noche rompo todas mis reglas?
pensaron mis adentros mientras sus miradas se clavaban en mí, prometiendo placer sin límites.

La noche avanzó, el aire se cargó de humedad y deseo. Terminamos en su villa, la piscina iluminada por luces tenues. Carla me besó primero, sus labios suaves y dulces por el tequila, su lengua danzando con la mía. Javier observaba, su respiración pesada. El olor a sal, coco de su loción y algo más primitivo, arousal puro, llenaba el aire.

—¿Estás segura, corita? —preguntó Carla, sus ojos brillando.

¡Órale! Más que nunca —respondí, mi voz ronca.

Acto uno: la seducción. Javier se acercó por detrás, sus manos grandes recorriendo mi espalda desnuda bajo el vestido ligero. Sentí su dureza presionando contra mis nalgas, un pulso caliente que me hizo gemir bajito. Carla desató mi vestido, dejando que cayera al piso de mármol fresco. Mis pechos se liberaron, pezones endurecidos por el aire nocturno. Ella los lamió, succionando con delicadeza, el sonido húmedo mezclándose con las olas lejanas. Javier mordisqueó mi cuello, su barba raspando deliciosamente, mientras sus dedos bajaban a mi tanga empapada.

Chin, esto es real, pensé, el corazón latiéndome como tambor. El deseo inicial era un fuego lento, exploratorio. Nos besamos en cadena: yo a Carla, ella a Javier, él a mí. Sus cuerpos contra el mío, piel sudorosa, músculos tensos. El sabor salado de su piel, el gemido ahogado de Carla cuando le apreté los senos llenos.

Entramos a la recámara king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. La luna entraba por las ventanas abiertas, bañándonos en plata. Aquí empezó el verdadero escalamiento. Javier me tendió en la cama, besando mi vientre, bajando hasta mi sexo palpitante. Su lengua experta lamió mi clítoris, círculos lentos que me arquearon la espalda. ¡Ay, cabrón! grité internamente, mis uñas clavándose en las sábanas. Carla se sentó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Lo probé: jugoso, con sabor a mar y mujer excitada. La chupé con hambre, su clítoris hinchado bajo mi lengua, mientras ella se mecía gimiendo ¡Sí, así, nena!.

El ritmo creció. Javier metió dos dedos en mí, curvándolos contra mi punto G, el sonido chapoteante de mi humedad llenando la habitación. Olía a sexo crudo, almizcle mezclado con su colonia masculina. Cambiamos posiciones: yo a cuatro patas, Javier cogiéndome por detrás con su verga gruesa, embestidas profundas que me hacían jadear. Cada entrada era un estruendo de carne contra carne, mis tetas balanceándose, el slap-slap resonando. Carla debajo de mí, lamiendo donde nos uníamos, su lengua en mis labios y sus bolas.

Esto es tríos cogiendo como en mis fantasías más calientes, neta que no quiero que acabe
, divagaba mi mente nublada por el placer. Javier gruñía, —Estás tan chingona, Ana, tan apretada. Carla se masturbaba viéndonos, luego se unió, montando la cara de Javier mientras él me taladraba.

La intensidad psicológica subió: inseguridades fugaces. ¿Soy suficiente para ellos? ¿Esto cambia todo? Pero sus palabras me anclaron: —Te queremos así, salvaje y nuestra esta noche. Pequeñas resoluciones en besos tiernos entre embestidas, manos entrelazadas. Sudor goteando, pulsos acelerados sincronizados. Javier me volteó, piernas sobre sus hombros, penetrándome hondo, rozando mi cervix con cada thrust. Carla frotaba su coño contra mi clítoris, tribbing intenso, nuestros jugos mezclándose resbalosos.

El clímax se acercaba como tormenta. Gritos ahogados, —¡Me vengo, pinche! —chilló Carla primero, convulsionando sobre mí, su squirt mojándome las tetas. Yo seguí, olas de éxtasis rompiéndome, contrayéndome alrededor de Javier, ordeñándolo. Él rugió, sacando su verga para eyacular en mi vientre, chorros calientes pintándome, el olor semen almizclado invadiendo todo.

Caímos exhaustos, un enredo de limbs temblorosos. El afterglow fue dulce: respiraciones calmándose al unísono, besos suaves en piel sensible. Javier trajo agua fría, el vidrio helado contrastando con mi calor. Carla me acurrucó, su pelo oliendo a vainilla y sexo. Hablamos bajito, risas compartidas sobre lo chido que había sido.

Esto no fue solo cogida, reflexioné,

me siento empoderada, renacida. Tal vez los tríos cogiendo sean mi nuevo vicio
. Amaneció con café y promesas de más noches. Salí de la villa con el cuerpo adolorido pero el alma ligera, el mar rugiendo aprobación. Puerto Vallarta me había dado más que vacaciones: libertad carnal, conexión profunda en el caos del placer.

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