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Encuentros Eléctricos en Tri State Electronics

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Encuentros Eléctricos en Tri State Electronics

Entré a Tri State Electronics esa tarde de verano en Monterrey con el calor pegándome en la cara como una cachetada ardiente. El aire acondicionado del local me dio la bienvenida con un soplo fresco que olía a plástico nuevo y cables calientes. Buscaba un cargador para mi celular, pero la neta, lo que encontré fue mucho más que eso. Sofia estaba detrás del mostrador, con su uniforme ajustado que marcaba sus curvas como si estuviera hecho a la medida. Su piel morena brillaba bajo las luces fluorescentes, y su sonrisa, ay wey, esa sonrisa me dejó clavado en el piso.

¿Qué pedo con esta chava? pensé mientras me acercaba, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba como motor de carro viejo. Ella levantó la vista, sus ojos cafés profundos me escanearon de arriba abajo, y dijo con voz ronca: "¿En qué te ayudo, guapo? ¿Buscas algo que te prenda de una vez?"

Me reí nervioso, oliendo su perfume dulce mezclado con el aroma metálico de los aparatos. "Un cargador, carnala, pero si tienes algo que me cargue las pilas, mejor". Le guiñé el ojo, y ella soltó una carcajada que retumbó en el local vacío. Era la última cliente del día, o al menos eso parecía. Me mostró varios modelos, rozando mi mano al pasármelos, y cada toque era como una descarga eléctrica, chispas subiendo por mi brazo hasta el pecho.

Platicamos mientras ella armaba el paquete. Era de aquí de Nuevo León, fan del fútbol, y odiaba el tráfico de la Macro. Yo le conté de mi chamba en la fábrica, cómo el ruido de las máquinas me volvía loco. Qué ojos tan sabrosos, pinche suerte la mía, me decía en la cabeza, notando cómo sus chichis subían y bajaban con cada risa. El sol se ponía afuera, tiñendo las vitrinas de naranja, y el zumbido de los ventiladores era el único testigo de nuestra química creciendo.

"Oye, Marco", me dijo de repente, mordiéndose el labio, "cerramos en diez. ¿Quieres que te muestre el almacén? Tengo unos gadgets chidos que no están en exhibición". Su voz era un ronroneo, y sentí mi verga despertar bajo los jeans, latiendo con anticipación.

Acto de escalada

La seguí al fondo, el pasillo angosto lleno de cajas apiladas y cables colgando como serpientes. El olor a polvo y electrónica recalentada nos envolvía, pero predominaba su esencia, esa mezcla de sudor ligero y loción de vainilla que me mareaba. Cerró la puerta del almacén con un clic que sonó como promesa, y se giró hacia mí, su respiración ya agitada.

"Neta, desde que entraste me prendiste, wey. ¿Quieres jugar con mis circuitos?"
murmuró, acercándose hasta que sus tetas rozaron mi pecho. Sentí su calor a través de la tela, pezones duros como botones. Mis manos fueron solas a su cintura, apretando esa carne suave y firme, mientras su boca encontraba la mía en un beso hambriento. Sabía a chicle de menta y deseo puro, su lengua danzando con la mía, chupando, mordiendo suave.

La empujé contra una pila de cajas, el cartón crujiendo bajo su peso. Le subí la blusa, exponiendo su sostén negro de encaje, y lamí su cuello salado, bajando hasta esos chichis perfectos. Ella gimió, "¡Ay, cabrón, qué rico!", arqueando la espalda. Olía a piel caliente, a excitación que se filtraba entre sus piernas. Le quité el sostén de un jalón, chupando un pezón rosado, duro como piedra, mientras mi mano bajaba a su falda, metiéndose bajo la tela.

Sus bragas estaban empapadas, calientes, y metí los dedos en esa panocha jugosa, resbalosa como miel. Pinche mojada que está la chava, pensé, mientras ella me desabrochaba el cinto con dedos temblorosos. Mi verga saltó libre, gruesa y palpitante, y ella la agarró, masturbándome lento, su palma áspera por el trabajo pero tan placentera. "Qué verga tan chingona, Marco", jadeó, cayendo de rodillas.

Su boca me envolvió, caliente y húmeda, lengua girando alrededor de la cabeza, chupando con hambre. El sonido de su succión, chap chap chap, se mezclaba con mis gemidos roncos. La vi de abajo, ojos lujuriosos mirándome, saliva corriendo por su barbilla. La cargué en brazos, sintiendo sus muslos fuertes apretarme, y la puse en una mesa de trabajo, cables y herramientas regados a los lados.

Le arranqué las bragas, oliendo su aroma almizclado de mujer en celo, y metí la cara entre sus piernas. Lamí esa raja hinchada, saboreando su jugo salado-dulce, clítoris palpitante bajo mi lengua. Ella se retorcía, "¡Órale, no pares, pendejo, me vas a hacer venir!", sus uñas clavándose en mi cabeza, caderas empujando contra mi boca. El almacén olía a sexo ahora, a sudor y placer crudo.

Me levanté, verga lista, y ella abrió las piernas, invitándome. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretarme como guante caliente. Qué chingón se siente esta panocha, gruñí en mi mente, mientras empezaba a bombear, lento al principio, el slap slap de piel contra piel llenando el aire. Ella envolvía mis caderas con las suyas, gimiendo alto, tetas rebotando con cada embestida.

Aceleramos, el ritmo furioso, mesa temblando, cajas cayendo. Sudor nos pegaba, resbaloso, su pelo desordenado en la cara. Me miró a los ojos,

"Más fuerte, wey, rómpeme"
, y obedecí, clavándola profundo, bolas golpeando su culo redondo. Sentí su orgasmo venir, paredes contrayéndose, gritando "¡Me vengo, cabrón!", jugos chorreando.

Eso me llevó al límite, exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo juntos, respiraciones entrecortadas.

Afterglow y cierre

Caímos al piso sobre una colcha de cables suaves, riendo bajito, cuerpos enredados. Su piel olía a nosotros, a semen y sudor mezclado, delicioso. La besé suave, sintiendo su corazón galopando contra mi pecho. "Pinche loco", susurró, acariciándome la cara, "esto fue lo mejor que me ha pasado en Tri State Electronics".

Nos vestimos lento, robándonos besos, el almacén ahora testigo de nuestro secreto. Afuera, la noche regaleña estrellada nos esperaba, fresca después del calor. Caminamos juntos a la puerta, su mano en la mía, prometiendo más encuentros. Quién iba a decir que un pinche cargador me iba a cambiar la vida, pensé, mientras el zumbido de los aparatos se desvanecía atrás.

Salimos a la calle, el viento nocturno secando nuestro sudor, y supe que esto no era el fin, solo el principio de algo eléctrico, chido y bien sabroso.

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