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Trio Ardiente con la Abuela

7108 palabras

Trio Ardiente con la Abuela

El sol del mediodía se colaba por las cortinas de encaje en la casa de mi abuela Lupe, en el corazón de Coyoacán. El aroma a mole poblano recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el perfume floral que siempre usaba ella, algo así como jazmín y vainilla que me hacía cosquillas en la nariz. Yo, Juan, de veintiocho años, había llegado con mi novia Sofía para visitarla. Lupe no era la típica abuela arrugada; a sus sesenta y dos, seguía siendo una mujer mamacita de curvas generosas, con el pelo negro azabache recogido en un moño suelto y unos ojos cafés que brillaban con picardía. Viuda desde hace diez años, se mantenía en forma con yoga y caminatas por el parque, y su risa ronca era como un ron puro que calentaba la sangre.

Sofía, mi morra de veinticinco, con su piel morena y tetas firmes que asomaban bajo la blusa escotada, me guiñó un ojo mientras poníamos la mesa. “Órale, wey, tu abuela está cañona. ¿No te da cosa verla así de rica?” me susurró al oído, su aliento cálido rozándome el lóbulo. Yo negué con la cabeza, pero por dentro sentía un cosquilleo en la verga. Lupe nos sirvió el mole con arroz y tortillas calientitas, y mientras comíamos, el tema salió de la nada.

—Ay, mijo, ¿ya se casan o qué? —preguntó Lupe, lamiéndose los labios rojos después de un trago de vino tinto—. En mis tiempos, uno no esperaba tanto para echar los tres trastos.

Sofía soltó una carcajada. —¡Abuelita, qué directa! Nosotros somos modernos, pero quién sabe... A lo mejor un día armamos un trio con la abuela para celebrar.

Lupe arqueó una ceja, su piel olivácea sonrojándose levemente. —¡Pos ni tan modernos, Sofi! Si me invitan, yo no le digo que no a un poco de diversión. La vida es pa’ gozarla, ¿no?

Mi corazón latió fuerte. ¿Era en serio? El vino corría, las risas se volvían más sueltas, y el calor de la tarde nos envolvía como una manta pesada. Por dentro, pensaba:

¿Y si de veras pasa? Lupe siempre ha sido coqueta conmigo, con esos abrazos que duran de más, sus nalgas rozándome “sin querer”. Sofía es abierta, le encanta experimentar. ¿Por qué no?

Después de comer, nos fuimos al patio trasero, con las luces tenues de las guirnaldas y el sonido de los grillos. Sacamos una botella de mezcal ahumado, ese que quema la garganta como fuego lento. Sofía se recargó en mí, su mano bajando por mi muslo, mientras Lupe se sentó enfrente, cruzando las piernas enfundadas en un vestido floreado que subía peligrosamente.

—Juguemos verdad o reto —propuso Sofía, con los ojos brillando—. Abuela, ¿verdad o reto?

—Reto, mijita. Pa’ que vean que no soy vieja pa’ nada.

El reto fue simple al principio: Lupe tuvo que bailar un cumbión pegadito conmigo. Su cuerpo se pegó al mío, sus chichis suaves presionando mi pecho, el olor de su sudor mezclado con perfume invadiéndome. Sentí su calor entre las piernas, y mi verga se endureció contra su cadera. Ella lo notó y sonrió maliciosa. “Uy, mijo, qué grande traes”, murmuró.

Mi turno: reto de Sofía. Besar a Lupe en la boca. Dudé un segundo, pero el mezcal me dio valor. Sus labios eran carnosos, sabían a vino y canela, su lengua experta explorando la mía con una lentitud que me dejó jadeando. Sofía aplaudió. “¡Ahora yo!” Y se lanzó sobre Lupe, besándola con hambre, sus manos amasando las nalgas de la abuela por encima del vestido.

La tensión crecía como una tormenta. El aire se espesaba con el aroma de excitación, ese olor almizclado que sale cuando el cuerpo pide guerra. Nos metimos a la sala, las luces bajas, el ventilador zumbando perezoso. Lupe se desabrochó el vestido, revelando lencería negra que contrastaba con su piel madura pero tersa. “Vengan, cabrones, no se queden atrás”, dijo con voz ronca.

Acto dos: la escalada. Sofía y yo nos desnudamos rápido. Mi verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al ver a las dos. Lupe se arrodilló primero, sus manos arrugadas pero suaves envolviéndome el tronco. “Mira qué chulada de pito, mijo”, elogió, antes de metérselo a la boca. El calor húmedo de su garganta me hizo gemir, su lengua girando alrededor del glande como si chupara un elote bien untado de mayonesa y chile. Sofía se acercó, besándome el cuello, sus uñas arañándome la espalda. “Sí, abuela, chúpale rico”, animaba, mientras se tocaba la panocha depilada, ya brillando de jugos.

La pasamos a Lupe al sofá. Sofía se sentó en su cara, restregando la concha contra la boca experta de la abuela. Escuché los slurp slurp húmedos, los gemidos ahogados de Sofía: “¡Ay, sí, lameme el clítoris, abuelita!” Lupe devoraba con ganas, sus manos abriendo las nalgas de mi novia, el olor a sexo llenando la habitación. Yo me posicioné atrás, escupiendo en mi mano para lubricar mi verga. Empujé despacio en Lupe, su culo maduro pero apretado engulléndome centímetro a centímetro. “¡Chingao, qué rico!” gruñó ella, vibrando contra la panocha de Sofía.

El ritmo subió. Mis embestidas eran profundas, el sonido de carne contra carne plaf plaf mezclándose con los jadeos. Sudor corría por mi espalda, goteando en las nalgas de Lupe. Sofía se retorcía, sus tetas rebotando, pellizcándose los pezones duros como piedras. “¡Más fuerte, Juan, cógete a tu abuela como se merece!” Por dentro, mi mente era un torbellino:

Esto es una locura, pero qué chingón. Lupe gime como puta en calor, Sofía se viene ya...

Cambiamos posiciones. Lupe encima de mí, cabalgándome con maestría, sus caderas girando como en un baile de salón. Sus chichis caían pesadas, yo las chupaba, mordisqueando los pezones cafés grandes, saboreando el salado de su piel. Sofía se unió, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y la concha hinchada de Lupe. “Sabrosa, ¿verdad?” dijo Sofía, besándome con la boca llena de jugos.

La intensidad crecía. Lupe aceleró, su respiración entrecortada: “¡Me vengo, cabrones, no paren!” Su concha se contrajo alrededor de mi verga, ordeñándome, chorros calientes mojándonos a todos. Sofía se masturbó furiosa, viniéndose con un grito agudo, su cuerpo temblando. Yo no aguanté más; saqué la verga y eyaculé en arcos blancos sobre las tetas de Lupe, Sofía lamiendo cada gota.

El afterglow fue puro paraíso. Nos recostamos enredados, pieles pegajosas de sudor y semen, el olor a sexo persistiendo como un perfume embriagador. Lupe acariciaba mi pecho, Sofía mi pelo. “Qué rico trio con la abuela, ¿eh?” bromeó Lupe, besándonos a ambos. Yo sonreí, exhausto pero pleno.

Días después, recordaba cada detalle: el sabor de sus labios, el pulso acelerado bajo mi palma, los gemidos que aún resonaban en mis oídos. No era solo sexo; era conexión, liberación. Lupe nos había enseñado que el deseo no tiene edad, y Sofía y yo, más unidos que nunca, planeábamos repetir. La vida en México es así: caliente, sin filtros, pa’ gozarla al máximo.

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