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Lock Out Tag Out Try Out Pasional

6336 palabras

Lock Out Tag Out Try Out Pasional

El zumbido constante de las máquinas en la fábrica de Monterrey me tenía hasta la madre, pero hoy era diferente. Yo, Karla, la jefa del equipo de mantenimiento, sudaba la gota gorda bajo mi overol ajustado que se pegaba a mis curvas como segunda piel. El aire olía a aceite quemado y metal caliente, y el calor del taller hacía que mi blusa se transparentara un poquito, dejando ver el encaje negro de mi sostén. Ahí estaba él, Javier, mi compañero de turno, ese pendejo alto y moreno con brazos como troncos y una sonrisa que me derretía las tripas.

¿Por qué carajos me pongo así con este güey? pensé mientras lo veía agacharse para revisar la conveyor belt que se había jodido otra vez. Habíamos estado coqueteando semanas, roces "accidentales" al pasar herramientas, miradas que decían te quiero comer viva. Hoy el jefe nos mandó solos a este rincón olvidado del taller, perfecto para el servicio mayor.

—Órale, Karla, vamos a hacer el lock out tag out antes de que nos avienten un chingadazo —dijo Javier con esa voz grave que me erizaba la piel, mientras sacaba el candado y la etiqueta roja.

Yo asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Nuestras manos se rozaron al desconectar la energía principal; su piel áspera por el trabajo manual contra la mía, suave pero callosa en las palmas. El clic del candado al cerrarse fue como un suspiro de alivio, el taller se quedó en silencio repentino, solo el eco distante de otros motores y nuestro jadeo leve por el esfuerzo. Etiquetamos el panel: Lock Out Tag Out, no tocar ni madres.

Ahora la máquina estaba muerta, segura. Pero el aire entre nosotros vibraba con otra energía. Javier se enderezó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y sus ojos bajaron a mi pecho que subía y bajaba rápido. Olía a su colonia barata mezclada con macho sudado, un aroma que me hacía apretar los muslos.

—Listo, carnala. ¿Ahora qué? —preguntó, acercándose más de lo necesario.

Mi corazón latía como tambor en desfile. Es ahora o nunca, pinche tonta. Me mordí el labio, sintiendo el sabor salado del sudor.

Acto primero cerrado, la tensión era palpable como el vapor del taller.

En el medio del servicio, nos metimos debajo de la máquina para checar las poleas. El espacio era chiquito, nuestros cuerpos pegados, su muslo rozando el mío. Cada movimiento hacía que su verga semi-dura presionara contra mi nalga, y yo no me apartaba. Qué rico se siente este cabrón, pensé, mientras el olor a lubricante y su sudor me invadía las fosas nasales.

—Javier, ¿sientes esto? —le dije, fingiendo ajustar una tuerca, pero mi mano rozó su paquete intencional.

Él gruñó bajito, un sonido gutural que me mojó la panocha al instante. —Sí, Karla, lo siento todo. ¿Y tú qué sientes, mamacita?

Salimos gateando del hueco, polvorientos y calientes. Nos paramos frente a frente, el overol de él abierto hasta la cintura mostrando su pecho velludo y marcado. Yo desabroché el mío un poco, dejando que el aire fresco del ventilador me erizara los pezones duros como piedras. Sus ojos se clavaron ahí, hambrientos.

—Ven pa'cá, pendejo —le susurré, jalándolo por la camisa.

Nuestros labios chocaron con furia contenida semanas. Su boca sabía a café y tabaco, áspera barba contra mi piel suave. Lenguas enredadas, húmedas, explorando como si fuéramos extraños en un antro. Manos everywhere: las suyas amasando mis chichis grandes, pellizcando pezones que dolían de placer; las mías bajando a su verga tiesa, gruesa bajo el pantalón, palpitando como motor vivo.

Lo empujé contra la máquina apagada, fría al tacto contra su espalda caliente. Le bajé el cierre, saqué esa verga morena, venosa, con gota de pre-semen brillando en la punta. La olí, almizcle puro de hombre. La lamí de abajo arriba, sabor salado y dulce, mientras él gemía ¡chingao, qué chido! y enredaba dedos en mi pelo negro largo.

Pero quería más. Me quité el overol de un jalón, quedando en tanga roja y sostén. Él me volteó, manos en mis nalgas redondas, apretando carne suave. Me voy a correr ya si sigue así, pensé, mientras su lengua bajaba por mi espalda sudada, lamiendo sal. Me bajó la tanga, exponiendo mi panocha depilada, mojada reluciente. Dedos gruesos entraron, dos de golpe, curvándose en mi punto G, mientras chupaba mi clítoris hinchado. El sonido era obsceno: chup chup mezclado con mis ayes ahogados. Olía a sexo puro, jugos míos en su cara barbuda.

La intensidad subía, pulses racing, pieles chocando con palmadas. Lo monté en una caja de herramientas, piernas abiertas, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué grande! grité interno, mientras cabalgaba, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él embestía arriba, caderas chocando con plaf plaf, bolas golpeando mi culo.

Esto es mejor que cualquier try out, se me cruzó en la mente mientras el orgasmo se armaba, espiral apretado en el vientre.

El clímax nos pegó como descarga eléctrica. Yo primero, convulsionando, panocha ordeñando su verga, chorro caliente saliendo. Él rugió ¡me vengo, Karla!, llenándome con leche espesa, caliente, desbordando por mis muslos. Colapsamos jadeando, cuerpos pegajosos de sudor, semen y lágrimas de placer.

En el afterglow, recostados en el piso fresco del taller, su cabeza en mis chichis, caricias perezosas. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con metal. Afuera, el bullicio de la fábrica volvía, pero aquí éramos reyes.

—Ese lock out tag out try out estuvo de poca madre —murmuró Javier, besándome el cuello.

Yo reí bajito, sintiendo su verga semi-dura contra mi pierna. Esto no termina aquí, pendejo. El deseo latía aún, promesa de más turnos calientes. Me vestí despacio, piel sensible rozando tela, saboreando el eco del placer en cada músculo relajado. Salimos del rincón como si nada, pero con secreto ardiente en los ojos. La fábrica siguió girando, pero nosotros habíamos encontrado nuestro ritmo propio, consensual y jodidamente perfecto.

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