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El Placer del Tri Clamp

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El Placer del Tri Clamp

Era una noche calurosa en el corazón de la Roma, con ese aire pegajoso que se te pega a la piel como un amante insistente. Yo, Ana, acababa de llegar del trabajo, con el cuerpo hecho un nudo de estrés por las juntas eternas en la oficina. Mi carnal, Javier, ya me esperaba en el depa, con una sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Órale, este wey siempre sabe cómo hacerme olvidar el pedo del día, pensé mientras lo veía recargado en la puerta, su camisa entreabierta dejando ver ese pecho moreno que tanto me gustaba lamer.

Ven pa'cá, mi reina —me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel—. Traje algo chido pa' ti.

Entré y el olor a su colonia mezclado con el incienso de sándalo que siempre prende me envolvió como una caricia. La luz tenue de las velas parpadeaba en las paredes, y sobre la cama, envuelto en papel negro brillante, había un paquetito que gritaba secretos. Mi corazón dio un brinco. Javier era de esos que no se anda con rodeos; si decía "chido", era porque iba a ser neta explosivo.

Nos besamos como si no hubiera mañana, sus labios sabían a tequila reposado y a promesas sucias. Sus manos grandes me recorrieron la espalda, bajando hasta mi culo para apretarlo con esa fuerza que me hacía gemir bajito.

¿Qué carajos será esto? ¿Otro vibrador? No, este wey siempre sorprende
, me dije mientras él me quitaba el vestido con dedos impacientes. Quedé en brasier y tanga, sintiendo el fresco del aire acondicionado contra mi piel caliente.

—Mira lo que te traje, preciosa —susurró, desenvolviendo el paquete. Ahí estaba: un tri clamp, plateado y elegante, con cadenitas que brillaban como estrellas maliciosas. Lo había visto en línea, en esas páginas de juguetes que miro a escondidas cuando él no está. Un clamp que une pezones y clítoris en una danza de placer y dolor dulce. Mi coño se mojó al instante, solo de imaginarlo.

¿Listos pa' jugar? —preguntó, sus ojos oscuros clavados en los míos, pidiendo permiso sin palabras. Asentí, el pulso latiéndome en las sienes. Esto era nuevo, pero con Javier todo se sentía seguro, como si el mundo se redujera a nosotros dos.

Empezamos despacio, como siempre. Él me recostó en la cama de sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible hasta llegar a mis tetas. Lamía mis pezones endurecidos, chupándolos con esa succión que me hacía arquear la espalda. Pinche Javier, sabe exactamente dónde tocar. El sonido de su boca húmeda contra mi piel era hipnótico, un slurp rítmico que se mezclaba con mis jadeos.

Tomó el tri clamp con cuidado, como si fuera una joya sagrada. Primero ajustó los clamps en mis pezones; un pinchazo agudo que se transformó en calor ardiente, haciendo que mis nervios cantaran. Grité bajito, un "¡Ay, wey!" que lo hizo reír. Luego, la cadenita tirante conectó todo hasta mi clítoris, expuesto y palpitante después de que me quitara la tanga. El metal frío rozó mi carne hinchada, y cuando cerró el tercer clamp, una oleada eléctrica me recorrió desde el pecho hasta el alma.

¿Duele, mi amor? —preguntó, su aliento caliente en mi oreja.

—No, cabrón... es delicioso —respondí, moviéndome un poco para sentir la tensión en las cadenas. Cada movimiento era una tortura exquisita: los clamps tiraban de mis pezones hinchados, enviando chispas directas a mi clítoris, que latía como un corazón salvaje. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado y dulce que llenaba la habitación, mezclado con el sudor salado de Javier.

Él se arrodilló entre mis piernas, sus dedos explorando mis labios vaginales resbaladizos. Estoy chorreando, neta, pensé, mientras introducía dos dedos gruesos, curvándolos para masajear ese punto G que me volvía loca. El tri clamp amplificaba todo; cada embestida hacía que las cadenas vibraran, uniendo placeres en un circuito cerrado. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en sus hombros musculosos, sintiendo la aspereza de su barba contra mis muslos internos.

Pero no era solo físico. En mi cabeza bullían pensamientos:

¿Por qué me excita tanto esto? ¿El control que me da al pedírselo? ¿O es él, que me hace sentir diosa?
Javier lo notaba, siempre lo notaba. Paró un segundo para besarme profundo, su lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y salado.

Eres mía, Ana, pero yo soy tuyo —murmuró, y eso me derritió más que cualquier clamp.

La intensidad subió como un volcán. Me puse de rodillas, el tri clamp tirando con cada movimiento, haciendo que mis tetas rebotaran y mi clítoris palpitara al borde del abismo. Javier se quitó la ropa de un jalón; su verga erecta, gruesa y venosa, saltó libre, goteando precum que olía a macho puro. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, las venas como ríos bajo la piel suave. La chupé despacio, saboreando el salado terroso, mi lengua girando alrededor del glande mientras él gruñía como bestia.

¡Chíngame ya, pendejo! —le rogué, la voz ronca de deseo. Me volteó boca abajo, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. El tri clamp presionaba contra las sábanas, un recordatorio constante de mi rendición voluntaria. Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Su verga estiraba mis paredes internas, frotando cada nervio con fricción perfecta. El slap-slap de su pelvis contra mi culo resonaba, mezclado con mis gritos ahogados y sus jadeos guturales.

Sudor nos cubría a los dos, gotas resbalando por su espalda que yo lamí con avidez. Olía a sexo crudo, a piel caliente y fluidos mezclados. Cada estocada hacía vibrar el tri clamp, uniendo pezones, clítoris y su polla en un éxtasis sincronizado. No aguanto más, voy a explotar, pensé, mis músculos contrayéndose alrededor de él. Él lo sintió, aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris clampado.

¡Ven conmigo, mi vida! —rugió, y el mundo se deshizo. Mi orgasmo llegó como tsunami, olas de placer convulsionándome, el tri clamp intensificando cada contracción hasta que vi estrellas. Él se corrió segundos después, su leche caliente inundándome, un chorro tras otro que me hacía sentir completa.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Javier quitó el tri clamp con ternura, besando cada marca roja como si fueran medallas. Un hormigueo placentero quedó en mi piel, recordatorio de la locura compartida. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda.

¿Qué tal, reina? ¿Repetimos? —preguntó con picardía, acurrucándome contra su pecho húmedo.

Reí bajito, trazando círculos en su piel.

Este wey me tiene loca, pero qué chido estarlo
. En ese momento, supe que el verdadero clamp era el lazo entre nosotros, uno que ningún juguete podía romper. La noche se extendía, llena de promesas, y yo solo quería más de él, más de esto.

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