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El día que intenté vivir

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El día que intenté vivir

Era un sábado cualquiera en la Ciudad de México, pero ese día juré que iba a ser diferente. Me desperté con el sol colándose por las cortinas de mi depa en la Condesa, el aroma del café recién molido flotando desde la cocina. Me miré en el espejo: veintiocho años, curvas que ya no me avergonzaban tanto, pero una vida de oficina, metro abarrotado y noches de Netflix que me tenían hasta la madre. El día que intenté vivir, me dije, mientras me ponía un vestido rojo ajustado que hacía que mis chichis se vieran de locura. Nada de planes, solo soltarme y ver qué pasaba.

Salí a la calle, el bullicio de los vendedores de elotes y las risas de las parejas me envolvió como un abrazo caliente. Caminé hasta un bar en la Roma, de esos con luces neón y música que te hace mover las caderas sin querer. Pedí un michelada, el limón fresco explotando en mi lengua, la sal picando justo lo necesario. Ahí lo vi: Javier, alto, moreno, con una sonrisa que prometía problemas chidos. Estaba con unos cuates, pero sus ojos se clavaron en mí como si ya supiera mis secretos.

¿Y si hoy dejo de ser la morra responsable? ¿Y si me lanzo?

Me acerqué al pretexto de pedir fuego para un cigarro que ni traía. "Órale, güey, ¿tienes encendedor?", le dije con voz juguetona. Él se rio, ese sonido grave que me erizó la piel. "Claro, carnala, pero solo si me dices tu nombre". Javier, veintinueve, diseñador gráfico, soltero y con un tatuaje de calavera en el brazo que me dieron ganas de lamer ahí mismo. Charlamos de la vida, de cómo la rutina nos chinga, de antojos que nunca saciamos. Su colonia, un mezcle de madera y especias, me mareaba. Tocó mi mano al pasarme la cerveza, y sentí un chispazo que bajó directo a mi entrepierna.

La noche avanzaba con cumbia rebajada retumbando en los parlantes. Bailamos pegaditos, su pecho duro contra mis tetas, el sudor mezclándose con el mío. "Estás bien rica", me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a tequila. "Tú tampoco estás tan pendejo", le contesté, mordiéndome el labio. La tensión crecía como un volcán; cada roce de su cadera contra la mía me hacía mojarme más. Esto es vivir, pensé, mientras sus manos bajaban a mi cintura, apretando con justo la fuerza que necesitaba.

Acto dos: la escalada. Salimos del bar tambaleándonos de risa y deseo. "Vamos a mi hotel, está cerca", propuso él, y yo asentí sin pensarlo dos veces. Caminamos por las calles empedradas, el viento nocturno refrescando mi piel ardiente. En el elevador, no aguantamos: sus labios chocarón contra los míos, urgentes, saboreando a sal y cerveza. Mi lengua bailó con la suya, explorando, mientras sus dedos se colaban bajo mi vestido, rozando mis muslos. "Joder, estás empapada", gruñó, y yo solo gemí bajito.

La habitación era sencilla pero chida: cama king size, luces tenues, vista a los edificios iluminados. Nos desnudamos con prisa, pero sin torpeza. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntándome como un arma cargada. La mía, mi panocha, palpitaba, hinchada de ganas. Me tumbó en la cama, sus ojos devorándome. "Déjame probarte", dijo, y bajó la cabeza. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro: lamiendo lento, chupando fuerte, el sonido húmedo de su boca en mi carne resonando en la habitación. Olía a mi excitación, ese musk dulce y salado. Arqueé la espalda, mis uñas en su cabello, gimiendo "¡Sí, cabrón, así!".

Nunca me habían comido tan bien. Esto es lo que necesitaba, vivir de verdad.

Le devolví el favor, arrodillándome. Tomé su verga en la mano, sintiendo su calor, las venas latiendo bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. La metí en mi boca, profunda, hasta que tosió de placer. "Eres una diosa, Ana", jadeó, sus caderas moviéndose al ritmo de mi cabeza. Lo miré desde abajo, mis ojos lagrimeando de esfuerzo, pero excitada como nunca.

La intensidad subía. Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriéndome por detrás. El condón crujió al desenvolverse, y luego... entró. Lento al principio, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, wey!", grité, el placer-pain agudo. Empezó a bombear, fuerte, el slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris. Sudor goteaba de su pecho a mi espalda, resbaloso, caliente. Agarró mis chichis, pellizcando pezones, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más. "Más rápido, Javier, chíngame duro". Él obedeció, gruñendo como animal, el cuarto lleno de nuestros jadeos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

Cambié de posición: yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis nalgas, guiándome, mientras rebotaba. Veía su cara de éxtasis, músculos tensos, abdominales marcados brillando de sudor. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, acumulando el orgasmo como tormenta. "Me vengo, Ana, ¡me vengo!", rugió él primero, y eso me empujó al borde. Explosé, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, olas de placer sacudiéndome, gritando su nombre. Él se vació dentro del condón, pulsando, caliente.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados. Su piel pegajosa contra la mía, corazones galopando al unísono. Besos suaves ahora, post-sexo, saboreando el sudor salado en su cuello.

El cierre. Nos duchamos juntos, el agua caliente lavando el cansancio, sus manos jabonosas en mi cuerpo reviviendo chispas. "Gracias por este día, morra", me dijo, secándome con ternura. "El día que intenté vivir, y valió la pena cada segundo", respondí, sonriendo.

Salí al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa. Caminé de regreso a casa, piernas flojas pero alma llena. No fue solo sexo; fue romper cadenas, saborear la vida cruda y deliciosa. Javier y yo nos escribimos después, pero ese día... ese día fue mío. Aprendí que vivir es arriesgarse, tocar, oler, gemir sin miedos. Y lo volvería a hacer, neta.

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