A Que Hora Juega El Tri Hoy En Tu Piel
El sol de la tarde se colaba por las cortinas entreabiertas de tu depa en la Roma, tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que el aire oliera a asfalto caliente y tacos de la esquina. Órale, wey, pensaste mientras jalabas el celular del bolsillo de tus jeans gastados, el corazón latiéndote con esa emoción que solo El Tri despierta en un mexicano de hueso colorado. Abriste la app de deportes, los dedos sudados resbalando un poco en la pantalla. A que hora juega el Tri hoy, tecleaste rápido en el buscador, y ahí estaba: siete de la noche, contra esos gringos en el Azteca.
¡Neta, esta vez sí la armamos!murmuraste para ti mismo, imaginando el rugido de la afición, el olor a chela fría y el sudor de la cancha.
Pero entonces sonó el timbre, un ding-dong juguetón que te sacó del trance. Era ella, tu carnala del alma, Lupita, con su risa que parecía un mariachi en fiesta. Abriste la puerta y ahí estaba, recargada en el marco, con un vestido rojo chingón que se pegaba a sus curvas como si fuera pintado sobre su piel morena. Olía a vainilla y a ese perfume dulzón que te ponía la verga dura al instante. Sus ojos cafés brillaban con picardía, el cabello negro suelto cayéndole por los hombros como una cascada salvaje.
—¿Y tú qué, cabrón? ¿Ya viste a que hora juega el Tri hoy? —te dijo con esa voz ronca que te erizaba la piel, entrando sin pedir permiso y rozándote el brazo con sus tetas firmes al pasar. Sentiste el calor de su cuerpo, el roce suave de su piel contra la tuya, y un cosquilleo que te bajó directo al sur.
—Sí, güey, a las siete. Pero neta, con este calor no sé si aguanto —respondiste, cerrando la puerta y siguiéndola a la sala, donde el tele ya estaba encendido en el canal deportivo, con los analistas hablando pendejadas sobre la alineación.
Ella se dejó caer en el sofá de piel sintética que crujió bajo su peso, cruzando las piernas de forma que el vestido se subió un poco, dejando ver sus muslos torneados, brillando con un toque de loción que olía a coco fresco. Te miró de arriba abajo, mordiéndose el labio inferior, y sentiste cómo tu pulso se aceleraba, como si el partido ya hubiera empezado en tu pecho.
Te sentaste a su lado, tan cerca que sus rodillas se tocaron, enviando chispas eléctricas por tu espina. Qué chingona está hoy, pensaste, mientras ella sacaba dos chelas frías del hielera que había traído. El pop del corcho al abrirse fue como un disparo de salida, y el primer trago te refrescó la garganta seca, el amargor bajando fresco hasta el estómago.
La tensión crecía despacio, como el calor antes de la lluvia en mayo. Lupita se recargó en tu hombro, su mano posándose casualmente en tu muslo, los dedos trazando círculos perezosos que te hicieron tragar saliva. El tele murmuraba sobre el Tri, pero tus sentidos estaban en ella: el sonido de su respiración suave, el aroma de su cuello que te invitaba a morderlo, el tacto de su piel cálida filtrándose a través de la tela delgada.
—¿Sabes qué? —susurró, su aliento caliente contra tu oreja, oliendo a menta y chela—. Antes de que empiece el pinche partido, quiero que juguemos nosotros. A que hora juega el Tri hoy... pero ¿a qué hora me vas a comer?
Su mano subió más, rozando el bulto que ya se formaba en tus jeans, y un gemido se te escapó sin querer. La miraste, sus ojos ardiendo con deseo puro, y la besaste. Dios, ese beso. Sus labios suaves y jugosos se abrieron para ti, su lengua danzando con la tuya en un ritmo salvaje, saboreando la chela y su dulzura natural. La sujetaste por la nuca, enredando los dedos en su pelo, y ella gimió bajito, un sonido que vibró en tu boca y te puso la piel de gallina.
Las manos de Lupita volaron a tu camisa, desabotonándola con prisa, sus uñas raspando tu pecho desnudo, dejando rastros rojos que ardían delicioso. Sentiste sus tetas presionadas contra ti, los pezones duros como piedritas bajo el vestido. La recostaste en el sofá, el cuero crujiendo, y le subiste el vestido hasta la cintura. No traía calzones, la pendeja, su panocha depilada brillando húmeda, oliendo a excitación almizclada que te volvió loco.
—Ven, mi rey —jadeó ella, abriendo las piernas, invitándote con una sonrisa traviesa—. Hazme tuya antes de que suene el silbatazo.
Te quitaste los jeans a tirones, la verga saltando libre, dura y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Ella la tomó con la mano, suave pero firme, masturbándote despacio mientras tú bajabas la boca a su clítoris. Lo lamiste, plano y lento, saboreando su jugo salado y dulce, como miel de maguey. Lupita arqueó la espalda, sus muslos temblando alrededor de tu cabeza, gimiendo tu nombre entre jadeos: ¡Ay, wey, sí, así! El sonido de su voz, ronca y desesperada, se mezclaba con el zumbido del ventilador y el eco lejano de la ciudad.
La tensión subía como el marcador en un clásico. Tus dedos se hundieron en su concha empapada, curvándose para tocar ese punto que la hacía gritar, mientras tu lengua giraba sin parar. Ella se retorcía, las uñas clavándose en tus hombros, dejando marcas que dolían rico.
Esto es mejor que cualquier gol de Chicharito, pensaste, el sudor perlando tu frente, goteando sobre su vientre suave.
Pero Lupita no era de las que se queda atrás. Te empujó hacia arriba, montándote como una amazona, su coño tragándose tu verga de un solo movimiento. ¡Puta madre! El calor apretado, resbaloso, envolviéndote entero, sus paredes pulsando alrededor. Empezó a cabalgar, lento al principio, sus caderas girando en círculos que te rozaban el glande contra cada rincón. Veías sus tetas rebotando libres ahora que se había quitado el vestido, los pezones oscuros erectos, invitándote a chuparlos.
Los succionaste, mordisqueando suave, mientras ella aceleraba, el slap-slap de su culo contra tus muslos llenando la sala. Olías su sudor mezclado con el tuyo, salado y animal, el aire cargado de sexo puro. Neta, esta morra me va a matar, pensaste, tus manos amasando sus nalgas redondas, separándolas para sentirla más adentro. Ella gritaba ahora, sin pudor: ¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!
La volteaste, poniéndola a cuatro patas en el sofá, el cuero pegándose a su piel. Entraste de nuevo, profundo, tus bolas golpeando su clítoris con cada embestida. El ritmo era frenético, como un contragolpe del Tri, sus gemidos convirtiéndose en alaridos que seguro oían los vecinos. Sentías su concha apretándote, ordeñándote, el orgasmo construyéndose en tu base como una ola imparable.
—¡Me vengo, Lupita! —gruñiste, y ella empujó hacia atrás, explotando contigo. Su coño se contrajo en espasmos, leche caliente bañándote, mientras tú la llenabas de chorros calientes, el placer cegador, estrellas estallando detrás de tus ojos cerrados. Colapsaron juntos, jadeando, el corazón martillando como tambores de un estadio lleno.
Minutos después, recostados enredados, el sudor enfriándose en su piel, ella rio bajito, trazando patrones en tu pecho con un dedo. El tele anunciaba el inicio del partido: a que hora juega el Tri hoy, ya era la hora. Lupita se incorporó, besándote la frente, su sabor aún en tus labios.
—Qué chido fue eso, mi amor. Ahora sí, a ver cómo le metemos gol a los gringos —dijo, poniéndose una playera del Tri que te quedaba grande, sus curvas asomando tentadoras.
Te abrazó por detrás mientras prendían la tele, el estadio rugiendo en la pantalla. El afterglow era perfecto: cuerpos saciados, almas conectadas, el futuro prometiendo más noches así. Afuera, la ciudad palpitaba, pero en ese momento, su piel contra la tuya era el verdadero trofeo.