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Sexo Trío Jóvenes Salvaje

7097 palabras

Sexo Trío Jóvenes Salvaje

La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba calientísima, con el sonido de las olas rompiendo suave contra la arena y el olor a sal marina mezclado con el humo de la fogata que prendimos mis carnales y yo. Yo soy Ana, veintitrés años, morena con curvas que vuelven locos a los weyes, y esa noche andábamos con mis dos mejores amigos del colegio, Marco y Luis, ambos de veinticuatro, bien guapos, atléticos de tanto jugar fut en la uni. Habíamos rentado una cabaña chida frente al mar para celebrar que terminamos la carrera, con chelas frías y música de reggaetón retumbando bajito.

Estábamos sentados en la arena, riéndonos de pendejadas, cuando Marco, el más coqueto con su sonrisa de diablo, sacó una botella de tequila reposado. Qué rico sabe este trago, pensé mientras lamía la sal de mi mano, el ardor bajando por mi garganta y calentándome el cuerpo entero. Luis, más callado pero con ojos que te desnudan, me miró fijo y dijo:

Neta, Ana, estás cañona con ese bikini. ¿Por qué no nos has contado que andas soltera?
Sentí un cosquilleo en la piel, el viento marino erizándome los vellos, y respondí juguetona: Pos porque ando buscando algo más... excitante.

La tensión empezó a crecer como la marea. Marco se acercó, su mano rozando mi muslo, cálida y firme, oliendo a protector solar y hombre sudado. Carajo, qué ganas de sentirlos cerca. Luis no se quedó atrás, pasando sus dedos por mi espalda, haciendo que mi corazón latiera como tambor. Hablamos de todo y nada, pero el aire se cargaba de deseo, de miradas que prometían más. Esto podría ser el sexo trío jóvenes que siempre soñé, me dije, imaginando sus cuerpos contra el mío, el calor de tres pieles entrelazadas.

Nos fuimos a la cabaña, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos. Adentro, el ventilador zumbaba lento, moviendo el aire húmedo cargado de nuestro aroma. Marco me besó primero, sus labios suaves pero urgentes, saboreando a tequila y menta. Abrí la boca, nuestra lengua danzando, mientras Luis observaba, su respiración pesada. Sí, wey, únete, gemí bajito. Él se pegó por detrás, besando mi cuello, mordisqueando suave, sus manos grandes cubriendo mis tetas por encima del bikini, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras.

Me quitaron el top con prisa, pero con ternura, admirando mis pechos. Marco chupó uno, succionando fuerte, el sonido húmedo llenando la habitación, mientras Luis lamía el otro, su barba incipiente raspando delicioso mi piel sensible. Olía a mar y a excitación, ese olor almizclado que sale cuando estás mojada de verdad. Mi concha palpita, neta. Bajaron mis manos a sus shorts, sintiendo sus vergas duras, gruesas, latiendo bajo la tela. Las saqué, acariciándolas lento, la piel suave sobre el acero, venitas marcadas que me volvían loca.

Me arrodillé en la cama king size, la sábana fresca contra mis rodillas. Marco y Luis se pararon frente a mí, sus cuerpos bronceados brillando con sudor bajo la luz tenue de las velas. Tomé la verga de Marco en la boca primero, chupándola profundo, saboreando el precum salado, mientras con la mano pajeaba a Luis, oyendo sus gemidos roncos:

¡Ay, cabrona, qué rica mamada!
Cambié, mamando a Luis, su verga más larga, llegando a mi garganta, mientras Marco me metía dos dedos en la concha desde atrás, chapoteando en mis jugos, curvándolos justo en el punto G. Me voy a venir ya, pendejos, pensé, las piernas temblando.

Pero no, querían más. Me acostaron boca arriba, Marco entre mis piernas, lamiendo mi clítoris hinchado, su lengua plana y rápida, chupando mis labios mayores, metiendo la nariz en mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, dulce y fuerte. Luis se sentó en mi pecho, frotando su verga entre mis tetas, escupiendo para lubricar, follándomelas suave. El contraste era brutal: la boca experta de Marco haciendo que mi concha se contrajera, oleadas de placer subiendo por mi espina, y las embestidas calientes de Luis arriba. Gemí alto, ¡Sí, cabrones, no paren!

La intensidad subía. Marco se puso un condón –siempre seguros, weyes responsables– y me penetró de un jalón, su verga llenándome hasta el fondo, rozando mi cervix con cada estocada profunda. El sonido de piel contra piel, slap slap slap, mezclándose con nuestros jadeos. Luis se movió, poniéndose de rodillas junto a mi cabeza, y yo lo chupé mientras Marco me cogía duro, sus bolas golpeando mi culo. Esto es el sexo trío jóvenes perfecto, puro fuego. Cambiaron posiciones: ahora Luis adentro, más lento pero profundo, girando las caderas, mientras Marco me besaba, sus dedos en mi clítoris.

El sudor nos cubría, goteando, salado en la piel. Sentía sus músculos tensos bajo mis manos, el olor de tres cuerpos en éxtasis, el sabor de sus besos mezclados con mi propia esencia. Me puse a cuatro patas, Marco debajo lamiéndome el culo mientras Luis me cogía por atrás, su verga entrando y saliendo, estirándome delicioso.

¡Estás re apretada, Ana, qué chingón!
gritó Luis. Marco se levantó, y de pronto sentí dos vergas: no, espera, jugamos con dedos y lenguas primero, explorando límites con consentimiento puro. Todo sí, todo chido.

El clímax se acercaba como tormenta. Me subieron encima de Marco, cabalgándolo reversa, su verga en mi concha, mis nalgas rebotando contra su pubis, el tacto áspero de su vello. Luis se unió, lubricando bien, y poco a poco entró en mi culo, despacio, milímetro a milímetro, hasta que estuve llena de ambos. ¡Madre mía, qué estirón tan rico! El dolor placeroso se convirtió en éxtasis puro, sus vergas rozándose separadas solo por una delgada pared, moviéndose en ritmo sincronizado. Gemía como loca, el cuarto lleno de nuestros gritos: ¡Córrete conmigo, weyes!

El orgasmo explotó primero en mí, contrayéndome alrededor de ellos, jugos chorreando por las piernas de Marco, olas y olas de placer cegador, visión borrosa, pulso retumbando en oídos. Ellos siguieron unos segundos, gruñendo, llenando los condones con chorros calientes que sentí palpitar. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose lento, el ventilador secando nuestra piel húmeda.

Después, nos bañamos juntos bajo la regadera al aire libre, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos, risas y besos suaves.

Neta, eso fue el mejor sexo trío jóvenes de mi vida
, dijo Marco, abrazándome. Luis asintió, besando mi frente: Y no será el último, ¿verdad?. Nos secamos con toallas suaves, oliendo a coco del shampoo, y volvimos a la cama, desnudos y satisfechos. Afuera, las olas seguían su canción eterna, pero adentro, el calor de nuestros cuerpos entrelazados prometía más noches así. Esto es libertad, placer puro, con mis carnales. Durmió el sueño más chido, sabiendo que habíamos cruzado un umbral delicioso.

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