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El Tri Payaso Tentador

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El Tri Payaso Tentador

La feria de la ciudad bullía de luces parpadeantes y risas estridentes bajo el cielo estrellado de Guadalajara. El olor a algodón de azúcar se mezclaba con el aroma terroso del aserrín fresco esparcido en la carpa principal. Yo, Ana, trabajaba como acomodadora en el circo itinerante que había llegado esa semana. Cada noche, mi mirada se perdía en el Tri Payaso, esos tres locos disfrazados de payasos que armaban el desmadre más chingón del show: Paco el alto y flaco con su peluca roja desgreñada, Luis el fornido con nariz de globo y cejas pintadas como diablito, y Memo el chiquito pero picoso, siempre con esa sonrisa mañosa que te hacía cosquillas en el alma.

Desde el primer día, sentía un cosquilleo en el estómago cada vez que saltaban al centro del escenario, chapoteando pintura y lanzando globos que explotaban con chispazos de confeti. Sus cuerpos ágiles, envueltos en trajes holgados pero que dejaban adivinar músculos tensos por el esfuerzo, me ponían la piel de gallina. ¿Qué carajos me pasa? me preguntaba mientras repartía boletos, imaginando cómo sería quitárseles esas máscaras de payasos para descubrir los hombres de verdad debajo. Esa noche, después del espectáculo, el público se había ido y la carpa olía a sudor mezclado con el dulce pegajoso de las palomitas. Yo recogía sillas cuando oí risas ahogadas detrás del telón.

¡Ey, morra! —gritó Paco, asomando la cabeza roja y enmarañada—. ¿Vienes a ayudarnos a desmaquillarnos o qué?

Mi corazón dio un brinco. Los tres estaban ahí, semidesnudos, con los trajes payasos a medio quitar, torsos brillantes de sudor bajo la luz tenue de las bombillas. Luis se limpiaba la cara con una toalla, revelando una mandíbula cuadrada y ojos oscuros que me taladraron. Memo, sentado en una caja, jugaba con un chorro de agua que salía de una flor falsa, pero su mirada era puro fuego.

No mames, ¿y si entro? —pensé, pero mis pies ya se movían solos. El aire estaba cargado de ese olor masculino, a loción barata y esfuerzo físico, que me erizaba los vellos de los brazos.

Entré y el telón se cerró detrás de mí como una promesa. Paco se acercó primero, su aliento cálido oliendo a chicle de fresa.

Órale, Ana, siempre te vemos mirándonos como si quisiéramos comernos un elote —dijo riendo, pero su voz había bajado un tono, ronca.

Luis se paró, su pecho ancho subiendo y bajando, y Memo dejó la flor para rozarme la mano con dedos pintados de blanco.

Somos el Tri Payaso, pero contigo seríamos el cuarteto perfecto, murmuró Memo, y su toque envió una corriente eléctrica directo a mi entrepierna.

El deseo me invadió como una ola caliente. No era solo lujuria; era esa tensión acumulada de noches fantaseando con sus cuerpos contorsionándose no solo en el escenario, sino enredados conmigo. Asentí, el pulso latiéndome en las sienes, y Paco me jaló hacia él. Sus labios, aún con restos de rouge, sabían a sal y maquillaje, un sabor extraño pero adictivo que me hizo gemir bajito.

Esto es una locura, pero qué chido se siente dejar que el cuerpo mande, pensé mientras sus manos grandes me recorrían la espalda, desabotonando mi blusa con urgencia juguetona.

Nos movimos como en una coreografía improvisada, el Tri Payaso desplegando su magia fuera del escenario. Luis me besó el cuello desde atrás, su barba incipiente raspando mi piel sensible, mientras olía su aroma almizclado, puro hombre después de la función. Memo se arrodilló delante, sus dedos hábiles subiendo por mis muslos, levantando mi falda con lentitud torturante. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la carpa, mezclado con el eco lejano de la feria: un grito de niños, un altavoz anunciando algodones.

Estás rica, morra —susurró Luis, mordisqueándome la oreja, y sentí su dureza presionando contra mis nalgas. Mi cuerpo respondía solo, húmeda y palpitante, el calor entre mis piernas creciendo como un fuego que no paraba.

Me quitaron la ropa con risas suaves, transformando el desmaquillado en un ritual erótico. Paco untó crema en mi pecho, sus palmas ásperas masajeando hasta que mis pezones se endurecieron como piedritas. El tacto era eléctrico, cada roce enviando ondas de placer que me hacían arquear la espalda. Memo lamió un camino desde mi ombligo hacia abajo, su lengua cálida y juguetona saboreando mi piel salada. El olor a mi propia excitación se unía al de ellos, un perfume embriagador que nublaba mi mente.

Quiero más, quiero todo, rugía mi interior mientras Paco me guiaba a un colchón viejo detrás de las cajas, forrado con una sábana limpia que olía a lavanda. Me recosté, las fibras ásperas contra mi espalda desnuda contrastando con la suavidad de sus bocas explorándome. Luis se posicionó entre mis piernas, su verga gruesa y venosa rozando mi entrada, pidiendo permiso con una mirada ardiente.

¿Sí o qué? —preguntó, voz grave como trueno lejano.

¡Chínguenme ya! —respondí, riendo nerviosa, y el mundo explotó en sensaciones.

Luis entró despacio, llenándome con un estirón delicioso que me arrancó un grito ahogado. Su grosor pulsaba dentro, cada embestida un choque húmedo y rítmico, el sonido de carne contra carne resonando como aplausos prohibidos. Paco se arrodilló junto a mi cabeza, ofreciéndome su miembro erecto, largo y curvado, que chupé con avidez. Sabía a piel limpia y pre-semen salado, mi lengua danzando alrededor de la punta mientras él gemía, enredando sus dedos en mi pelo.

Memo no se quedaba atrás; se unió lamiendo donde Luis y yo nos uníamos, su lengua rozando mi clítoris hinchado, enviando chispas de placer que me hacían convulsionar. El calor era insoportable, sudores mezclándose, pieles resbalosas chocando. Olía a sexo crudo, a maquillaje corrido y pasión desatada. Mis pensamientos eran un torbellino: Estos pendejos payasos me tienen al borde, qué mamada tan buena.

Cambiaron posiciones como en su acto, fluidos y coordinados. Ahora Paco me penetraba desde arriba, sus caderas anchas golpeando con fuerza, mientras Memo me follaba la boca con empujones gentiles pero firmes, su verga delgada pero larga tocando el fondo de mi garganta. Luis se masturbaba viéndonos, su mano un borrón, hasta que se acercó y frotó su glande contra mi pecho, dejando rastros brillantes.

La tensión subía como un crescendo en el circo: mis músculos se contraían, el placer acumulándose en mi vientre como una tormenta. Grité alrededor de Memo cuando el orgasmo me golpeó, olas y olas de éxtasis que me dejaron temblando, jugos chorreando por mis muslos. Ellos no pararon; Paco gruñó primero, eyaculando dentro de mí con chorros calientes que me llenaron, desbordándose. Luis tomó su turno, corriéndose en mi piel con un rugido animal, el semen tibio salpicando mi abdomen. Memo explotó en mi boca, su sabor amargo y espeso bajando por mi garganta mientras tragaba, extasiada.

Nos quedamos jadeando en el colchón, cuerpos enredados como globos desinflados. El aire olía a clímax compartido, dulce y pegajoso. Paco me besó la frente, Luis me abrazó por la cintura, Memo trazaba círculos perezosos en mi muslo.

Eres nuestra payasa honoraria ahora —dijo Paco, y reímos todos, el sonido ligero como confeti cayendo.

Me vestí con manos temblorosas, sintiendo su esencia en mí, un recordatorio secreto. Salí de la carpa con las piernas flojas, el pulso aún acelerado, sabiendo que el Tri Payaso había transformado mi mundo en un carnaval de placer. Al día siguiente, el show sería igual de chingón, pero ahora con un guiño solo para mí. Y qué rico saber que hay más noches así, pensé, sonriendo bajo las luces de la feria.

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