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Triunfo del Acné con la Experta Avene

6872 palabras

Triunfo del Acné con la Experta Avene

En el corazón de la Ciudad de México, donde el sol besa las azotees y el aroma a tacos al pastor flota en el aire, conocí a Avene. Ella era la experta en tri acné, una dermatóloga guapísima que había revolucionado el mundo de la piel impecable con su línea de productos inspirada en aguas termales francesas. Su consultorio en Polanco olía a lavanda fresca y cítricos, un oasis de calma entre el caos urbano. Yo, un tipo común de 32 años, oficinista estresado con brotes rebeldes en la cara por el pinche estrés laboral, llegué a su puerta desesperado. "Órale, carnal, ¿qué onda con esta espinita?" le dije al espejo esa mañana, pero nada funcionaba.

Avene me recibió con una sonrisa que iluminaba más que el sol de medio día. Sus ojos cafés profundos me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si su mirada ya estuviera curando algo más que mi acné. Vestía una blusa blanca ajustada que marcaba sus curvas generosas, falda lápiz que abrazaba sus caderas anchas, y tacones que resonaban como un tambor en mi pecho acelerado. ¡Qué chula, pendejo! No seas menso, concéntrate en la cara, me dije a mí mismo mientras me sentaba en la silla de examen.

"Déjame ver ese tri acné tuyo", murmuró con voz suave, como miel caliente derramándose. Sus dedos enguantados rozaron mi mejilla, fríos al principio, pero pronto cálidos por el contacto. El olor de su perfume, mezclado con el de su crema Avene, me invadió las fosas nasales: fresco, limpio, con un toque salado de su piel morena. "Tienes inflamación aquí, y aquí", dijo, presionando suavemente puntos sensibles. Cada toque era eléctrico, enviando ondas de placer inesperado directo a mi entrepierna. Ella notó mi reacción, porque su sonrisa se volvió pícara. "¿Te duele, guapo?"

"No, mamacita, al contrario", respondí, sintiendo el calor subir por mi cuello. La tensión inicial era palpable: yo quería su consulta profesional, pero el deseo crecía como un volcán a punto de erupcionar. Avene se inclinó más cerca, su aliento cálido en mi oreja. "Mi tri acné expert Avene puede curar eso en semanas, pero hoy te doy un tratamiento especial". Quitó los guantes, y sus manos desnudas volvieron a mi rostro, masajeando la crema con movimientos circulares lentos. El gel era sedoso, fresco como brisa de montaña, penetrando mis poros mientras sus pulgares rozaban mis labios accidentalmente. O no tan accidental.

El consultorio estaba en penumbras, cortinas corridas filtrando la luz dorada del atardecer. El zumbido del aire acondicionado era el único sonido, roto por nuestras respiraciones entrecortadas.

"¿Quieres que pare?"
susurró, sus ojos fijos en los míos. Neta que no, esto es lo mejor que me ha pasado en meses, pensé, sacudiendo la cabeza. "Sigue, por favor". Sus manos bajaron por mi cuello, desabotonando mi camisa con destreza. Sentí la tela raspar mi piel erizada, el aire fresco besando mi torso desnudo. Ella se mordió el labio inferior, un gesto que me volvió loco. "Tu piel es suave debajo del acné, ¿sabes? Como terciopelo mexicano".

La escalada fue gradual, como un buen pozolito que se cocina a fuego lento. Avene se sentó en mi regazo, su peso delicioso presionando contra mi dureza creciente. Sus caderas se movieron en círculos sutiles, frotándose contra mí a través de la tela. Olía a deseo: sudor ligero, perfume floral y esa esencia femenina que hace que un hombre pierda la cabeza. "Te voy a tratar todo el cuerpo con mi Avene", dijo, untando crema en mi pecho. Sus uñas rozaron mis pezones, enviando descargas de placer que me arquearon la espalda. Gemí bajito, "¡Ay, wey, qué rico!" El sonido de su risa ronca llenó la habitación, vibrando en mi piel.

Internamente luchaba: Esto es profesional, ¿no? Pero carajo, se siente tan bien. Ella quiere, yo quiero, ¿qué pedo?. Avene sintió mi duda y me besó, sus labios carnosos saboreando a menta y crema de avena. La lengua danzó con la mía, húmeda, caliente, explorando cada rincón. Sus manos bajaron a mi cinturón, desabrochándolo con un chasquido metálico que resonó como una promesa. Mi verga saltó libre, palpitante, y ella la envolvió con dedos expertos, untados en crema lubricante Avene. El tacto era divino: resbaloso, cálido, apretando justo lo necesario. "Mira cómo tu piel responde", murmuró, masturbándome lento mientras yo hundía la cara en su escote, inhalando su aroma almizclado.

La intensidad subió cuando la recosté en la camilla de examen. Su falda se subió, revelando muslos gruesos y un tanga negro empapado. La quité con dientes, saboreando la tela húmeda. Su coño era perfecto, depilado suave, reluciente de jugos. Olía a mar y miel, embriagador. Lamí despacio, lengua plana contra sus labios hinchados, saboreando su salinidad dulce. Ella jadeó, "¡Sí, cabrón, ahí!", agarrando mi pelo. Sus muslos temblaban, piel de gallina bajo mis manos. El sonido de sus gemidos era música: agudos, guturales, mezclados con el chapoteo de mi lengua.

Pero no era solo físico; había profundidad emocional. Entre lamidas, confesó: "Siempre cuido de los demás, pero nadie me cuida a mí". La besé el vientre, trazando círculos con crema Avene en su piel impecable. Yo te cuido, reina, pensé, penetrándola con dos dedos curvos, sintiendo sus paredes contraerse. Ella arqueó la espalda, pechos rebotando libres de la blusa. Los chupé, mordisqueando pezones duros como piedras de obsidiana, sabor a sal y crema.

El clímax se acercaba como tormenta de verano. Avene me jaló arriba, guiándome dentro de ella. Su calor me envolvió, apretado, húmedo, perfecto. Empujé lento al principio, sintiendo cada vena rozar sus pliegues. El slap-slap de piel contra piel llenaba el aire, sudor goteando, mezclándose con crema. "¡Más fuerte, pendejo!" gritó, uñas clavándose en mi espalda, dolor placentero. Aceleré, bolas golpeando su culo redondo, sus tetas bamboleándose hipnóticas. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, Avene.

Interno: No aguanto, se siente demasiado bien. Ella es fuego, yo gasolina. Ella llegó primero, cuerpo convulsionando, coño ordeñándome con espasmos. "¡Me vengo, chingao!" aulló, voz ronca. Eso me lanzó: corridas profundas, llenándola mientras rugía, visión borrosa de placer. Colapsamos, pegajosos, respirando pesado. Su piel contra la mía, cálida, pegajosa, el afterglow como niebla dulce.

Después, recostados, ella untó más crema en mi cara. "Tu tri acné mejorará, pero esto... esto fue el mejor tratamiento". Reímos, besándonos perezosos. Salí de ahí renovado, piel y alma curadas. Avene, la tri acne expert avene, no solo arregló mi cara: despertó mi hombre interior. Y supe que volvería, no solo por el acné.

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