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Trío de Rubores Anastasia Beverly Hills

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Trío de Rubores Anastasia Beverly Hills

El paquete llegó justo a tiempo, envuelto en ese papel kraft tan chido que huele a aventura. Lo abrí con las uñas pintadas de rojo fuego, sentada en el sillón de terciopelo de mi depa en la Condesa. Anastasia Beverly Hills Blush Trio, ¡neta qué belleza! Tres tonos perfectos: un rosado suave como caricia de amanecer, un durazno jugoso que grita verano en la playa y un terracota intenso, ardiente como tierra caliente después de la lluvia. Los saqué con cuidado, oliendo ese aroma polvoso, dulce, que me hizo suspirar. Hoy era la noche ideal para probarlos. Luis y Carla venían en camino, mi carnal y mi mejor amiga, con esa promesa tácita de una pijamada que no iba a ser de niñas.

Me miré en el espejo del baño, la luz tenue del atardecer colándose por la ventana alta. Llevaba un babydoll negro de encaje que apenas cubría mis muslos, el pezón endureciéndose con el roce fresco de la tela.

¿Y si esta vez sí nos dejamos llevar del todo? Neta, las chispas entre los tres ya estaban ahí desde hace rato.
Preparé la mesa del comedor con velas de vainilla, una botella de mezcal artesanal de Oaxaca y copas altas. El corazón me latía rápido, un tambor suave en el pecho, anticipando sus risas, sus miradas.

El timbre sonó como un susurro eléctrico. Abrí la puerta y ahí estaban: Luis con su sonrisa pícara, camisa blanca desabotonada mostrando el vello oscuro del pecho, y Carla con ese vestido rojo ceñido que acentúa sus curvas latinas, el cabello suelto cayendo en ondas salvajes. Órale, qué buena pinta traen, pensé mientras los abrazaba. Sus cuerpos cálidos contra el mío, un roce inocente que ya encendía algo profundo.

—¡Mira lo que llegó, cabrones! —les dije, jalándolos al comedor. Les mostré la paleta, los polvos brillando bajo la luz. Luis se acercó, su aliento mentolado rozándome la oreja.

—¿Blush Trio de Anastasia Beverly Hills? Suena a que vamos a ponernos rojos de emoción —dijo él, guiñando.

Carla rio, una carcajada ronca que vibró en el aire. —¡Enséñame cómo se usa, Ana! Quiero verme como diosa mexica.

Empezamos con lo simple: me senté en el sillón, piernas cruzadas, y unté el primer rubor, el rosado, en mis mejillas con la brocha suave. El polvo se deslizó como seda, fresco al principio, luego cálido al asentarse. Luis observaba, ojos clavados en mis labios entreabiertos. Carla tomó la brocha y me aplicó el durazno en los pómulos, sus dedos rozando mi piel, enviando cosquillas hasta el vientre.

—Qué suave está —murmuró ella, inclinándose tanto que su escote rozó mi hombro. Olía a jazmín y algo más, femenino, húmedo.

La tensión creció como niebla espesa. Luis tomó el tercer tono, el terracota, y lo pasó por mi clavícula.

Su toque es fuego lento, me está derritiendo por dentro.
El polvo se mezcló con mi sudor ligero, creando un brillo sutil. Nuestras risas se volvieron susurros, miradas que se enredaban. —Ahora tú, Carla —le dije, y le apliqué el rosado en las mejillas. Ella cerró los ojos, gimiendo bajito al sentir la brocha en su cuello.

—Ay, wey, esto se siente cañón —dijo, abriendo los ojos con pupilas dilatadas.

Luis no se quedó atrás. Nos untó durazno en los labios, besándonos alternadamente para probar el sabor polvoso, dulce como miel. El aire se cargó de electricidad, el mezcal bajando ardiente por nuestras gargantas, aflojando nudos. Terminamos desnudos en el piso alfombrado, la paleta entre nosotros como un altar pagano. Los rubores ahora en pechos, vientres, muslos internos. Mi piel ardía donde el terracota se fundía con mi calor natural.

El medio acto se encendió. Carla me besó primero, labios suaves, lengua explorando con urgencia juguetona. Sabía a mezcal y deseo, su mano bajando por mi espalda, uñas arañando leve, delicioso dolor. Luis nos rodeó, su verga ya dura presionando mi cadera.

Neta, esto es lo que necesitaba, los tres conectados así.
Lo jalé hacia mí, chupando su cuello mientras Carla lamía el rubor de mi pecho izquierdo, el rosado ahora húmedo por su saliva. El sonido de lenguas en piel, jadeos entrecortados, llenaba la habitación. Olía a sudor limpio, a polvos cosméticos mezclados con feromonas.

—Pásame la brocha, carnal —le pedí a Luis. Él obedeció, y unté el durazno en la punta de su verga, que palpitaba caliente en mi mano. Carla y yo nos arrodillamos, lamiendo alternadamente, el sabor polvoso salado con su precum. Él gruñó, manos enredadas en nuestro pelo. Qué rico, qué poderoso sentirlo temblar por nosotras.

La intensidad subió. Me recosté, piernas abiertas, invitándolos. Carla se montó en mi cara, su panocha mojada rozando mis labios, sabor almizclado, dulce como mango maduro. Lamí su clítoris hinchado, oyendo sus gemidos altos, —¡Sí, Ana, así, no pares, pendeja rica!— mientras Luis me penetraba lento, su verga gruesa estirándome, llenándome. El roce era fuego líquido, cada embestida enviando ondas por mi espina. El terracota en mi vientre se corría con el sudor, pintando nuestras pieles unidas.

Cambiaron posiciones como en un baile ancestral. Luis se hundió en Carla desde atrás, sus nalgas redondas rebotando contra él, mientras yo lamía donde se unían, probando sus jugos mezclados. Ella gritaba, —¡Cógeme más duro, vato!— y él obedecía, el slap-slap de carne contra carne resonando. Mis dedos en mi propia humedad, frotando rápido, el rubor rosado ahora en mis dedos, resbaloso.

El clímax se acercó en oleadas.

Siento sus pulsos acelerados contra mi piel, el olor a sexo puro invadiendo todo.
Luis se corrió primero, gruñendo mi nombre mientras llenaba a Carla, quien se convulsionó encima de mí, chorro caliente en mi boca. Yo exploté después, piernas temblando, un grito ahogado saliendo de mi garganta mientras ondas de placer me barrían.

Caímos enredados, el piso fresco bajo nuestras espaldas sudadas. El Anastasia Beverly Hills Blush Trio olvidado a un lado, sus polvos ahora parte de nosotros, manchas rosadas, duraznos y terracotas en pieles saciadas. Luis besó mi frente, Carla acurrucada en mi pecho, su respiración calmándose. El mezcal olvidado, bebimos sorbos de agua, riendo bajito.

—Qué noche, ¿verdad? —dijo Luis, voz ronca.

—Neta, el mejor trío —respondí, acariciando su mejilla manchada de rubor.

Nos quedamos así hasta que la luna iluminó la ventana, reflexionando en silencio.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, empoderamiento en cada roce. Mañana, más rubores, más noches así.
El aroma a vainilla y placer lingüístico flotaba, prometiendo repeticiones. Dormimos pegados, corazones latiendo al unísono, completos.

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