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La Triada de Insuficiencia Cardiaca

6760 palabras

La Triada de Insuficiencia Cardiaca

Me llamo Ana, y desde que llegué a este departamento en Polanco, con sus ventanales que miran el skyline de la Ciudad de México, supe que mi vida iba a dar un vuelco chido. Tenía treinta y tantos, soltera por elección, pero con un hambre de algo más intenso que las citas de Tinder. Ese viernes por la noche, Marco y Luis me invitaron a una fiestecita privada. Los conocí en un bar de la Roma, dos carnales guapísimos, altos, con esa piel morena que brilla bajo las luces neón. Marco, el de ojos verdes y sonrisa pícara; Luis, el de barba recortada y voz grave que te eriza la piel.

Entré al depa oliendo a tequila reposado y jazmín fresco de las velas. La música sonaba bajito, un reggaetón suave con beats que te hacen mover las caderas sin querer. Órale, Ana, qué buena onda que viniste, dijo Marco, acercándose con un abrazo que duró un poquito de más. Su pecho firme contra el mío, el calor de su aliento en mi cuello. Luis ya estaba sirviendo shots, su mirada fija en mis labios mientras lamía la sal del dorso de mi mano. Neta, esto se va a poner bueno, pensé, sintiendo ya el primer cosquilleo en el estómago.

Charlamos un rato, riendo de pendejadas, pero el aire se cargaba de electricidad. Se sentaron a mis lados en el sofá de piel blanca, sus muslos rozando los míos. Marco me tomó la mano, trazando círculos lentos en mi palma. ¿Sabes qué es la triada de insuficiencia cardiaca?, preguntó de repente, con esa voz juguetona. Lo miré extrañada. Son los tres síntomas que te dejan sin aliento: taquicardia, disnea y astenia. Palpitaciones locas, falta de aire, debilidad total. Luis rio bajito. Pero nosotros lo convertimos en placer puro. ¿Quieres probarla?

Mi corazón ya latía fuerte, bum-bum-bum como tambores en una fiesta. Asentí, la boca seca, el pulso acelerándose. Ese fue el principio.

El medio acto empezó con besos suaves, exploratorios. Marco me besó primero, sus labios carnosos probando los míos, lengua tibia deslizándose como miel caliente. Olía a colonia cítrica y hombre sudado levemente, ese aroma que te hace cerrar los ojos. Luis observaba, su mano grande subiendo por mi muslo bajo la falda corta, dedos ásperos rozando la piel sensible del interior. Chingado, qué rico se siente esto, gemí en mi mente mientras Marco bajaba a mi cuello, chupando suave, dejando huella húmeda que se enfriaba al aire.

Se quitaron las camisas despacio, revelando torsos esculpidos por gym y genética mexicana. Piel suave, músculos que se contraen bajo mis yemas cuando los toco. Luis me desabrochó el sostén con una mano experta, liberando mis pechos que él atrapó al instante. Su boca caliente en un pezón, succionando con ritmo, lengua girando como un remolino. El sonido era obsceno: chup-chup, húmedo, mezclado con mis jadeos. Marco se arrodilló entre mis piernas, besando el ombligo, bajando más, su aliento caliente sobre mis panties ya empapadas.

Primera parte de la triada: taquicardia, murmuró Marco, mientras sus dedos separaban la tela y lamía mi clítoris despacio. Sentí el corazón desbocarse, latiendo en oídos, garganta, entrepierna. Tum-tum-tum, tan rápido que mareaba. Luis me besaba la boca, tragándose mis gemidos, sus caderas frotándose contra mi codo, sintiendo su verga dura como piedra bajo el pantalón.

La tensión subía como fiebre. Me recostaron en el sofá, yo en medio, ellos flanqueándome como guardianes del placer. Marco se hundió en mí primero, lento, centímetro a centímetro, estirándome con su grosor. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación: almizcle salado, jugos mezclados. Gruñí al sentirlo completo, llenándome hasta el fondo. Luis se posicionó para que lo mamara, su verga venosa palpitando en mi boca, sabor salado y ligeramente dulce, como pretzel fresco.

Se movían en sincronía, Marco embistiendo profundo con ritmo hipnótico, plaf-plaf de piel contra piel húmeda. Luis follándome la boca suave pero firme, sus bolas rozando mi barbilla. Sudábamos, el tacto resbaloso de cuerpos pegajosos. ¿Por qué carajos esperé tanto para esto?, pensé entre oleadas de placer. Intenté hablar, pero solo salían ahogos. Segunda parte: disnea, jadeó Luis, acelerando. Mi pecho subía y bajaba errático, aire insuficiente, como si ahogara en éxtasis. Las luces de la ciudad parpadeaban afuera, testigos mudos.

El clímax se acercaba, pero lo frenaban, expertamente. Me voltearon, ahora a cuatro patas, Marco detrás follándome el coño con furia contenida, Luis debajo lamiendo donde se unían. Lengua y verga alternando, sensaciones dobles que me volvían loca. Oí mis propios gritos: ¡Sí, cabrones, así! ¡No paren!. Olía su sudor mezclado con mi aroma dulce-ácido de excitación. Manos everywhere: apretando nalgas, pellizcando pezones, tirando pelo suave.

La tercera parte llegó como tormenta. Astenia total, anunciaron casi al unísono. Me subieron a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Marco se acostó, yo encima cabalgándolo, sintiendo cada vena de su polla rozando mis paredes. Luis detrás, lubricante frío chorreando, dedo primero explorando mi culo virgen a eso. Mierda, duele rico, pensé, relajándome con respiraciones profundas.

Entró despacio, el estirón ardiente convirtiéndose en plenitud imposible. Llenos los dos, moviéndose alternos: cuando uno salía, entraba el otro. Ritmo perfecto, como baile de salsa prohibida. El sonido era sinfonía sucia: chap-chap de fluidos, gemidos roncos, mi voz quebrada gritando ¡Me vengo, pendejos, me vengo!. El corazón a mil, pulmones ardiendo, músculos temblando en debilidad deliciosa. La triada de insuficiencia cardiaca nos golpeó a todos: yo colapsando en orgasmos múltiples, ondas que me sacudían como sismo, chorros calientes mojando sábanas. Ellos gruñendo, eyaculando dentro, semen tibio inundando, olor fuerte a clímax compartido.

Caímos enredados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro: pieles pegajosas enfriándose, besos perezosos, risas ahogadas. Marco me acarició el pelo húmedo. ¿Ves? La triada te deja viva de nuevo. Luis trajo agua fría, sorbos que bajaban como bálsamo por la garganta reseca.

Me quedé ahí, entre ellos, mirando el techo mientras la ciudad ronroneaba afuera. Neta, esto es lo que necesitaba: no un corazón fallido, sino uno rebosante. Sabía que no era el fin, sino el principio de muchas triadas más. El deseo latente, el cuerpo recordando cada roce, cada sabor. Empoderada, satisfecha, lista para más.

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