Canciones de Tríos que Arden en la Carne
La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines silvestres que trepaban por las paredes de la cabaña rentada. El aire cálido me acariciaba la piel como una promesa, mientras el sonido de las olas chocando contra la playa se colaba por las ventanas abiertas. Yo, Ana, de treinta y tantos, con el cuerpo todavía firme de tanto yoga en la playa, estaba sentada en el sillón de mimbre, con una chela fría en la mano. Frente a mí, Pedro y Luis, mis carnales de toda la vida, afinaban sus guitarras. Habíamos llegado hace dos días para unas vacaciones chidas, lejos del pinche tráfico de la Ciudad de México.
Órale, qué bonito está esto, pensé, mientras veía cómo los músculos de Pedro se marcaban bajo su playera ajustada al rasguear las cuerdas. Luis, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que siempre me ponían a mil, ajustaba el requinto. Éramos amigos desde la uni, pero últimamente las miradas se habían vuelto más largas, los roces accidentales más eléctricos. Neta, las canciones de tríos que tanto les gustaban a ellos siempre me ponían romántica, con ese bolero ranchero que habla de amores imposibles y pasiones que queman.
—Vamos a echarnos unas canciones de tríos, ¿no? —dijo Pedro, guiñándome el ojo—. Para que sientas el verdadero México, Ana.
Asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Empezaron con "Ella", de Los Panchos, las voces graves y melosas envolviéndome como humo de incienso. El requinto de Luis lloraba notas que me erizaban la piel, y Pedro cantaba con esa ronquera que me imaginaba en otros gemidos. Me recargué en el sillón, cerrando los ojos, dejando que la música me invadiera. Olía a su sudor mezclado con el tequila que habíamos bebido antes, un aroma macho y tentador.
La primera estrofa terminó y Luis se levantó, extendiendo la mano.
—Baila conmigo, güey. No seas mensa.
Me puse de pie, riendo, y me pegué a su cuerpo. Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, y mientras Pedro seguía tocando "Sabor a Mí", Luis me mecía al ritmo lento. Sentía su aliento en mi cuello, su pecho duro contra mis tetas. No mames, esto se siente demasiado bien, pensé, mientras mi conchita empezaba a palpitar con el roce de su cadera contra la mía.
Pedro dejó la guitarra y se acercó por detrás, sus manos rodeando mis caderas. Ahora bailábamos los tres, un trío improvisado, mis cuerpos atrapados entre los suyos. La canción cambió a "Contigo Aprendí", y las voces se entretejían como caricias. Pedro besó mi hombro, un roce leve de labios que me hizo jadear. Luis giró mi cara y me plantó un beso suave, probando mi boca con lengua juguetona. Consentí al instante, abriéndome a él, mientras Pedro lamía mi oreja.
—Esto es lo que queríamos, ¿verdad? —murmuró Luis, su voz ronca como las canciones de tríos.
—Simón —respondí, jadeante—. Los dos, juntos. Neta, los deseo hace rato.
Nos movimos hacia la recámara sin dejar de tocarnos, la música de fondo ahora un eco lejano de guitarra y requinto que ellos mismos habían dejado sonando en repeat. La cama king size nos esperaba, con sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Me quitaron la blusa con urgencia consentida, mis tetas saltando libres, pezones duros como piedras por el aire nocturno. Pedro chupó uno, succionando con hambre, mientras Luis bajaba mis shorts, besando mi ombligo, mi monte de Venus.
Qué chingón se siente esto, rugía mi mente, mientras sus lenguas exploraban. Luis separó mis piernas, inhalando mi aroma almizclado de excitación. —Hueles a puro pecado, Ana —gruñó, antes de lamer mi clítoris con la punta de la lengua, lento, circular. Gemí alto, arqueándome, agarrando el pelo de Pedro que ahora mamaba mi otro pezón, mordisqueando suave.
Ellos se desvistieron rápido, vergas erectas saltando libres. La de Pedro, gruesa y venosa, palpitaba contra mi muslo; la de Luis, más larga, curva perfecta para golpear ese punto que me volvía loca. Me arrodillé en la cama, tomándolas en mis manos, sintiendo el calor satinado, el pulso acelerado bajo la piel. Las masturbé alternando, lamiendo la punta de una mientras chupaba la otra. Salado, musgoso, delicioso. Sus gemidos roncos se mezclaban con el lejano requinto de las canciones de tríos, como si la música nos dirigiera.
—Córrete en mi boca primero —les pedí, juguetona, usando mi voz de mandona que tanto les gustaba.
Pedro se corrió primero, chorros calientes llenándome la garganta, tragándome todo con gusto. Luis aguantó, volteándome sobre la cama para penetrarme de una embestida. Ay, cabrón, grité internamente, mientras su verga me llenaba, estirándome delicioso. Pedro se recargó, besándome profundo, su semen todavía en mi aliento.
El ritmo subió, Luis cogiéndome fuerte, mis nalgas chocando contra su pelvis con palmadas húmedas. Sudor nos cubría, brillando bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Pedro se posicionó detrás de Luis, pero no, yo quería más. Los volteé, montándome en Luis, sintiendo su pija honda adentro mientras Pedro lamía donde nos uníamos, su lengua rozando mi clítoris y las bolas de Luis.
La tensión crecía como una ola, mis paredes contrayéndose alrededor de Luis, gemidos escapando en gritos.
¡Más, pendejos, no paren!les exigí, y obedecieron, Pedro ahora metiendo dos dedos en mi culo, lubricados con mi propio flujo. El doble estímulo me volvió loca, orgasmos encadenados explotando, mi concha chorreando jugos que empapaban las sábanas.
Luis se corrió dentro de mí con un rugido animal, caliente y abundante, mientras Pedro se masturbaba viéndonos, eyaculando sobre mis tetas. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas sincronizándose. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con sal y jazmín. Me quedé entre ellos, una mano en cada pecho, sintiendo latidos calmarse.
—Eso fue épico, wey —dijo Pedro, besando mi frente.
—Las canciones de tríos siempre nos unen —rió Luis, acariciando mi pelo.
Me acurruqué, satisfecha, el cuerpo pesado de placer. Esto no es el fin, es el principio de algo chido, pensé, mientras la música seguía sonando bajito, prometiendo más noches así. Afuera, las olas aplaudían nuestro secreto, y en mi alma, un bolero nuevo acababa de nacer.