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Trio Ardiente Esposa y Amigo

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Trio Ardiente Esposa y Amigo

La noche caía sobre nuestra casa en Polanco, con el aroma de las jacarandas flotando en el aire cálido de mayo. Yo, Javier, acababa de servir unos tequilas reposados en vasos helados, el sonido del hielo chocando como un preludio a lo que vendría. Ana, mi esposa, reía con esa carcajada ronca que me ponía la piel de gallina, su vestido rojo ceñido marcando cada curva de su cuerpo moreno y voluptuoso. Frente a nosotros, Carlos, mi carnal de toda la vida, con su sonrisa pícara y esos ojos que siempre devoraban a Ana cuando creía que no me daba cuenta.

¿Y si esta noche pasa algo? pensé, mientras el tequila quemaba mi garganta, avivando el fuego que ya latía en mis venas. Habíamos hablado de fantasías en la cama, Ana y yo, susurrando sobre un trio esposa y amigo, esa idea prohibida que nos hacía follar como animales. Carlos era perfecto: guapo, confiable, y con una verga que, por las pláticas de borrachos, sabía que era gruesa y larga. Neta, la sola imagen me ponía duro.

—Órale, Javi, ¿qué pedo con esta fiesta privada? —dijo Carlos, guiñándole el ojo a Ana mientras se recargaba en el sofá de cuero, su camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho.

Ana se mordió el labio, cruzando las piernas para que su falda subiera un poco más. —Es que queríamos consentirte, carnal. Tú siempre tan solo desde que terminaste con esa mensa.

El ambiente se cargaba de electricidad. Pusimos salsa en el estéreo, el ritmo de cello y trombón llenando la sala. Ana se levantó, meneando las caderas como diosa azteca, invitándonos con la mirada. Carlos y yo nos miramos, una complicidad muda. Ella bailó entre nosotros, su perfume de vainilla y jazmín invadiendo mis sentidos, rozando mi entrepierna con su culo redondo.

Esto es, cabrón. El trio esposa y amigo que has soñado mil veces. No la cagues.

Acto uno cerrado, el deseo bullendo. Nos sentamos en el sofá amplio, Ana en medio, sus manos en nuestros muslos. El tequila fluía, las risas se volvían susurros. Carlos le acarició el cuello, y ella suspiró, girando la cara para besarme profundo, su lengua dulce y caliente explorando mi boca mientras su mano bajaba a mi paquete, apretando mi verga ya tiesa.

Mi amor, ¿estás seguro? —murmuró Ana contra mis labios, sus ojos brillando de lujuria.

—Más que nunca, preciosa. Quiero verte gozar con él.

Carlos no esperó más. La besó con hambre, sus manos grandes amasando sus tetas generosas bajo el vestido. Yo observaba, el corazón retumbando, el olor a excitación empezando a mezclarse con el tequila. Ana gemía bajito, qué rico, arqueando la espalda. Le subí el vestido, revelando sus tangas de encaje negro empapadas. Mi dedo rozó su panocha hinchada, resbalosa de jugos, y ella jadeó en la boca de Carlos.

La llevamos al cuarto, el colchón king size esperándonos como altar. Ana se quitó el vestido de un tirón, quedando en lencería, sus pezones duros asomando. Carlos y yo nos desvestimos rápido, mis huevos pesados de anticipación, su pinga saltando libre, venosa y palpitante, más grande de lo que imaginaba. Ana se arrodilló, nos miró con picardía mexicana.

—Vengan, mis machos. Quiero probarlos a los dos.

Acto dos, la escalada. Ella chupó mi verga primero, succionando la cabeza con labios carnosos, saliva chorreando mientras lamía el tronco. El sonido húmedo, slurp slurp, me volvía loco, su lengua girando como tornado. Carlos se acercó, y Ana alternó, mamando su pija gruesa, ahogándose un poco, tosiendo juguetona. —¡Qué pingota, carnal! —rió, escupiendo en mi verga para lubricarla.

La tumbamos, yo en su boca, Carlos lamiéndole la concha. Oí sus lengüetazos voraces, el clítoris de Ana chupado con maestría, sus jugos goteando en las sábanas. Ella se retorcía, mis bolas en su garganta, gimiendo vibraciones que me hacían ver estrellas. El olor almizclado de su arousal, mezclado con el sudor nuestro, era afrodisíaco puro.

Neta, ver a mi amigo comiéndose a mi esposa es lo más cabrón que he vivido. Su cara de placer, arqueada, tetas rebotando... no aguanto.

Cambiamos. Carlos se hundió en ella primero, su verga abriéndose paso en esa panocha prieta y mojada. Ana gritó de gusto, ¡Ay, sí, métela toda!, uñas clavadas en su espalda tatuada. Yo la besaba, saboreando sus gemidos, pellizcando pezones cafés. El colchón crujía rítmicamente, plaf plaf, piel contra piel, sudor resbalando. Carlos la taladraba profundo, bolas golpeando su culo, ella convulsionando en su primer orgasmo, chorros calientes salpicando.

Mi turno. La puse en cuatro, embistiéndola mientras Carlos le metía la verga en la boca. Sentí su concha contraída aún, ordeñándome, resbaladiza y caliente como lava. —Fóllame duro, Javi, como en nuestras fantasías del trio esposa y amigo, jadeó ella, escupiendo la pija de Carlos para decirlo. El cuarto olía a sexo crudo, testosterona y feromonas, el aire espeso.

Intensidad subiendo. La volteamos, Ana encima de mí, cabalgándome salvaje, tetas saltando en mi cara. Chupé un pezón, mordisqueando suave, mientras Carlos se paraba detrás, untando saliva en su ano. —¿Listos para más? —preguntó. Ana asintió frenética, sí, métemela por atrás, cabrones.

Doble penetración. Su culo tragándose la verga de Carlos centímetro a centímetro, yo sintiendo la presión en su panocha. Gemidos guturales, ¡Qué rico, me llenan!, cuerpos sincronizados en embestidas. Sudor goteando en mi pecho, pulsos acelerados latiendo juntos, el roce de Carlos contra mí a través de su carne delgada. Ana explotó de nuevo, gritando en español sucio, ¡Me vengo, pinches machos!, contrayéndose como puño, ordeñándonos.

Acto tres, la liberación. No aguanté más. —Me vengo, amor —gruñí, descargando chorros calientes en su útero, espasmos interminables. Carlos rugió segundos después, llenándole el culo de leche espesa, saliendo con pop húmedo, semen chorreando. Ana colapsó sobre mí, temblando, besos suaves ahora, lenguas perezosas.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. El olor a semen y sudor impregnaba todo, pieles pegajosas reluciendo bajo la luz tenue. Carlos besó la frente de Ana, luego la mía, un gesto fraterno. —Gracias, carnales. Esto fue épico.

Ana suspiró, trazando círculos en mi pecho. —Mi vida, fue perfecto. Ese trio esposa y amigo que soñábamos... neta, inolvidable.

Y yo, exhausto y pleno, supe que nuestra relación acababa de subir de nivel. No celos, solo amor multiplicado, deseo renovado. Mañana, quizás repetimos.

La luna se colaba por la ventana, testigo de nuestra unión nueva. Dormimos así, tres cuerpos entrelazados, el futuro prometiendo más noches ardientes.

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