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Caifanes y El Tri en la Piel

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Caifanes y El Tri en la Piel

El antro en la Roma bullía con ese rock mexicano que te eriza la piel. Las luces rojas parpadeaban al ritmo de Caifanes, con la voz rasposa de Saúl Hernández cantando Viento desde los bocinas. El aire estaba cargado de humo de cigarro y sudor fresco, ese olor a cuerpos calientes que se mueve como una promesa. Tú entraste solo, con una cerveza fría en la mano, buscando esa vibra que solo un buen rolón te da. Neta, Caifanes y El Tri siempre te ponían en mood, como si sus letras te susurraran secretos al oído.

Ahí la viste. Una morra de unos veintitantos, cabello negro largo hasta la cintura, jeans ajustados que marcaban sus curvas chingonas y una blusa negra escotada que dejaba ver el borde de un tatuaje en su clavícula. Bailaba sola cerca de la barra, moviendo las caderas al son de la guitarra eléctrica. Sus ojos oscuros te atraparon cuando volteó, y sonrió con esa picardía que dice ven pa'cá. Te acercaste, el corazón latiéndote fuerte como el bajo de La Negra Tomasa de El Tri que empezó a sonar después.

—Qué chido rolón, ¿no? —le dijiste, gritando un poco para que te oyera sobre la música.

Ella se rio, una risa ronca que te recorrió la espina. —Neta, Caifanes y El Tri son lo máximo. Me prenden como nadie. Soy Alexa, ¿y tú?

—Daniel. Pero llámame Dani, wey. ¿Bailamos?

Se pegaron en la pista. Sus manos en tu cintura, tu pecho contra sus tetas firmes. Sentías el calor de su piel a través de la tela, el roce de su aliento en tu cuello con olor a tequila y menta. El sudor empezaba a brotar, perlitas que corrían por su escote. Cada movimiento era un roce eléctrico: sus muslos contra los tuyos, sus dedos apretando tu espalda.

Chingado, esta morra me va a volver loco, pensaste, mientras su cadera se frotaba contra tu entrepierna, despertando esa dureza que no podías ignorar.

La noche avanzaba con más rolones. El Tri con Triste Canción de Amor, Caifanes con Afuera. Charlaron entre canción y canción: ella era diseñadora gráfica, fanática de los conciertos under, tú trabajabas en una agencia de publicidad, pero lo que los unía era esa pasión por el rock mexicano que les corría por las venas. —¿Sabes qué? —te dijo al oído, su lengua rozando apenas tu lóbulo—. Esta música me pone cachonda. Como si me tocaran por dentro.

Tú la miraste, los ojos brillando bajo las luces. —¿Y si salimos de aquí? Mi depa está a dos cuadras.

Ella asintió, mordiéndose el labio. —Me late. Pero camina despacio, que ya me tienes toda mojada con tanto roce.

Salieron tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el calor de sus cuerpos. La calle estaba viva con taxis y risas lejanas, pero solo existían ustedes dos. Caminaron lento, besándose en las esquinas, sus lenguas danzando como en un solo de guitarra. Su boca sabía a sal y deseo, tus manos explorando su culo redondo bajo los jeans.

En el depa, un lugar chido con posters de rock en las paredes y una cama king size, pusiste música baja: una playlist de Caifanes y El Tri. La Celda Que No Duerme empezó a sonar mientras se quitaban la ropa con urgencia contenida. Primero tu camisa, ella pasando las uñas por tu pecho, "Qué rico torso, carnal". Luego su blusa, revelando unas tetas perfectas, pezones oscuros ya duros como piedras.

Se tumbaron en la cama, piel contra piel. Sentías su suavidad, el olor almizclado de su arousal mezclándose con el de tu sudor. Tus manos bajaron por su vientre plano, hasta la humedad entre sus piernas. —Sí, ahí, jadeó ella cuando tus dedos rozaron su clítoris hinchado. Estaba empapada, resbalosa, y gemía bajito al ritmo de la música. Tú la besaste el cuello, lamiendo el salitre, mientras ella te agarraba la verga, dura como fierro, masturbándote lento.

—Chúpamela, Dani —te pidió con voz ronca.

Te deslizaste abajo, inhalando su aroma dulce y salado. Tu lengua en su concha, saboreando cada gota, chupando ese botón sensible. Ella arqueaba la espalda, "¡Ay, wey, qué chingón! No pares", sus manos enredadas en tu pelo, empujándote más adentro. El sabor era adictivo, mezcla de mar y miel, y sus jugos te empapaban la barbilla. Sentías su pulso acelerado en las arterias de sus muslos, temblando contra tu boca.

Esto es puro fuego, como un concierto de Caifanes y El Tri en vivo, pensaste, mientras ella se retorcía, acercándose al borde.

La volteaste, ella se puso encima, gateando como pantera. —Ahora yo —dijo, y te engulló la verga. Su boca caliente, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría. Gemías fuerte, el placer subiendo por tu columna como un riff de guitarra. La sentías tragar hasta el fondo, saliva chorreando, ojos mirándote con lujuria pura. —Te la chupo hasta que explotes, pendejo, murmuró juguetona, y neta, casi lo haces.

Pero querían más. La pusiste boca arriba, piernas abiertas. Entraste despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha te apretaba, caliente y húmeda. —Sí, métemela toda, suplicó. Empezaste a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida. El slap de piel contra piel, sus tetas rebotando, sus uñas clavándose en tu espalda. Olía a sexo crudo, a sudor y fluidos mezclados. La música seguía, Víctimas del Rocanrol de El Tri marcando el ritmo de tus caderas.

Aceleraste, profundo, tocando ese punto dentro que la hacía gritar. —¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo! —Sus paredes se contraían, ordeñándote, mientras tú sentías las bolas apretadas, el orgasmo creciendo como una ola. Ella llegó primero, convulsionando, un chorro caliente mojando las sábanas, "¡Me vengo, chingado!". Eso te empujó al límite: te saliste y eyaculaste sobre su vientre, chorros calientes pintando su piel, pulsando una y otra vez.

Jadeando, se derrumbaron juntos. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante. El aroma de semen y sudor llenaba la habitación, mezclado con el eco de la música que se apagaba. —Neta, Dani, eso fue épico —dijo ella, trazando círculos en tu piel con el dedo—. Como si Caifanes y El Tri nos hubieran poseído.

Tú sonreíste, besándole la frente. —Fue chingón, Alexa. ¿Repetimos en el próximo concierto?

Se acurrucaron, cuerpos entrelazados, el afterglow envolviéndolos como una manta tibia. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, el mundo era solo piel, música y esa conexión que nace de lo que vibra en el alma. Durmieron así, satisfechos, con la promesa de más noches al son de sus bandas favoritas.

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