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Intenté Ser Fuerte Pero Tu Toque Me Derritió

7595 palabras

Intenté Ser Fuerte Pero Tu Toque Me Derritió

La noche en la terraza de esa casa en Condesa olía a jazmines frescos y a humo de carbón de la parrillada. La música ranchera moderna retumbaba suave, con ese banda que te hace mover las caderas sin querer. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, había llegado con mis cuates para desestrersarme del pinche trabajo en la agencia. Neta, andaba con ganas de bailar y olvidar que mi ex me había dejado por una morra más "aventada". Llevaba un vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, y unos tacones que me hacían sentir reina.

Ahí lo vi. Se llamaba Marco, un moreno alto, con ojos café que brillaban como el tequila bajo las luces de colores. Estaba recargado en la baranda, platicando con unos vatos, riendo con esa risa grave que te eriza la piel. Órale, qué chido morro, pensé, pero me dije ni lo mires, Ana, no estás pa' rollos de una noche. Intenté ignorarlo, me fui a servir un michelada con limón bien exprimido, sintiendo el frío del vaso en la mano sudada por el calor de la noche.

Pero el destino es un pendejo cabrón. De repente, Lupe me jaló al centro de la terraza pa' bailar.

"¡Ven, cabrona, no te hagas! Mira al guapo ese que te está clavando la mirada."
Me reí, negando con la cabeza, pero cuando giré, ahí estaba él, acercándose con una sonrisa pícara. Su olor, carnal, un mezcal ahumado con colonia de madera, me golpeó como una ola caliente. Me tendió la mano: "¿Bailas? Soy Marco."

Intenté decir que no, que mejor me iba a platicar con las morras, pero mi cuerpo traicionó. Su palma era áspera, de quien trabaja con las manos, y cuando me jaló hacia él, sentí su pecho firme contra el mío. El ritmo de la canción nos mecía, sus caderas pegadas a las mías en un vaivén que ya no era baile inocente. Qué rico huele su cuello, a sal y hombre, pensé, mientras mi nariz rozaba su piel. Su aliento cálido en mi oreja susurraba: "Estás cañona, ¿sabes? Me traes loco desde que te vi." Mi corazón latía como tamborazo, bum-bum-bum, y entre mis piernas un calorcito traicionero empezaba a crecer.

No, Ana, contrólate. Intenté alejarme un poquito, pretextando sed, pero él no soltó mi cintura. Fuimos por más chelas, y en la cocina, solos por un ratito, su mano rozó mi espalda baja. Electricidad pura. "Neta, tus ojos me matan", dijo, y yo, pendeja, me sonrojé como adolescente. Platicamos de todo: de tacos al pastor en la Condesa, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de cómo la vida en la CDMX te pone a prueba. Él era constructor, con un cuerpo labrado por el sol y el esfuerzo, y yo le conté de mis diseños gráficos que no me dejan dormir. La química era chida, pero el deseo... ay, el deseo era un volcán a punto de estallar.

Volvimos a bailar, pero ahora más pegados. Sus manos bajaban por mi espinazo, deteniéndose en mis nalgas con una presión que me hacía jadear bajito. Siento su verga endureciéndose contra mi vientre, pensé, y un escalofrío me recorrió. Intenté resistir, intenté ser la morra fuerte que no cae en tentaciones rápidas, pero su boca se acercó a mi cuello, lamiendo suave el lóbulo de mi oreja. Sabor a sal y sudor fresco.

"Déjate llevar, preciosa. Neta, te quiero probar."
Mi mente gritaba ¡no!, pero mi cuerpo gritaba ¡sí!. El beso llegó como tormenta: sus labios carnosos devorando los míos, lengua juguetona explorando mi boca con gusto a limón y cerveza. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su camisa.

La fiesta seguía, pero nosotros ya estábamos en nuestro mundo. Me llevó de la mano por el pasillo oscuro hacia una recámara de huéspedes. La puerta se cerró con un clic suave, y el ruido de afuera se apagó. Solo quedamos el sonido de nuestras respiraciones agitadas y el zumbido del ventilador en el techo. La luz tenue de una lámpara de noche pintaba su piel morena en dorado. Se quitó la camisa, revelando pectorales duros, un vientre marcado con vello negro que bajaba tentador hacia su pantalón. Yo temblaba, pero de puro antojo.

¿Qué chingados estoy haciendo? Intenté pensarlo, pero él ya me había bajado el vestido por los hombros, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de hambre: "Qué mamadas tan perfectas." Se arrodilló, mamando un pezón con succión experta, mientras su mano masajeaba el otro. Dolorcito placentero, chispas directas a mi clítoris. Gemí fuerte, "¡Ay, Marco, qué rico!" Sus dedos bajaron por mi panza, metiéndose bajo la tanga empapada. Mis jugos lo recibieron como miel caliente. Me metió dos dedos, curvándolos justo ahí, y yo arqueé la espalda, oliendo mi propia excitación mezclada con su aroma masculino.

Lo empujé a la cama, queriendo tomar control. Le desabroché el cinto, saqué su verga gruesa, venosa, palpitante. Sabe a piel limpia y deseo puro cuando la lamí desde la base hasta la punta, sintiendo su pulso en mi lengua. Él gruñó, "¡Carajo, Ana, eres una diosa!", enredando sus dedos en mi pelo. La chupé con ganas, tragándomela hasta la garganta, saliva goteando, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. Pero él no aguantó: me levantó, me quitó la tanga de un jalón y me abrió las piernas como libro abierto.

Su lengua en mi chochito fue éxtasis. Lamió despacio, saboreando cada pliegue, chupando mi clítoris hinchado con besos suaves y luego fuertes. Sonidos chapoteantes, mi sabor ácido-dulce en su boca. Intenté no gritar para no alertar a la fiesta, pero ¡neta!, era imposible.

"¡No pares, pendejo, me vengo!"
El orgasmo me sacudió como terremoto, piernas temblando, jugos salpicando su cara barbuda. Él sonrió, lamiéndose los labios: "Deliciosa."

Ahora sí, lo quería dentro. Me puse a gatas, ofreciéndole mi culo redondo. Él se colocó atrás, frotando su verga mojada en mi entrada. Deslizándose centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas rítmicas. ¡Plaf-plaf-plaf! Sudor goteando de su pecho a mi espalda, mezclándose. Agarró mis caderas, embistiéndome fuerte, mientras yo me tocaba el clítoris. "¡Más duro, cabrón, rómpeme!" Gritaba yo, perdida en el placer. Él jadeaba en mi oído: "Tu concha me aprieta como guante, Ana."

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando su verga con furia, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. Olor a sexo puro, almizcle y sudor. El clímax nos alcanzó juntos: él se hinchó dentro, corriéndose con un rugido gutural, chorros calientes bañando mi interior. Yo exploté de nuevo, contrayéndome alrededor de él, uñas en su pecho dejando marcas rojas.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Su brazo alrededor de mi cintura, su respiración calmándose contra mi cuello. El cuarto olía a nosotros, a clímax compartido.

"Neta, fue lo mejor de la noche",
murmuró él, besando mi hombro. Yo sonreí en la penumbra, sintiendo una paz chida. Intenté convencerme de que era solo un desmadre de fiesta, pero en el fondo sabía que su fuego me había marcado. La vida en México es así: llena de tentaciones que valen la pena. Afuera, la música seguía, pero nosotros ya habíamos encontrado nuestro propio ritmo.

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