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La Triada Letal en Trauma

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La Triada Letal en Trauma

Todo empezó con ese pinche choque en la carretera a Puebla. Yo manejaba mi troca vieja, sintiendo el viento caliente pegándome en la cara, cuando un pendejo se me cruzó. El impacto fue brutal, metal retorciéndose como grito, olor a llantas quemadas y gasolina que me ahogaba. Desperté en el hospital de Trauma Uno, con el cuerpo hecho mierda, tubos por todos lados y un doctor moreno explicándome que había sobrevivido por milagro a la triada letal en trauma: hipotermia, acidosis y coagulopatía. "Casi te nos vas, carnal", me dijo, palmeándome el hombro. Neta, pensé que era el fin, pero ahí estaba yo, vivo, con el corazón latiendo como tambor de banda.

Los primeros días fueron un desmadre de dolor y medicamentos. Pero luego llegaron ellas. Tres enfermeras que parecían salidas de un sueño cabrón: Carla, con su piel morena brillando bajo las luces fluorescentes, curvas que te dejaban babeando; Daniela, güerita de ojos verdes, tetas firmes que se marcaban en el uniforme ajustado; y Elena, la más ardiente, con labios carnosos y un culo que hipnotizaba cada vez que se agachaba a revisar mis signos vitales.

"¿Cómo te sientes hoy, guapo? ¿Ya te quitaron el catéter?"
preguntaba Carla con voz ronca, rozándome el brazo con dedos suaves que mandaban chispas directo a mi verga.

Al principio era puro coqueteo inocente, wey. Me traían el suero con sonrisas picas, me limpiaban el sudor con toallitas húmedas que olían a jazmín, sus manos deslizándose por mi pecho desnudo, rozando pezones que se ponían duros al instante. Yo sentía el calor subiendo, el pulso acelerándose no por el trauma, sino por ellas. Daniela me contaba chismes del hospital mientras me masajeaba las piernas, sus uñas pintadas de rojo arañando apenas la piel, despertando un hormigueo que bajaba hasta mis huevos. Elena, la más directa, se inclinaba tanto que su escote me regalaba vistas de sus chichis perfectas, tetas redondas con pezones oscuros asomando. Órale, esto no es normal, pensaba, pero mi cuerpo respondía solo, la polla endureciéndose bajo la sábana delgada.

Una noche, después de la ronda, las tres entraron juntas a mi cuarto. La luz tenue del monitor pitando como corazón acelerado, olor a desinfectante mezclado con su perfume dulce, sudor femenino que ya me tenía loco. "Sabemos que estás solo aquí, Alex", murmuró Daniela, cerrando la puerta con llave. Carla se sentó en la cama, su muslo grueso presionando el mío, calor irradiando como fuego. Elena apagó la luz principal, dejando solo la de emergencia que pintaba sus siluetas en sombras sexys.

"¿Quieres que te ayudemos a olvidar esa triada letal en trauma? Nosotras somos tu cura"
, dijo Elena, lamiéndose los labios.

Mi mente gritaba ¡sí, carajo!, pero el corazón latía desbocado. ¿Era consensual? Claro que sí, wey. Yo asentí, voz ronca: "Vengan, morras, pero con todo". Se rieron bajito, sonido como música erótica. Carla empezó besándome el cuello, lengua húmeda trazando venas hinchadas, sabor salado de mi piel mezclándose con su gloss de fresa. Daniela desabrochó mi bata, exponiendo mi pecho marcado por moretones del choque, y lamió un pezón mientras sus dedos bajaban lentos, rozando mi ombligo, el vello púbico. Elena se subió a la cama, sentándose a horcajadas en mi cara, su panocha depilada rozando mi nariz, olor almizclado de excitación que me volvía loco, jugos calientes goteando en mi boca.

El cuarto se llenó de gemidos suaves, pitidos del monitor acelerándose con mi pulso. Sabor a Carla en mi lengua cuando la besé profundo, dientes chocando, saliva compartida. Toqué las nalgas de Daniela, firmes y redondas, apretándolas mientras ella me masturbaba lento, su mano suave envolviendo mi verga dura como fierro, pré-semen lubricando el movimiento. Neta, esto era mejor que cualquier medicina. Elena se movía encima de mí, coño mojado frotándose en mi boca, clítoris hinchado que chupé con hambre, succionando hasta que gritó "¡Ay, cabrón, qué rico!", jugos inundándome la cara, dulce y salado.

La tensión crecía como tormenta. Cambiaron posiciones fluidas, cuerpos entrelazados en un baile carnal. Yo me incorporé un poco, ignorando el dolor fantasma del trauma, y metí dos dedos en Carla, sintiendo paredes calientes contrayéndose, guácala de lo mojada. Daniela montó mi polla despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado tragándomela entera, calor envolvente que me hacía jadear. Elena besaba a Daniela, lenguas danzando visibles, mientras yo embestía desde abajo, plaf plaf de piel contra piel húmeda, sudor chorreando, olor a sexo puro impregnando el aire.

Pero no era solo físico, carnal. En mi cabeza, flashes del choque se mezclaban con este placer: el frío de la hipotermia disipado por sus cuerpos calientes pegados al mío; la acidosis del miedo borrada por sus besos dulces; la coagulopatía del dolor sanada por sus caricias.

"Eres nuestro héroe, Alex, sobreviviste esa triada letal en trauma para cogernos así"
, jadeó Carla, ahora de rodillas mamándome la verga mientras Daniela y Elena lamían mis huevos, tres lenguas expertas volviéndome loco, succiones húmedas, dientes rozando suave.

La intensidad subió. Las puse a las tres de rodillas en la cama angosta, culos en pompa, nalgas brillando de sudor. Empecé con Daniela, metiéndosela de un jalón, su grito ahogado "¡Más duro, wey!", coño chorreando en mis muslos. Luego Elena, más apretada, paredes pulsando, olor a su excitación golpeándome. Carla al final, la más salvaje, empujando contra mí, tetas rebotando. Mis manos en sus cinturas, piel suave y sudorosa, uñas clavándose dejando marcas rojas. Gemidos en coro, "¡Cógeme! ¡Sí! ¡No pares!", el monitor pitando como rave.

El clímax llegó como avalancha. Sentí bolas apretándose, placer subiendo por la verga. "Me vengo, morras", gruñí. Ellas se giraron rápidas, bocas abiertas, lenguas fuera. Eyaculé chorros calientes en sus caras, semen espeso salpicando labios, mejillas, tetas. Carla lamió el resto de mi polla, succionando hasta la última gota, sabor salado compartido en besos entre ellas. Colapsamos jadeando, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas calmándose lento.

Después, en el afterglow, nos limpiamos entre risas suaves, toallitas húmedas ahora con olor a sexo. Daniela me acurrucó la cabeza en sus chichis suaves, Elena trazando círculos en mi pecho, Carla besándome la frente. "Sobreviviste la triada letal en trauma para esto, amor", susurró Elena. Neta, el trauma se sentía lejano, reemplazado por este lazo ardiente. Salí del hospital días después, con sus números en el cel, promesas de más noches locas. La vida, wey, es una pinche aventura sensual.

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