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Probando Todas las Opciones de Botas

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Probando Todas las Opciones de Botas

Entré a la tienda de botas en Polanco con el calor del mediodía pegándome en la espalda. El aire acondicionado me dio la bienvenida como un beso fresco, y el olor a cuero nuevo me invadió las fosas nasales, ese aroma terroso y embriagador que siempre me ponía la piel de gallina. Yo, Ana, de veintiocho años, había venido por unas botas nuevas para una noche especial, pero algo en el ambiente me decía que esto iba a ser más que una simple compra.

El lugar era chido, minimalista, con estanterías de madera oscura llenas de botas de todo tipo: altas hasta el muslo, de charol brillante, vaqueras con tacón stiletto, botines de piel suave. En la pared principal, un letrero en inglés gritaba All boot options are tried, como un mantra provocador. Me hizo sonreír. "¿Todas las opciones de botas se prueban? A ver nomás", pensé.

Qué padre lugar, carnal. Ojalá el vendedor esté igual de chulo que las botas.

Diego apareció de la nada, alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba el cuarto. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban como pintados. "¡Hola, qué onda! ¿En qué te ayudo, preciosa?", dijo con esa voz grave que me erizó los vellos de la nuca. Sus ojos cafés me recorrieron despacio, deteniéndose en mis piernas enfundadas en leggings negros.

"Busco unas botas sexys, para salir a conquistar", respondí coqueta, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Él se rio, un sonido ronco que vibró en mi pecho. "Aquí probamos de todo. All boot options are tried, ¿ves? Vamos a encontrar las perfectas para ti". Me guió a un sillón de terciopelo rojo, sus dedos rozando mi brazo por accidente –o no– y enviando chispas por mi piel.

Empezamos con las vaqueras clásicas, de piel marrón suave. Diego se arrodilló frente a mí, sus manos fuertes deslizándose por mi pantorrilla mientras me quitaba los zapatos. Su toque era eléctrico, cálido, y olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino. "Estas te van a quedar como anillo al dedo", murmuró, subiendo la bota lentamente por mi pierna. Sentí la presión del cuero contra mi piel, ajustándose como una caricia posesiva. Me paré, caminé un poco, el tacón golpeteando el piso de madera con un clic-clac hipnótico.

"¿Qué tal?", preguntó, sus ojos fijos en mis muslos. "Están ricas, pero quiero ver más opciones", dije, mordiéndome el labio. Él asintió, entusiasmado, y trajo las de charol negro, altas hasta el muslo. Esta vez, sus dedos se demoraron en el borde de mis leggings, rozando la piel desnuda de mis ingles. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes. El cuero brillaba bajo las luces, reflejando su rostro mientras lo subía centímetro a centímetro. "Mira cómo te abrazan las piernas, Ana. Estás para comerte viva".

¡Puta madre, este wey me está prendiendo! Su aliento caliente en mi rodilla, el roce de sus nudillos... ya siento la humedad entre mis piernas.

La tensión crecía con cada par. Probamos botines de tacón rojo, con hebillas que él ajustó con deliberada lentitud, sus pulgares presionando mis tobillos. El sonido de las hebillas tintineando era como música erótica. Luego, unas over-the-knee de gamuza gris, suaves como terciopelo contra mi piel. Cada vez que me ponía de pie, Diego me observaba con hambre, su respiración volviéndose más pesada. Yo me movía sensual, girando para que viera cómo el cuero moldeaba mis curvas, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa.

"No sé cuál escoger, Diego. Todas me hacen sentir... poderosa", confesé, mi voz ronca. Él se acercó más, su rodilla entre mis piernas abiertas por las botas. "Prueba estas últimas, las de plataforma con cordones. Son las más salvajes". Se arrodilló de nuevo, pero ahora sus manos temblaban ligeramente. Mientras ataba los cordones, su mejilla rozó mi muslo interior. Olía a deseo, a testosterona pura. "Ana, no soy pendejo, sé que esto no es solo botas. ¿Quieres que pare?"

"Ni madres, sigue. Quiero probar todas las opciones", susurré, mi mano enredándose en su cabello negro. Él levantó la vista, ojos oscuros de lujuria. "Entonces, déjame mostrarte cómo se sienten de verdad". Sus labios besaron la piel expuesta sobre la bota, un beso húmedo y caliente que me hizo jadear. El sabor salado de su boca se mezcló con el cuero cuando lamí mis labios imaginándolo.

La tienda estaba vacía, solo el zumbido del AC y nuestros jadeos. Diego me levantó del sillón, presionándome contra la pared de espejos. Vi nuestro reflejo: yo con botas de plataforma, piernas envueltas en negro brillante, él devorándome el cuello. Sus manos bajaron mis leggings, exponiendo mi tanga empapada. "Estás chorreando, nena", gruñó, sus dedos deslizándose por mi raja húmeda. Gemí, el sonido rebotando en las paredes. El roce de las botas contra sus jeans era áspero, excitante.

Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. "Ahora yo pruebo opciones tuyas", dije juguetona. Desabroché su cinturón, liberando su verga dura, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, las venas latiendo bajo mi palma. Él gimió, profundo, animal. Me froté contra él, las botas presionando sus muslos, el cuero crujiendo. "Qué chingona te ves con esas botas", jadeó.

Deslicé mi tanga a un lado y lo monté despacio, centímetro a centímetro. Su grosor me llenó, estirándome deliciosamente. El olor a sexo invadió el aire, almizclado y dulce. Empecé a moverme, arriba y abajo, el tacón de las botas clavándose en el sillón con cada embestida. Sus manos agarraron mis caderas, guiándome, nuestros cuerpos chocando con plaf-plaf húmedos. Sudor perlaba su frente, goteando en mi escote.

¡Ay, cabrón! Su verga golpeando justo ahí, profundo. Las botas me dan poder, me siento diosa follándolo.

Probamos posiciones como las botas: él de pie, yo contra el espejo, botas enredadas en su cintura mientras me penetraba fuerte, el vidrio frío contra mi espalda contrastando con su calor. Luego, en el piso, yo encima, botas a los lados de su cabeza mientras lo chupaba. Su lengua en mi clítoris, lamiendo mi jugo, me llevó al borde. "¡No pares, pendejito rico!", grité, corriéndome en su boca, temblores sacudiendo mi cuerpo.

Él me volteó, entrando por atrás, sus bolas golpeando mi culo. El cuero de las botas rozaba sus rodillas, intensificando todo. "Me vengo, Ana", rugió, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro. Colapsamos, jadeantes, envueltos en el olor a semen, sudor y cuero.

Minutos después, recostados en el sillón, él acariciando mi bota. "Te las regalo. All boot options are tried, y estas son las ganadoras". Reí, besándolo suave. Salí de la tienda con las botas puestas, piernas temblando de placer, sabiendo que había conquistado más que calzado. El sol de la tarde me calentaba la piel, pero el fuego dentro ardía más fuerte. Una compra inolvidable, carnal.

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