Relatos Eroticos
Inicio Trío Por Favor Inténtalo de Nuevo Mi Amor Por Favor Inténtalo de Nuevo Mi Amor

Por Favor Inténtalo de Nuevo Mi Amor

7218 palabras

Por Favor Inténtalo de Nuevo Mi Amor

El sol del atardecer en Polanco teñía el cielo de naranjas y rosas, mientras tú y Carla caminaban por las calles empedradas del barrio, con el aroma de tacos al pastor flotando desde un puesto cercano. Ella reía con esa carcajada ronca que te ponía la piel de gallina, su vestido ligero de algodón mexicano ondeando con la brisa cálida. Habían pasado dos semanas desde esa primera noche torpe, cuando los nervios los habían dejado como dos adolescentes pendejos, besándose a medias y terminando con un abrazo frustrado. Neta, qué chido sería intentarlo de nuevo, pensabas, mientras su mano rozaba la tuya, enviando chispas eléctricas por tu brazo.

Carla era de esas morras que te vuelven loco sin esfuerzo: curvas suaves bajo la tela, ojos cafés profundos como el mole poblano, y un tatuaje discreto de un cactus en la cadera que habías entrevisto accidentalmente la vez pasada. "Órale, wey, ¿entonces qué? ¿Vamos a mi depa o qué?", te soltó con picardía, mordiéndose el labio inferior. Su voz tenía ese acento chilango puro, juguetón y directo, que te hacía sentir deseado de inmediato. Asentiste, el corazón latiéndote como tambor en una fiesta de quinceañera.

El elevador del edificio moderno subía lento, y el espacio cerrado olía a su perfume de jazmín mezclado con el sudor ligero de la caminata. Sus pechos subían y bajaban cerca de tu pecho, y sentiste el calor de su cuerpo irradiando hacia ti. Cuando las puertas se abrieron, ella te jaló adentro de su departamento: paredes blancas con arte callejero de Diego Rivera en reproducción, una cama king size visible desde la sala, y velas ya encendidas que parpadeaban sombras sensuales. "Siéntate, carnal. Te sirvo un mezcalito pa' que te relajes", dijo, moviendo las caderas al caminar hacia la barra.

El líquido ahumado bajó ardiente por tu garganta, despertando todos tus sentidos. Carla se sentó a horcajadas sobre tus piernas en el sofá de piel suave, sus muslos firmes apretando los tuyos.

¿Y si esta vez sí sale chingón? No seas pendejo, atrévete
, pensaste, mientras sus labios rozaban tu oreja, su aliento caliente oliendo a menta y deseo. La besaste primero, suave, probando el sabor salado de su piel en el cuello. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en tu pecho como un bajo de cumbia sonidera.

Pero entonces, al deslizar tu mano bajo su vestido, tropezaste con el cierre, torpe como la primera vez. Ella se rió, no con burla, sino con ternura empoderadora. "Por favor, inténtalo de nuevo mi amor", susurró, guiando tu mano con la suya, sus dedos entrelazados. Esas palabras fueron como un hechizo, liberando la tensión acumulada. Sentiste la seda de sus bragas húmedas ya, el calor palpitante entre sus piernas invitándote. "Así, wey, despacito pero con ganas", murmuró, arqueando la espalda para que pudieras saborear el valle entre sus senos, perfumados con loción de vainilla.

La llevaste a la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso compartido. La desvestiste lento, revelando su piel morena dorada por el sol de Acapulco, donde había veraneado de morra. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire fresco de la habitación, y los lamiste con la lengua plana, saboreando el salado dulce de su sudor. Ella jadeaba, "¡Qué rico, cabrón, no pares!", clavando las uñas en tu espalda, dejando surcos rojos que ardían placenteramente. Tus manos exploraban sus nalgas redondas, apretándolas mientras ella frotaba su monte contra tu erección dura como piedra bajo el pantalón.

El deseo escalaba como la temperatura en un tianguis de verano. Te quitó la camisa con urgencia, lamiendo tu pecho, mordisqueando tus pezones hasta que gemiste ronco. Esto es lo que necesitaba, neta, esta conexión cabrona, pensabas, mientras bajabas tus labios por su vientre suave, deteniéndote en el ombligo para meter la lengua, haciendo que se retorciera de risa y placer. El olor almizclado de su excitación te golpeó cuando separaste sus muslos: intenso, femenino, adictivo como el chile en nogada. La probaste primero con besos suaves en los labios mayores, hinchados y resbalosos, luego con la lengua hundida en su clítoris, chupando suave al ritmo de sus caderas que se mecían contra tu boca.

"¡Ay, wey, me vas a matar de gusto!", gritó ella, sus jugos cubriendo tu barbilla, calientes y viscosos. La tensión crecía en ti, tu verga palpitando dolorida contra la tela. Ella te volteó con fuerza juguetona, montándote como amazona en rodeo. "Ahora yo mando, ¿eh?", dijo con ojos brillantes de poder compartido. Desabrochó tu cinturón, liberando tu miembro erecto que saltó ansioso. Lo miró con hambre, acariciándolo de la base a la punta, el prepucio deslizándose suave bajo sus dedos callosos de tanto bailar salsa en antros de la Condesa.

Se posicionó sobre ti, rozando la cabeza contra su entrada húmeda, lubricándola con sus fluidos. "Por favor, inténtalo de nuevo... entra despacio", jadeó, bajando centímetro a centímetro, envolviéndote en su calor apretado, aterciopelado. Sentiste cada vena tuya pulsando dentro de ella, las paredes vaginales contrayéndose como si te ordeñaran. Empezó a cabalgar lento, sus senos rebotando hipnóticos, el slap-slap de piel contra piel resonando en la habitación junto a sus gemidos agudos y tus gruñidos bajos.

La intensidad subía como oleada en la playa de Cancún. Cambiaron posiciones: tú encima ahora, embistiéndola profundo, sintiendo su útero rozar tu glande con cada thrust. Sudor perlando vuestros cuerpos, mezclándose salado en besos frenéticos. Ella envolvía tus caderas con sus piernas fuertes, clavándote más adentro.

Esto es puro fuego, carnal, no hay vuelta atrás
, pensabas, mientras el orgasmo se acumulaba en tus huevos tensos, el placer picando como limón en herida.

Carla gritó primero, su cuerpo convulsionando, uñas hundiéndose en tus hombros. "¡Me vengo, pendejo, no pares!", su coño apretándote como vicio, chorros calientes empapando tus bolas. Eso te llevó al borde: embestidas salvajes, el mundo reduciéndose al slap de carne, su olor a sexo puro invadiendo tus fosas nasales, el sabor de su saliva en tu lengua. Explotaste dentro de ella con un rugido primal, chorros espesos llenándola, pulsando hasta vaciarte por completo.

Colapsaron juntos, jadeantes, el aire pesado con el aroma almizclado del clímax. Ella te acurrucó contra su pecho húmedo, besando tu frente. "Neta, wey, valió la pena intentarlo de nuevo", murmuró, riendo suave. Sentiste su corazón latiendo desbocado contra el tuyo, la piel pegajosa uniéndolos. Afuera, la ciudad zumbaba con cláxones lejanos y risas nocturnas, pero en esa cama, solo existía esa paz post-orgásmica, el glow de cuerpos satisfechos.

Mientras el sueño los rozaba, pensaste en lo chingón que era esto: no solo el sexo cañón, sino la confianza mutua, el empoderamiento de decir "inténtalo de nuevo" sin miedos pendejos. Carla suspiró contenta, su mano trazando círculos en tu espalda. El mezcal olvidado en la mesa, las velas goteando cera, todo perfecto en ese rincón de México donde el deseo se había rendido al fin.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.