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Bedoyecta Tri con Lidocaina El Toque que Despertó mi Fuego

6941 palabras

Bedoyecta Tri con Lidocaina El Toque que Despertó mi Fuego

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de encaje en nuestro depa en Polanco, pintando rayas doradas sobre la cama king size. Yo, Ana, acababa de llegar del jale en la oficina, con el cuerpo hecho pedazos de tanto estrés y esas juntas eternas. Javier, mi carnal del alma, mi amor de cuatro años, me esperaba con esa sonrisa pícara que siempre me hace derretir. Estaba en la cocina abierta, preparando algo fresco, su camisa blanca arremangada mostrando esos antebrazos fuertes que tanto me gustan.

Qué chido sería que me diera un masaje ahorita mismo, pensé, mientras me quitaba los tacones y me dejaba caer en el sofá de piel suave. El aroma a café recién molido flotaba en el aire, mezclado con su colonia favorita, esa que huele a madera y aventura.

¿Qué onda, mi reina? Te ves cañona, pero agotada —dijo él, acercándose con un vaso de agua con limón. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas cruzadas.

Le conté del día de mierda, de cómo me sentía sin pilas. Javier se rió bajito, ese sonido ronco que me eriza la piel.

Órale, neta que te hace falta un boost. Tengo justo lo que necesitas: bedoyecta tri con lidocaina. Te la pongo y en media hora vas a estar como nueva, lista pa’ la acción.

Mi corazón dio un brinco. Sabía que él, con su cuate farmacéutico, siempre tenía esas inyecciones a la mano pa’ los fines de semana locos. No era la primera vez, pero algo en su tono juguetón me puso en alerta.

¿Y si esta vez lo hace de una forma... diferente?
La idea me calentó por dentro, un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Me llevó a la recámara, donde el aire acondicionado zumbaba suave, manteniendo todo fresco. Me ayudó a quitarme la blusa, sus dedos rozando mi espalda, enviando chispas. Quedé en bra y falda, recostada boca abajo sobre las sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

Relájate, güeyita. Voy a hacer que esta picadita sea inolvidable —susurró, mientras preparaba la jeringa en la mesita de noche. El vidrio brillaba bajo la luz tenue, el líquido claro con ese toque ambarino de la bedoyecta tri con lidocaina. El olor a alcohol desinfectante se mezcló con su calor corporal, que ya me envolvía.

Sus manos grandes, callosas de tanto gym, masajearon mis hombros primero, bajando lento por la espina dorsal. Gemí bajito cuando llegó a mis nalgas, amasándolas sobre la falda. Puta madre, este wey sabe cómo ponerme.

Levanta un poquito la falda, mi amor. Obedecí, el aire fresco besando mi piel expuesta. Sentí el algodón frío de una gasa, luego sus labios en mi nalga derecha, un beso húmedo que me hizo arquear la espalda.

El pinchazo fue rápido, como un beso ardiente. La lidocaina adormeció al instante, un hormigueo fresco que se expandió, pero debajo latía calor. Javier frotó el sitio con círculos lentos, su aliento caliente en mi oreja.

Ya está, preciosa. Ahora espera el rush.

Nos quedamos así un rato, él recostado a mi lado, su mano trazando patrones en mi muslo. Hablamos pendejadas, riéndonos de chistes internos, pero el aire se cargaba de electricidad. Mi piel se sentía viva, sensible, cada roce como fuego líquido.

Acto dos: el calor empezó a subir, como si la bedoyecta tri con lidocaina hubiera encendido un motor dentro de mí. Mi pulso se aceleró, el corazón latiendo fuerte contra las sábanas. Javier lo notó, su mirada oscureciéndose.

¿Ya sientes el power, Ana? —preguntó, su voz grave, mientras deslizaba la mano bajo mi bra, pellizcando suave un pezón.

Sí, cabrón... me estás volviendo loca —jadeé, volteándome para besarlo. Nuestros labios chocaron, hambrientos, su lengua saboreando a limón y deseo. El beso fue profundo, mojado, con ese sonido chupa-chupa que me enloquece.

Me quitó la falda con urgencia, pero sin prisa, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus dedos encontraron mi tanga empapada, rozando el clítoris hinchado.

¡Qué rico! Esta energía es brutal, como si todo mi cuerpo gritara por él
. Gemí en su boca, arqueándome contra su palma.

Javier se desnudó rápido, su verga dura saltando libre, venosa y palpitante, oliendo a hombre puro. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. Él gruñó, bajando a lamer mi cuello, mordisqueando suave.

Te quiero ya, mi reina. Pero vamos despacio, pa’ que sientas todo.

Me abrió las piernas, su cabeza entre ellas. El primer lametón fue eléctrico, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando mis jugos salados. Olía a sexo, a mí, a nosotros. Chupó fuerte, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G. Mis caderas buckearon solas, el placer building como una ola.

No aguanto más, pendejo, métemela ya, pensé, tirando de su pelo.

Se posicionó, la punta rozando mi entrada húmeda. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome. Gritamos juntos cuando bottomed out, sus bolas contra mi culo.

Empezamos un ritmo lento, sensual, sus embestidas profundas haciendo slap-slap contra mi piel sudorosa. El cuarto olía a sudor, a sexo crudo, a bedoyecta tri con lidocaina aún flotando sutil. Sudábamos, cuerpos pegajosos deslizándose, pechos aplastados contra su torso velludo.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros. Reboté fuerte, su verga golpeando profundo, mi clítoris frotándose contra su pubis. ¡Ay, wey, qué chingón! grité, el orgasmo building, mis paredes apretándolo.

Él me volteó a cuatro patas, embistiendo salvaje ahora, su mano en mi clítoris, la otra jalando mi pelo suave. El placer era abrumador, sensorial overload: vista de su abdomen contra mi espalda, sonido de carne chocando, tacto de sus dedos mágicos, olor a musgo y almizcle, gusto salado cuando lamí su dedo.

Acto tres: exploté primero, un orgasmo brutal que me hizo ver estrellas, chorros mojando las sábanas. Javier gruñó como animal, hinchándose dentro, llenándome de calor espeso, pulso tras pulso.

Colapsamos, jadeantes, enredados. Su peso cómodo sobre mí, besos suaves en la sien. El rush de la inyección bajaba lento, dejando un glow satisfecho.

¿Ves? La bedoyecta tri con lidocaina siempre funciona —rió él, acariciando mi nalga inyectada, ahora un moretón sexy.

Este wey es mi todo. Mañana pedimos otra
, pensé, sonriendo en la penumbra. Afuera, la ciudad zumbaba, pero aquí, en nuestro nido, solo existía el afterglow, el latido compartido, la promesa de más noches así.

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