Dibujos de Tra Tre Tri Tro Tru
Ana se recargó en la silla de su taller en la Condesa, con el olor a trementina y óleo fresco impregnando el aire. La luz del atardecer se colaba por las ventanas altas, bañando sus lienzos a medio terminar. Llevaba semanas obsesionada con una serie nueva, dibujos de tra tre tri tro tru, una secuencia de bocetos eróticos que capturaban el ritmo de un encuentro pasional: tra el trazo inicial de la mirada, tre el temblor de la piel, tri el roce triplemente cargado, tro el trote acelerado de los cuerpos, tru el trueno del clímax. Neta, cada trazo la ponía más caliente, como si estuviera dibujando su propia hambre acumulada.
Ya valió, hace meses que no me echo un clavado chido, pensó mientras afilaba un lápiz. Su concha palpitaba con solo imaginarlo. Decidió que necesitaba un modelo de carne y hueso, no más figuras de revista. Sacó el teléfono y mandó un anuncio a un grupo de artistas en WhatsApp: "Busco modelo masculino, poses sensuales, bien pagado, nada de pendejadas". Minutos después, un tal Diego contestó. Fotos de un vato guapísimo, moreno, con tatuajes que asomaban por la camisa y una sonrisa que prometía mamadas.
El timbre sonó a las siete en punto. Ana abrió la puerta con una bata suelta sobre jeans ajustados y una blusa escotada. Diego entró, oliendo a colonia fresca y algo salvaje, como mar y sudor limpio. Chingón, midió un metro ochenta, músculos definidos de gym, ojos cafés que la escanearon de arriba abajo.
—Qué onda, Ana. Listo para lo que sea, dijo con voz grave, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera, y el contacto envió una corriente eléctrica directo a su entrepierna.
—Pásale, wey. Mira, es una serie íntima, dibujos de tra tre tri tro tru. Vas a posar en calzones, nada más. ¿Rola?
Él asintió, quitándose la camisa sin drama. Su pecho moreno brillaba bajo la luz, pezones oscuros erectos por el fresco del taller. Ana tragó saliva, sintiendo el pulso en las sienes. Lo sentó en el sofá de terciopelo rojo, rodeado de lienzos.
Empezó el primer dibujo: tra. Le pidió que se recargara, mirada fija en ella. El lápiz rasgaba el papel con tra-tra-tra, capturando la tensión en sus hombros. El aire se espesaba con su aroma masculino, mezclado al óleo. Ana sentía su propia piel erizarse, los pezones rozando la blusa.
Pinche Diego, con esa mirada me está comiendo viva. Neta quiero lamerle el cuello, sentirlo duro contra mí
—Más intenso, carnal. Imagina que me ves desnuda —dijo ella, voz ronca, ajustando su pose con las manos en sus bíceps. La piel de él ardía, músculos tensos bajo sus dedos. Diego sonrió picoso.
—Fácil, jefa. Tú nomás dilas y lo hago realidad.
El segundo, tre: temblor. Le pidió que se tocara el pecho, simulando un escalofrío de deseo. El taller resonaba con su respiración pesada, el crujir del sofá. Ana se acercó más, el calor de su cuerpo envolviéndola. Olía a deseo crudo, testosterona pura. Su mano rozó accidentalmente su muslo, y él gimió bajito, un sonido que vibró en su clítoris.
La tensión subía como fiebre. Dibujo tras dibujo, las poses se volvían más explícitas. Tri: roce triple, le pidió que se arrodillara, manos en las rodillas abiertas, calzones abultados. Ana dejó el lápiz, se paró frente a él, cadera a cadera.
—¿Y si lo hacemos de a de veras? ¿Traes condón? —susurró ella, mordiéndose el labio.
Diego se levantó como resorte, jalándola por la cintura. Sus bocas chocaron en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a menta y urgencia. Manos por todos lados: él amasando sus nalgas, ella arañando su espalda. La bata cayó, blusa arrancada. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras.
—Eres una chingona, Ana. Me tienes bien puesto —gruñó él, chupando un pezón mientras bajaba la cremallera de sus jeans. Ella jadeó, el sonido húmedo de su boca enviando ondas al centro de su ser.
Lo empujó al sofá, quitándole los calzones. Su verga saltó erecta, venosa, cabeza brillante de precum. Qué madre, qué prieta. La tomó en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra su palma. Él metió dedos en su panocha empapada, resbalosos de jugos, frotando el clítoris en círculos perfectos.
Tro: el trote. Se montó en él, guiando la verga a su entrada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola viva. ¡Ay, wey! Lleno total, golpeando profundo. Empezaron a moverse, ritmos sincronizados: tra-tre-tri-tro-tru, sus caderas chocando con palmadas húmedas, sudor perlando sus pieles.
El taller olía a sexo puro: almizcle, jugos, piel caliente. Sonidos everywhere: gemidos ahogados, piel contra piel, el chap-chap de la penetración. Ana cabalgaba fuerte, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él la sujetaba por las caderas, embistiendo arriba, gruñendo pinche rica, agárrate.
Internamente, Ana volaba:
Esto es el trueno que necesitaba. Su verga me parte en dos, pero qué chido duele. Neta, nunca tan profundo, tan mío. La tensión crecía, espiral infinita. Él la volteó, perrito style contra el caballete. Entró de nuevo, bolas golpeando su clítoris, mano en su cabello jalando suave.
—Vente conmigo, mami. Dámelo todo —jadeó él.
El clímax la azotó como tru: trueno. Su concha se contrajo en espasmos, chorros calientes empapando sus muslos, grito ronco escapando su garganta. Diego la siguió, verga hinchándose, semen caliente llenando el condón en pulsos. Colapsaron, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, recostados en el sofá desordenado, piel pegajosa de sudor, Ana trazó sus tatuajes con el dedo. El taller bullía de paz post-orgásmica, luz de luna filtrándose ahora.
—¿Vienes mañana? Falta el último dibujo, el tru —dijo ella, besando su hombro.
—Óndale, pero con más de esto, rio él, mano en su nalga.
Ana sonrió, sabiendo que su serie estaría completa, no solo en papel, sino en carne viva. Los dibujos de tra tre tri tro tru cobraban vida, y ella, por fin, saciada.