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Above And Beyond Tri State Pasión (1)

7131 palabras

Above And Beyond Tri State Pasión

Yo, Ana, acababa de llegar a mi nuevo departamento en el corazón de Nueva York, en pleno Tri State, huyendo de un pinche ex que no valía la pena. El lugar era chido, con vistas al Hudson que te quitaban el hipo, pero las cajas de mudanza estaban por todos lados, como un desmadre total. Llamé a la compañía de mudanzas que me recomendaron: Above and Beyond Tri State. Dijeron que iban a ir above and beyond para dejar todo en orden. No sé por qué, pero esas palabras me pusieron la piel chinita, como si prometieran más que solo cargar cajones.

El timbre sonó puntual, y ahí estaba Javier, el jefe de la cuadrilla. Alto, moreno, con brazos que parecían tallados en piedra y una sonrisa pícara que gritaba mexicano de pura cepa. Órale, güerita, ¿dónde cargo esto? me dijo con ese acento norteño que me derrite, mientras sus ojos recorrían mi cuerpo sin disimulo. Llevaba una playera ajustada que se pegaba a su pecho sudado por el calor de julio, y olía a hombre de trabajo: sudor fresco mezclado con colonia barata y un toque de diesel de la troca.

La mudanza empezó con el ruido de cajas chocando, pasos pesados en el piso de madera y risas de los carnales. Yo les pasaba agua fría, sintiendo cómo el aire se cargaba de tensión cada vez que Javier se agachaba para levantar algo pesado. Sus músculos se tensaban, el sudor le corría por el cuello, y yo no podía evitar imaginar mis manos ahí, explorando esa piel morena y caliente. ¿Qué chingados me pasa? pensé, mordiéndome el labio mientras lo veía cargar mi cama king size como si nada.

Este pendejo va a ser mi perdición, pero qué rico se ve sudando para mí.

Al rato, los demás se fueron, pero Javier se quedó. Señora, en Above and Beyond Tri State no dejamos las cosas a medias. ¿Me permite armar el clóset? Va a quedar above and beyond lo que espera. Su voz ronca me erizó los vellos de la nuca. Asentí, el corazón latiéndome como tambor de cumbia. Le ofrecí una chela fría del refri, y nos sentamos en el sofá a platicar. Era de Monterrey, como yo, pero radicado en Jersey. Divorciado, con un hijo grande ya. Yo le conté de mi ex, el cabrón que me dejó por una flaca insípida.

Pos tú mereces más, mamasota, me dijo, acercándose tanto que sentí su aliento cálido en mi oreja, oliendo a cerveza y deseo puro. Nuestras rodillas se rozaron, y una chispa eléctrica me subió por las piernas. El departamento estaba en penumbras, solo la luz del atardecer pintando todo de naranja, y el sonido lejano de la ciudad como un pulso constante. Mi piel ardía, los pezones duros contra la blusa ligera, y entre las piernas un calor húmedo que me traicionaba.

La plática se volvió coqueta. ¿Sabes qué, Javier? Tú sí vas above and beyond, carnal, le solté juguetona, poniendo mi mano en su muslo firme. Él no se hizo del rogar: giró hacia mí, su mano grande cubriendo la mía, y me jaló para un beso que fue puro fuego. Sus labios gruesos sabían a sal y chela, la lengua invadiendo mi boca con hambre de meses sin mujer. Gemí bajito, sintiendo su barba raspándome la piel suave del cuello mientras bajaba besos húmedos por mi clavícula.

Lo empujé suave hacia el sofá, montándome a horcajadas sobre él. Sus manos expertas me quitaron la blusa de un jalón, exponiendo mis tetas llenas al aire fresco. ¡Qué chingonas, nena! gruñó, chupando un pezón con succión que me hizo arquear la espalda. El placer era un rayo directo a mi clítoris, que palpitaba pidiendo más. Olía a su sudor mezclado con mi aroma de excitación, ese olor almizclado que inunda el aire cuando estás a punto de explotar.

Me restregaba contra su verga dura, que sentía como hierro bajo los jeans. Qué prieta la tiene el güey, pensé, mientras le desabrochaba el cinturón con dedos temblorosos. La saqué libre: gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, el velvet estirado sobre acero. Él jadeaba, Sigue, mi reina, no pares, mientras metía la mano en mi short, hallando mi panocha empapada.

Sus dedos gruesos me abrieron como pétalos, frotando el clítoris en círculos perfectos. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, mis gemidos roncos mezclados con su respiración agitada. Estás chorreando, puta rica, me susurró al oído, metiendo dos dedos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Me vine ahí mismo, temblando sobre él, el orgasmo rompiéndome en olas que me dejaban sin aire, el jugo chorreándome por las piernas.

Pero no paramos. Lo desvestí completo, admirando su cuerpo esculpido por años de chamba dura: abdomen marcado, vello negro bajando hasta esa verga imponente. Lo tumbé y me la comí entera, saboreando el gusto salado y musgoso, la garganta acomodándose a su tamaño mientras él me agarraba el pelo y gemía ¡Así, chúpamela toda, pinche diosa!. El sonido de succión, sus bolas pesadas contra mi barbilla, el olor intenso de macho en celo... todo me volvía loca.

Me levantó como pluma, llevándome a la cama recién armada. Me puso en cuatro, admirando mi culo redondo. Te voy a romper rico, prometió, y sentí la cabeza empujando mi entrada resbalosa. Entró de un solo embestida, llenándome hasta el fondo. El estirón era delicioso, dolor-placer que me hacía gritar. Empezó a bombear, lento al principio, cada choque de sus caderas contra mi culo enviando ondas de éxtasis. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeándome el clítoris, el sudor goteando de su pecho a mi espalda...

Aceleró, agarrándome las caderas con fuerza, clavándome las uñas. Soy tuya, Javier, chingame más duro, le rogaba en mi mente, mientras mi cuerpo se tensaba de nuevo. Él gruñía palabras sucias: Tu panocha es un horno, me aprietas como virgen. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. Sentía cada vena de su verga rozándome las paredes internas, el clítoris frotándose contra su pubis peludo.

El clímax nos golpeó juntos. Él se hinchó dentro, gritando ¡Me vengo, nena!, y yo exploté en un orgasmo que me cegó, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota. Su leche caliente me inundó, chorreando fuera mientras colapsábamos, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos.

Nos quedamos así, enredados, el corazón latiéndole contra mi pecho como un tamborazo. El cuarto olía a sexo puro, a nosotros. Esto fue above and beyond lo que esperaba de una mudanza, le dije riendo bajito. Él me besó la frente, Y apenas empezamos, mi amor. Mañana vuelvo por más.

En ese momento, supe que el Tri State acababa de volverse mi paraíso personal. Javier no era solo un movero; era el hombre que me hacía sentir viva, deseada, completa. Y mientras el sol se ponía sobre el río, prometiendo noches infinitas, me dormí en sus brazos, sabiendo que habíamos ido mucho más allá de lo imaginable.

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