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Trio XXX Jóvenes Insaciables

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Trio XXX Jóvenes Insaciables

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando con dedos invisibles. Yo, Ana, acababa de cumplir veinticuatro y andaba con mi carnal Luis, mi mejor amigo desde la prepa, en una de esas fiestas rooftop que tanto gustan en la CDMX. Las luces neón parpadeaban sobre la multitud, el reggaetón retumbaba en los pechos y el olor a tequila reposado se mezclaba con el perfume dulce de las chavas que bailaban pegaditas. Neta, qué chido estar aquí, pensé mientras tomaba un sorbo de mi paloma, el limón fresco explotando en mi lengua.

Luis, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que siempre parecen prometer travesuras, me jaló del brazo. "Mira esa morra, Ana. ¿No es la chava más rica de la noche?" Señaló a Carla, una joven de veintitrés que acababa de llegar, con el cabello negro suelto cayéndole como cascada sobre los hombros bronceados. Vestía un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva, y sus labios carnosos se curvaban en una risa que hacía eco en mi vientre. Ella nos vio y se acercó, moviendo las caderas al ritmo de la música.

¿Qué pedo con este cosquilleo? me dije mientras charlábamos. Carla era de Guadalajara, pero ya llevaba un año en la ciudad estudiando diseño. Hablamos de todo: de los antros culeros, de lo caro que está el pinche mole en los restaurantes fancy, y de pronto, Luis soltó: "Oigan, ¿han visto esos videos de trio xxx jovenes? Neta, qué morbo." Nos reímos, pero el aire se cargó de electricidad. Carla me miró fijo, sus ojos verdes brillando. "¿Y si lo hacemos real? Tres jóvenes como nosotros, sin compromisos."

El corazón me latió fuerte, un pulso caliente subiendo por mi cuello. No era la primera vez que fantaseaba con algo así, pero con ellos... Se siente tan natural, tan caliente. Bajamos del rooftop en un Uber, riendo nerviosos, las manos rozándose accidentalmente en el asiento trasero. El olor a su perfume, mezcla de vainilla y algo más salvaje, me mareaba. Llegamos a mi depa en la Roma, un lugarcito chiquito pero con vista al Parque México, las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas.

En el sillón, con una botella de mezcal abierta, la tensión creció como una tormenta. Luis se sentó entre nosotras, su pierna musculosa presionando la mía. Carla se inclinó, su aliento cálido en mi oreja: "Ana, ¿te late?" Asentí, y sus labios rozaron los míos, suaves como pétalos húmedos, saboreando a mezcal y deseo. El beso fue lento al principio, explorando, lenguas danzando con un ritmo que hacía que mi clítoris palpitara.

Esto es un sueño, pero se siente tan jodidamente real. Su boca sabe a aventura prohibida.

Luis nos observaba, su verga ya endureciéndose bajo los jeans, el bulto evidente. "Chingón, cabrones." Se unió, besándome el cuello mientras Carla me quitaba la blusa, sus uñas arañando suavemente mi piel, enviando chispas por mi espina. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que llena el aire cuando el cuerpo grita por más. Mis tetas se liberaron, pezones duros como piedras, y Luis los lamió con avidez, su lengua áspera girando, succionando hasta que gemí bajito, el sonido ahogado por la boca de Carla.

La ropa voló: sus pantalones, mi falda, el vestido rojo de ella cayendo como una bandera de rendición. Desnudos, éramos tres cuerpos jóvenes, sudorosos, perfectos en nuestra imperfección. Luis tenía esa verga gruesa, venosa, que siempre me había intrigado en secreto; Carla, su chucha depilada reluciendo de jugos, labios hinchados invitando. Nos movimos al cuarto, la cama king size crujiendo bajo nuestro peso. El aire olía a sexo inminente, a piel caliente y lubricante que saqué del cajón.

Empecé yo, arrodillándome para chupar a Luis mientras Carla me lamía desde atrás. Su lengua en mi raja, deslizándose entre los labios, saboreando mi humedad salada, era puro fuego. ¡Ay, wey, qué rico! Cada lamida es un rayo directo al cerebro. Luis gemía, sus manos enredadas en mi pelo, empujando suave: "Así, Ana, trágatela toda, pendeja cachonda." El sabor de su prepucio, salado y masculino, me volvía loca. Carla metió un dedo, luego dos, curvándolos contra mi punto G, y el mundo se volvió un remolino de placer.

Cambiamos posiciones, la tensión escalando como el volumen de un corrido en vivo. Carla se montó en la cara de Luis, su culo redondo moviéndose mientras él la comía con hambre, lengüetazos sonoros que llenaban la habitación. Yo cabalgaba su verga, sintiéndola estirarme, llenarme hasta el fondo, cada embestida un choque de caderas húmedas, piel contra piel chapoteando. "¡Más fuerte, cabrón!" grité, mis uñas clavándose en su pecho velludo. El sudor nos unía, resbaloso, el olor a almizcle y feromonas tan denso que podía masticarlo.

Pero no era solo físico; en mi mente, un torbellino. ¿Esto cambia todo? Luis es mi carnal, Carla una desconocida... pero se siente empoderador, como reclamar mi cuerpo sin culpas. Somos jóvenes, libres, jodiendo como se nos antoja. Ella se corrió primero, temblando sobre la boca de Luis, su grito ronco: "¡Me vengo, chingada madre!" Jugos chorreando por su barbilla. Yo aceleré, mi clítoris frotándose contra su pubis, oleadas construyéndose en mi vientre bajo.

Luis nos volteó, poniéndonos a nosotras de rodillas, lado a lado. Nos cogía alternando, su verga saliendo de mi chucha reluciente para entrar en la de Carla, un trio xxx jovenes en carne viva. El slap-slap de sus bolas contra nosotras era hipnótico, sincronizado con nuestros gemidos. Toqué el clítoris de Carla mientras él la taladraba, ella el mío, dedos resbalosos uniéndonos en un circuito de placer. Sus ojos en los míos, puro fuego compartido.

El clímax llegó como avalancha. Luis gruñó: "Me voy a venir, putas ricas." Eyaculó dentro de Carla primero, chorros calientes desbordando, luego sacó y me llenó a mí, semen tibio goteando por mis muslos. Yo exploté segundos después, mi coño contrayéndose en espasmos violentos, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Carla se unió, frotándose contra mi mano hasta colapsar temblando.

Caímos en un enredo de extremidades, pechos subiendo y bajando, piel pegajosa enfriándose al roce del ventilador. El cuarto olía a sexo consumado, a sudor dulce y satisfacción. Luis nos besó a ambas, suave ahora: "Neta, lo mejor de la noche." Carla rio bajito, su cabeza en mi hombro: "Repetimos, ¿no?"

Esto no fue solo un polvo; fue liberación. Tres jóvenes conectados en lo más crudo, sin máscaras. Mañana volverá la rutina, pero esta noche nos pertenece.

Nos quedamos así hasta el amanecer, la ciudad despertando con el trino de los pájaros y el aroma del café que preparé después. No hubo promesas, solo sonrisas cómplices y un ¿qué pedo? juguetón. En el fondo, sabía que este trio xxx jovenes había marcado algo profundo, un capítulo ardiente en nuestra juventud mexicana, llena de pasiones sin freno.

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