Relatos Eroticos
Inicio Trío Cojiendo Trio con Mi Esposa Cachonda Cojiendo Trio con Mi Esposa Cachonda

Cojiendo Trio con Mi Esposa Cachonda

6657 palabras

Cojiendo Trio con Mi Esposa Cachonda

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos, pero en nuestro departamento en Polanco, el aire acondicionado zumbaba suave y el vino tinto fluía como río en las venas. Mi esposa, Ana, con su piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas, se recargaba en mi hombro mientras veíamos una película que ninguno prestaba atención. Llevábamos diez años casados, y aunque el amor ardía fuerte, la rutina había apagado un poco el fuego. Pero esa noche, algo cambió.

Ana giró la cara, sus ojos negros como obsidiana clavándose en los míos. "Cariño, ¿y si probamos algo nuevo? Algo que siempre hemos platicado en la cama", murmuró con esa voz ronca que me pone la piel chinita. Sabía a qué se refería. En las madrugadas, entre jadeos y sudor, le confesaba mi fantasía: un cojiendo trio con mi esposa, verla entregarse a otro mientras yo la devoraba con los ojos. Ella reía, pero sus caderas se movían más rápido, traicionando su curiosidad.

Yo la besé, saboreando el merlot en sus labios carnosos.

¿Será posible? ¿Y si la invito a Carlos, mi carnal de la chamba? Ese pendejo siempre anda coqueteando con ella en las fiestas
, pensé mientras mi verga se endurecía contra su muslo. Ana sintió el bulto y sonrió pícara. "Llámalo. Quiero que venga esta misma noche". No lo dudé. Marqué el número, y Carlos, con su risa de cabrón alegre, aceptó sin chistar. Media hora después, tocaba el timbre.

El aire se cargó de electricidad cuando entró. Carlos, alto, fornido, con esa barba recortada y olor a colonia cara que invadió la sala. Ana lo saludó con un abrazo más largo de lo normal, sus chichis apretándose contra su pecho. Yo serví tragos, y la plática fluyó: del trabajo, del pinche tráfico, hasta que Ana soltó la bomba. "Carlos, mi viejo quiere verte cogiéndome. ¿Te late un cojiendo trio con esta esposa tuya?" Él la miró, tragó saliva, y su mirada se volvió lobuna. "¿En serio, carnal? ¿No te vas a poner celoso?" Yo negué con la cabeza, el corazón latiéndome como tamborazo en las venas. Esto era real. Mi esposa, lista para ser compartida.

Nos movimos al sillón grande, el cuero crujiendo bajo nuestros pesos. Ana se sentó entre nosotros, su falda corta subiéndose por los muslos suaves. Empecé besándola, mi lengua explorando su boca dulce, mientras Carlos le acariciaba la nuca. Ella gimió bajito, un sonido que me erizó los vellos. Sus manos, temblorosas de excitación, bajaron a mi bragueta y a la de él. "Qué vergas tan duras, cabrones", susurró, sacándolas al aire. La mía, gruesa y venosa; la de Carlos, larga y palpitante. El olor a macho se mezcló con su perfume de jazmín, embriagador.

Ana se arrodilló en la alfombra mullida, el piso fresco contra sus rodillas. Primero me chupó a mí, sus labios calientes envolviéndome, la lengua girando alrededor del glande como remolino. Qué rico, pendeja, trágatela toda, pensé mientras le jalaba el pelo negro largo. Carlos observaba, pajeándose lento, hasta que ella giró y lo engulló a él. Sus mejillas se hundían, saliva brillando en la verga reluciente. Yo le metí mano por debajo de la blusa, pellizcando sus pezones duros como piedras, oliendo su sudor fresco mezclándose con el aroma de su panocha húmeda.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. La llevamos a la recámara, la cama king size esperándonos con sábanas de algodón egipcio. Ana se quitó la ropa despacio, como stripper en antro chido: blusa volando, falda cayendo, revelando tanga negra empapada. Sus nalgas redondas, marcadas, invitaban a palmadas. "Vengan, fóllenme como puta", rogó, echándose de espaldas, piernas abiertas. El cuarto olía a sexo inminente, pulso acelerado retumbando en mis oídos.

Yo me coloqué entre sus piernas, lamiéndole la panocha rasurada, saboreando su jugo salado y dulce, como mango maduro. Carlos se subió a la cama, poniéndole la verga en la boca. Ana mugía, vibraciones subiendo por mi lengua. Esto es el cojiendo trio con mi esposa soñado, rugí en mi mente mientras la penetraba con dos dedos, curvándolos para tocar su punto G. Ella se arqueó, chichis temblando, uñas clavándose en las sábanas.

Cambiamos posiciones. Carlos se tendió, y Ana se montó en su verga, cabalgándolo como amazona salvaje. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con sus "¡Ay, cabrón, qué rica tu verga!". Yo me paré frente a ella, metiéndosela en la boca profunda. Sentía su garganta apretándome, lágrimas de placer en sus ojos. El sudor nos cubría, pieles resbalosas chocando, olor almizclado de follada intensa. Le jalé las nalgas, metiendo un dedo en su ano apretado, preparándola.

El clímax se acercaba. La puse en cuatro, yo atrás embistiéndola duro, bolas golpeando su clítoris hinchado. Carlos debajo, chupándole las chichis. "¡Sí, cojan a su esposa, no paren!", gritaba Ana, voz quebrada. Mi verga entraba y salía de su panocha chorreante, sonidos chapoteantes como lluvia en charco. Sentía sus paredes contrayéndose, ordeñándome. Carlos se movió, y la penetró por el culo mientras yo la follaba vaginal. Doble penetración, su cuerpo temblando entre nosotros, gemidos convirtiéndose en alaridos.

El olor a semen y sudor nos envolvía, pulsos sincronizados en frenesí. Ana explotó primero, un orgasmo que la hizo convulsionar, jugos salpicando mis muslos. "¡Me vengo, pinches cabrones!" Yo no aguanté, descargando chorros calientes dentro de ella, gruñendo como animal. Carlos la llenó por atrás, su verga latiendo visible bajo la piel. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.

Después, en la penumbra, Ana acurrucada entre nosotros, pieles pegajosas enfriándose. Le besé la frente, saboreando sal.

Esto no rompió nada; lo fortaleció. Mi esposa, más mía que nunca después de este cojiendo trio
. Carlos se vistió, guiñándonos el ojo. "Gracias, carnales. Repetimos cuando quieran". Se fue, y nosotros nos hundimos en la cama, exhaustos pero radiantes.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Ana me miró. "Te amo, mi amor. Fue chingón". Yo sonreí, sabiendo que habíamos cruzado un umbral. El deseo renacía, más vivo, prometiendo noches como esta. El eco de gemidos aún vibraba en el aire, un secreto nuestro, ardiente y eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatoseroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.