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Trio Ardiente Dos Hombres y Una Mujer

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Trio Ardiente Dos Hombres y Una Mujer

Ana se recargaba en la barra de la terraza, con el sol del atardecer de Playa del Carmen tiñendo su piel morena de un brillo dorado. El aire salado del mar Caribe le rozaba las piernas desnudas bajo su vestido ligero de algodón, ese que se pegaba un poquito a sus curvas cuando soplaba la brisa. Había venido de vacaciones sola, pero no por mucho tiempo. Javier y Marco, sus carnales de la uni en Guadalajara, habían llegado esa mañana, trayendo consigo cervezas frías y esa energía pícara que siempre la ponía a mil.

¿Por qué no? se dijo Ana, mientras observaba cómo Javier, con su torso tatuado y esa sonrisa de pendejo confiado, charlaba con Marco cerca de la alberca. Marco era más callado, pero sus ojos cafés la devoraban cada vez que volteaba. Los dos eran guapos a su manera: Javier el extrovertido con músculos de gym, Marco el pensativo con manos grandes y callosas de tanto trabajar en el taller de su viejo. Habían sido amigos por años, pero últimamente las miradas se habían calentado, las bromas coquetas, los roces accidentales.

—Órale, Ana, ¿ya te vas a bañar o qué? —gritó Javier, quitándose la playera y dejando ver su pecho velludo, sudado por el calor.

Ella rio, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Quiero esto. Un trio 2 hombres y una mujer, justo como lo he fantaseado mil veces viendo esas pelis prohibidas en el cel.
Caminó hacia ellos, sus sandalias crujiendo en el deck de madera.

—Sí, pero ustedes primero, cabrones. No quiero nadar sola.

Marco se acercó, su aliento fresco a menta mezclándose con el olor a protector solar. —No estás sola, preciosa. Estamos aquí para lo que gustes.

El agua de la alberca era fresca, un contraste delicioso con el bochorno del día. Ana se metió de un salto, salpicándolos, y pronto los tres chapoteaban como chavos, riendo y empujándose. Javier la cargó en brazos, sus manos firmes en su cintura, y ella sintió la dureza de su cuerpo presionando contra el suyo. Marco se unió, rodeándola por detrás, su pecho ancho contra su espalda. El agua los mecía, y el roce de sus pieles mojadas encendió la chispa.

Salieron empapados, toallas olvidadas. En la terraza, bajo las luces tenues que empezaban a encenderse, Ana se sentó en una tumbona, el corazón latiéndole fuerte. Javier se arrodilló frente a ella, besándole el cuello con labios calientes, mientras Marco le masajeaba los hombros, sus dedos hundiéndose en la carne suave.

—Esto se siente chido —murmuró ella, cerrando los ojos. El olor a cloro y sudor masculino la envolvía, embriagador.

La noche avanzaba, y la tensión crecía como una ola. Entraron a la suite amplia del resort, con su cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. Ana se paró en medio, quitándose el vestido despacio, revelando su lencería negra de encaje que compró pensando en algo así. Sus pechos firmes subían y bajaban con cada respiración acelerada, pezones endurecidos rozando la tela.

Javier la miró con hambre. —Mamacita, estás para comerte viva.

Marco, más suave, le rozó la mejilla. —Dinos qué quieres, Ana. Todo consensual, ¿va?

—Los quiero a los dos —susurró ella, voz ronca—. Un trio 2 hombres y una mujer que no olvide nunca.

La besaron al unísono: Javier devorando su boca con lengua juguetona, saboreando a tequila y sal; Marco lamiendo su oreja, mordisqueando el lóbulo hasta que gimió. Sus manos exploraban: Javier bajando por su vientre plano, dedos metiéndose bajo el encaje para acariciar la humedad creciente entre sus piernas. Qué mojada estás, pinche rica, pensó él, pero lo dijo en voz alta, haciendo que Ana se arqueara.

Marco desabrochó el bra, liberando sus tetas redondas. Las besó, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, el sonido húmedo de su boca llenando la habitación. Ana jadeaba, el aire cargado de su aroma almizclado, mezcla de perfume floral y excitación pura. Se dejó caer en la cama, abriendo las piernas, invitándolos.

—Quítense la ropa, güeyes —ordenó, empoderada en su deseo.

Las vergas de ellos saltaron libres: la de Javier gruesa y venosa, curvada hacia arriba; la de Marco larga y recta, palpitante. Ana las miró, lamiéndose los labios, el pulso retumbando en sus oídos como tambores. Se arrodilló entre ellos, manos envolviendo ambas, piel caliente y sedosa bajo sus palmas. El olor masculino, terroso y salado, la mareaba de placer.

Primero Javier: lo tomó en la boca, lengua girando alrededor del glande hinchado, saboreando el líquido preseminal salado. Él gruñó, enredando dedos en su cabello negro largo. —Así, chula, chúpamela rico.

Marco observaba, masturbándose lento, hasta que Ana volteó y lo engulló a él, garganta profunda haciendo que sus bolas se contrajeran. Alternaba, manos y boca trabajando en tándem, el slap-slap de saliva y carne resonando. Sus propios jugos corrían por sus muslos, el clítoris hinchado rogando atención.

La escalada fue feroz. Javier la tumbó boca arriba, separándole las piernas anchas. Su lengua atacó su panocha depilada, lamiendo pliegues hinchados, chupando el botón sensible hasta que Ana gritó, uñas clavándose en las sábanas. —¡Ay, cabrón, no pares!

Marco se posicionó sobre su pecho, verga rozando sus labios. Ella la succionó ansiosa mientras Javier metía dos dedos gruesos dentro, curvándolos contra su punto G, el squelch húmedo mezclándose con sus gemidos ahogados. El orgasmo la golpeó como un rayo, cuerpo convulsionando, jugos salpicando la boca de Javier.

Esto es el paraíso, dos hombres adorándome así
, pensó en el vértigo del clímax.

No pararon. Marco la penetró primero, deslizándose lento en su canal apretado y empapado. —Estás tan chingona, Ana, me aprietas delicioso —gimió, embistiendo profundo, pelvis chocando contra la suya con palmadas rítmicas. Javier observaba, besándola, dedos pellizcando sus pezones.

Cambiaron: Javier entró por detrás, en doggy style, su verga gruesa estirándola al límite, bolas golpeando su clítoris con cada thrust salvaje. Marco debajo, chupando sus tetas, lengua enredada con la suya. Ana se mecía entre ellos, llena en todos lados, el sudor pegando sus cuerpos, olores intensos de sexo impregnando el aire: almizcle, sal, esencia de ellos tres.

—Más fuerte, pendejos, fóllanme como se debe —exigía ella, voz quebrada por el placer. Javier aceleró, mano en su cadera, la otra frotando su clítoris en círculos rápidos. Marco se masturbaba contra su boca, listo para explotar.

El pico llegó en oleadas. Marco eyaculó primero, chorros calientes en su lengua, sabor amargo y salado que tragó con deleite. Ana siguió, paredes contrayéndose alrededor de Javier, ordeñándolo hasta que él rugió, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos. Los tres colapsaron, pechos agitados, pieles brillantes de sudor.

En el afterglow, yacían enredados bajo las sábanas revueltas. El ventilador zumbaba suave, enfriando sus cuerpos febriles. Ana sentía el semen secándose en su piel, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. Javier le besó la frente, Marco acarició su cabello.

—Fue épico, ¿verdad? —dijo Javier, voz perezosa.

—El mejor trio 2 hombres y una mujer de mi vida —rió Ana, empoderada, saciada—. Pero no fue solo físico... sentí conexión con ustedes, carnales.

Marco asintió, ojos tiernos. —Somos más que amigos ahora. Esto nos une chido.

Se durmieron así, con el rumor del mar lejano y el latido compartido de sus corazones. Ana sonrió en la penumbra, sabiendo que esta noche había sido liberación pura, deseo mutuo hecho realidad. Mañana, más playa, más risas... y quién sabe, quizás un encore. Pero por ahora, el éxtasis perduraba, un calor dulce en su alma y su cuerpo marcado por el placer.

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