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Ve A Probarme

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Ve A Probarme

La noche en Polanco ardía con ese calor pegajoso de julio que se te pega a la camisa como una promesa indecente. El antro retumbaba con cumbia rebajada, luces neón parpadeando sobre cuerpos que se movían como olas en la playa de Acapulco. Tú, wey, estabas ahí recargado en la barra, con un cuba libre en la mano, sintiendo el hielo derretirse contra tus dedos mientras escaneabas el lugar. Olía a perfume caro mezclado con sudor fresco y un toque de tabaco dulce. Entonces la viste: Lupe, con su vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como si fuera hecho a mano, el cabello negro cayéndole en ondas salvajes hasta la cintura. Sus ojos cafés te clavaron como un tequila reposado, directo al hígado.

Se acercó contoneándose, el sonido de sus tacones ahogados por el bajo del DJ. Órale, qué chula, pensaste, mientras ella pedía un shot de mezcal al barman. Te miró de reojo, con esa sonrisa pícara que dice yo sé lo que quiero. "¿Qué onda, guapo? ¿Ya probaste el fuego de la casa?", te soltó, su voz ronca como el humo de un buen puro. Tú negaste con la cabeza, el pulso acelerándose un poco. Ella empujó el vasito hacia ti. "Ve a probarlo, no seas rajón. Te va a quemar rico". El desafío en sus labios te prendió como yesca. Tomaste el shot, el ardor bajando por tu garganta como lava, dulce y picante, dejando un regusto ahumado que te hizo jadear. Ella rio, su risa un sonido gutural que vibró en tu pecho. "Ves, no fue tan cabrón. Ahora me toca a mí hacerte sudar".

¿Qué chingados? Esta morra no se anda con juegos, y me late cañón, pensaste, mientras sus dedos rozaban tu brazo, enviando chispas por tu piel.

La conversación fluyó como el mezcal: fácil, embriagadora. Lupe era de Guadalajara, pero vivía en la CDMX por trabajo, una diseñadora gráfica que odiaba las oficinas y amaba las noches locas. Tú le contaste de tu curro en marketing, de cómo el estrés te tenía hasta la madre, y ella asintió, sus ojos brillando. "La vida es pa' disfrutarla, wey. ¿Y si nos salimos de aquí? Mi depa está cerca, tengo más fuego pa' que pruebes". Su aliento olía a limón y chile, cálido contra tu oreja. El corazón te latía como tamborazo zacatecano. Dijiste que sí, claro que sí, porque neta, ¿quién rechaza una invitación así?

En la calle, el aire fresco contrastaba con el bochorno del antro, pero el calor entre ustedes crecía. Caminaron tomados de la mano, sus palmas suaves y calientes, uñas pintadas de rojo rozando tu piel. El taxi llegó rápido, y adentro, sus muslos se pegaron a los tuyos, el roce de su vestido contra tus jeans un tormento delicioso. Ella se inclinó, sus labios rozando tu cuello. "Ve a probarme cuando lleguemos, ¿eh? Quiero sentir tus manos". Su voz era un susurro ronco, y tú sentiste el bulto endureciéndose en tus pantalones, el pulso latiendo fuerte en tus sienes.

El depa de Lupe era un loft chido en la Roma, con ventanales enormes que dejaban entrar la luna llena, iluminando el piso de madera pulida y un sofá de piel blanca. Olía a vainilla y jazmín de alguna vela apagada. Ella prendió luces tenues, música suave de Natalia Lafourcade de fondo, y te sirvió otro mezcal. "Siéntate, relájate". Pero no había relax: se paró frente a ti, deslizando las tiras del vestido por sus hombros. La tela roja cayó como una cascada, revelando lencería negra que apenas contenía sus pechos llenos, el encaje mordiendo su piel morena. Su ombligo brillaba con un piercing plateado, y más abajo, el triángulo de tela ceñido prometía tesoros.

Estás jodido, carnal, pensaste, la boca seca pese al trago. Ella se acercó, sentándose a horcajadas en tus piernas, sus caderas moviéndose lento como en un reggaetón prohibido. Sus pechos rozaron tu cara, el olor de su piel –loción de coco y sudor natural– invadiéndote. "Tócala", murmuró, guiando tu mano a su cintura. Tus dedos se hundieron en su carne suave, cálida, sintiendo el latido de su corazón bajo la piel. Ella gimió bajito, un sonido que te erizó los vellos. Besaste su clavícula, saboreando la sal de su sudor, la lengua trazando el camino hasta su escote.

Qué rica sabe, como mango maduro con chile, se te cruzó por la mente, mientras ella arqueaba la espalda.

La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Lupe desabrochó tu camisa, uñas arañando leve tu pecho, dejando rastros rojos que ardían placenteros. "Quítate todo, ve a probar lo que tengo pa' ti". Sus palabras eran órdenes envueltas en miel. Te levantaste, jeans cayendo al suelo, tu verga dura saltando libre, palpitando al aire fresco. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios. "Órale, qué chingona". Se arrodilló, su aliento caliente envolviéndote primero, luego su lengua –húmeda, ágil– lamiendo la punta, saboreando la gota salada que brotaba. Gemiste fuerte, manos enredándose en su pelo, el sonido de succión húmeda mezclándose con tu respiración jadeante.

Pero ella no te dejó acabar ahí. Se levantó, empujándote al sofá, montándote de nuevo. Sus bragas se corrieron a un lado, revelando su concha depilada, hinchada y reluciente de jugos. "Entra en mí, cabrón, ve a probar lo profundo que llego". La punta rozó sus labios húmedos, resbalosos, el calor de ella envolviéndote como terciopelo fundido. Empujaste lento, centímetro a centímetro, sintiendo cada pliegue apretarte, sus paredes pulsando. Ella gritó un "¡Ay, wey!" gutural, uñas clavándose en tus hombros. El ritmo empezó pausado: sus caderas girando, subiendo y bajando, el slap de piel contra piel resonando en el loft. Sudor corría por su espalda, goteando en tu pecho, salado al besarla.

La intensidad creció. La volteaste, poniéndola a cuatro patas en el sofá, el culo redondo alzado como ofrenda. Olía a sexo puro, almizcle y deseo. Entraste de nuevo, profundo, manos agarrando sus caderas, embistiendo con fuerza. Ella empujaba hacia atrás, gimiendo "¡Más duro, pendejo, no pares!". Tus bolas chocaban contra su clítoris, el sonido obsceno, húmedo. Sentías su interior apretarse, ordeñándote, mientras tu mente era un torbellino: Esto es el paraíso, neta, su calor me va a matar. Ella tembló primero, su orgasmo rompiendo en oleadas, concha contrayéndose como un puño, jugos chorreando por tus muslos. Eso te llevó al borde: un rugido salió de tu garganta, vaciándote dentro de ella en chorros calientes, pulsos interminables.

Colapsaron juntos, cuerpos enredados, piel pegajosa y jadeos calmándose. Lupe se acurrucó contra tu pecho, su corazón galopando aún, olor a sexo impregnando el aire. "Fue chido, ¿verdad? Me late que repitamos". Tú sonreíste, acariciando su cabello húmedo, el afterglow envolviéndolos como niebla tibia. La luna se filtraba por las cortinas, testigo silencioso. En ese momento, supiste que "ve a probarme" había sido la mejor decisión de tu vida, un fuego que no se apagaría fácil.

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