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Todo empezó una noche de esas que el calor de Guadalajara te pega como una cachetada húmeda. Yo, Marco, estaba recargado en el sillón de la sala, con una chela fría en la mano, viendo cómo mi esposa, Lupita, se movía por la cocina preparando unos tacos de carnitas. Llevábamos diez años casados, y aunque el amor seguía ahí, fuerte como el mezcal de mi suegro, la rutina nos había chingado un poco. Ella, con su piel morena brillando bajo la luz de los focos, su culo redondo apretado en unos jeans que le quedaban como pintados, y esas tetas que se meneaban libres bajo la blusa floja. Pinche mujer, sigues siendo un bombón, pensé, mientras sentía mi verga endurecerse solo de verla.

—Órale, carnal, ¿ya invitaste a tu compa Chuy? —me preguntó Lupita, volteando con una sonrisa pícara, limpiándose las manos en un trapo.
Yo asentí, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Habíamos platicado de esto semanas: un esposa trio HMH, algo nuevo para avivar la flama. Chuy, mi cuate de la uni, soltero y bien puesto, siempre bromeando con lo cabrón que era en la cama. Lupita lo había visto un par de veces en parrandas, y yo noté cómo sus ojos se le ponían vidriosos cuando platicaban. Consenso total, todo claro: nada de celos, puro placer mutuo.

La puerta sonó, y ahí estaba Chuy, con una botella de tequila en la mano y esa sonrisa de pendejo confiado. —¡Qué onda, wey! Traje el Patrón pa' que la armemos bien —dijo, abrazándome fuerte y luego a Lupita, un poco más largo de lo normal. Olía a colonia cara, esa que huele a madera y deseo. Lupita se sonrojó, pero sus pezones se marcaron bajo la blusa. Cenamos, charlando pendejadas, pero el aire se cargaba de electricidad. Cada roce accidental —la mano de Chuy en su muslo al pasar el guac—, cada mirada, hacía que mi pulso se acelerara.

¿De veras vamos a hacer esto? ¿Mi Lupita con otro verga adentro? Joder, sí, y me prende cañón
, me dije, sintiendo el calor subir por mi pecho.

El tequila fluyó, y las risas se volvieron susurros. Lupita se paró, contoneándose al ritmo de un corrido que sonaba bajito en la bocina. —Muchachos, ¿quieren ver un bailongo? —dijo, con voz ronca, desabotonando despacio la blusa. Sus tetas saltaron libres, grandes y firmes, con pezones oscuros ya duros como piedras. Chuy y yo nos miramos, vergas tiesas bajo los pantalones. Me acerqué primero, besándola profundo, saboreando su lengua dulce de margarita y chile. Mis manos amasaron sus nalgas, sintiendo la carne suave ceder bajo mis dedos.

Chuy no se quedó atrás. Se pegó por detrás, besándole el cuello mientras sus manos subían por su panza hasta pellizcarle los pezones. Lupita gimió, un sonido gutural que me erizó la piel: ¡Ay, cabrones, no paren!. El olor a su excitación empezó a llenar la sala, ese aroma almizclado de concha mojada que me volvía loco. La llevamos al cuarto, tirándola suave en la cama king size que teníamos. Yo le quité los jeans, exponiendo su tanga empapada, el vello negro asomando. Chuy se desnudó rápido, su verga gruesa y venosa saltando libre, más larga que la mía. Lupita la miró con hambre, lamiéndose los labios.

—Ven, mi amor —le dije, guiándola a arrodillarse. Ella tomó mi verga primero, chupándola con esa boca experta, lengua girando alrededor del glande, saboreando el pre-semen salado. Luego, sin soltarme, giró la cabeza y engulló la de Chuy, mamándola con ganas, haciendo ruiditos de succión que resonaban en el cuarto. Yo sentía el calor de su mejilla rozando mi huevo, el sudor empezando a perlar su frente. Esto es el paraíso, pinche esposa trio HMH soñado, pensé, mientras le metía los dedos en el pelo, guiándola.

La tensión crecía como tormenta en el cerro. La puse en cuatro, yo atrás, frotando mi verga contra su raja chorreante. Olía a sexo puro, a feromonas mexicanas. Chuy se puso enfrente, y ella lo mamó mientras yo la penetraba despacio. Su concha se abrió como terciopelo caliente, apretándome la verga con espasmos. —¡Sí, Marco, así, chingame duro! —gritó, voz ahogada por la pija de Chuy. Empujé fuerte, sintiendo cada vena de su interior masajearme, el plaf plaf de mis huevos contra su clítoris. Chuy gemía, follándole la boca, saliva goteando por su barbilla.

Cambiamos posiciones, el sudor nos pegaba la piel, el cuarto olía a sexo y tequila derramado. Lupita encima de mí, cabalgándome como jinete en palenque, sus tetas rebotando contra mi cara. Las chupé, mordiendo suave, saboreando el sudor salado de su piel. Chuy se paró en la cama, metiéndosela en la boca otra vez. Ella se retorcía, gritando: ¡Pendejos, me van a matar de gusto! Sentía su concha contraerse, ordeñándome, mientras su culo se meneaba invitando. Chuy lo entendió, escupió en su mano y lubricó su ano, metiendo un dedo. Lupita aulló de placer, empujando contra él.

— ¿Quieres doble, mi reina? —pregunté, voz ronca.
— ¡Sí, vergas en las dos, cabrones! —respondió, ojos en llamas.

El clímax se armó. Yo salí, la puse de lado. Chuy se acostó atrás, metiendo su verga en su culo despacio, centímetro a centímetro. Ella jadeaba, uñas clavadas en mi brazo, el dolor-placer pintado en su cara. Yo entré en su concha de nuevo, sintiendo la verga de Chuy a través de la pared delgada, frotándonos mutuamente. Joder, qué apretado, qué caliente. Nos movimos en ritmo, sincronizados como mariachis: yo empujaba, él salía; él entraba, yo salía. Lupita gritaba sin parar, ¡Ay, Diosito, me rompen, no paren, chinguen! El sonido era obsceno: carne contra carne, jugos chorreando, gemidos roncos. Su olor, intenso, almizcle y canela de su perfume mezclado.

La intensidad subió, pulsos latiendo en oídos, pieles resbalosas de sudor. Sentí sus paredes contraerse primero, un río caliente saliendo de su concha, empapándonos. —¡Me vengo, pinches vergas! —aulló, cuerpo temblando como hoja en vendaval. Eso nos llevó al borde. Chuy gruñó primero, sacando y chorreado en su espalda, semen caliente salpicando. Yo me quedé adentro, explotando en su útero, oleadas de placer sacudiéndome hasta los huesos, saboreando su beso desesperado.

Caímos hechos madeja, respiraciones agitadas, el cuarto en penumbras con olor a sexo consumado. Lupita entre nosotros, piel pegajosa, sonriendo satisfecha. —Gracias, amores. Eso fue chido de a madre —murmuró, besándome suave, luego a Chuy. Él se vistió, nos abrazó: —Wey, tu esposa trio HMH es legendario. Nos vemos pa' la revancha.

Quedamos solos, abrazados bajo las sábanas frescas. Su mano en mi pecho, latidos calmándose.

Esto nos unió más, carnal. El deseo compartido nos hace invencibles
, pensé, mientras el sueño nos vencía, con el sabor de su piel aún en mis labios y el eco de sus gemidos en mi mente. Una noche que cambiaría todo, para bien.

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