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La Pasión de la Música de Tríos

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La Pasión de la Música de Tríos

La noche en la terraza de esa casa en Polanco olía a jazmín fresco y a tequila reposado recién servido. Las luces tenues de las guirnaldas iluminaban las mesas con botanas de aguacate cremoso y totopos crujientes. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi vestido negro ceñido que marcaba mis curvas justas, me sentía como una diosa lista para devorar el mundo. Mi carnal Luis, mi novio de años, alto moreno con esa sonrisa pícara que me derretía, me tomaba de la cintura mientras bebíamos nuestros tragos. Qué chido estar aquí, pensé, sintiendo el calor de su mano en mi piel expuesta.

De pronto, el mariachi se calló y un trío empezó a tocar. Esa música de tríos tan romántica, con guitarras suaves y voces que susurraban promesas de amor eterno. "Los Panchos", dijo Luis, reconociéndolos al tiro. "Neta, esta rola me prende", le contesté, moviendo las caderas al ritmo de Sabor a mí. El aire se llenó de ese sonido meloso, como miel caliente derramándose sobre la piel.

Entonces la vi. Carla, una morra de ojos verdes y pelo negro largo hasta la cintura, bailando sola cerca de nosotros. Su blusa escotada dejaba ver el valle perfecto entre sus pechos, y su falda corta se levantaba con cada giro, mostrando piernas interminables. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago. Luis lo notó y me guiñó el ojo.

¿Por qué no?
pensé, imaginando sus labios suaves contra los míos.

Nos acercamos. "Órale, ¿bailamos?", le propuso Luis con esa voz grave que conquista. Ella sonrió, coqueta, y se pegó a nosotros. Los tres en el centro de la terraza, con la música de tríos envolviéndonos como un abrazo cálido. Sus manos rozaron mi espalda, su aliento olía a menta y limón. "Qué padre noche, ¿no?", murmuró Carla, su voz ronca como el requinto de la guitarra. Yo asentí, presionando mi cuerpo contra el de Luis mientras ella se movía detrás de mí, sus pechos rozando mi omóplato. El deseo empezó a bullir, lento, como el tequila subiendo por la garganta.

El segundo acto de la noche se armó solo. Terminó la rola y nos fuimos a una esquina más privada, con cojines mullidos y velas parpadeando. "Quiero probarte", le dije a Carla, mirándola fijo. Ella se mordió el labio, pendejita sexy, y Luis soltó una risa baja. "Simón, hagámoslo chingón". Nuestras bocas se encontraron primero, un beso salado de sudor y lipstick vainilla. Sus lenguas danzaban como las notas de la música de tríos que aún sonaba de fondo, suave, hipnótica.

Luis nos observaba, su verga ya dura presionando contra mis nalgas mientras yo besaba a Carla. La desvestí despacio, deslizando la blusa por sus hombros, revelando senos firmes con pezones rosados que se endurecían al aire fresco. Los lamí, sintiendo su sabor dulce como mango maduro, mientras ella gemía bajito, "Ay, Ana, qué rico". Sus manos bajaron a mi vestido, lo subieron hasta mi cintura, dedos expertos encontrando mi tanga húmeda. Estoy chorreando, pensé, el pulso latiéndome en las sienes.

Nos recostamos en los cojines. Luis se quitó la camisa, mostrando su pecho tatuado con un águila mexicana. Se arrodilló entre nosotras, besando mi cuello mientras Carla me chupaba los pezones. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el jazmín: almizcle caliente, piel sudada. "Quítate todo, mi amor", le ordené a Luis, y él obedeció, su pito grueso saltando libre, venoso y listo. Carla lo tomó en su mano, masturbándolo lento, mientras yo me ponía a cuatro, ofreciéndole mi culo redondo.

La tensión crecía con cada acorde de la música de tríos. Luis entró en mí de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, su calor palpitante contra mis paredes. "¡Sí, cabrón, así!", grité, mientras Carla se ponía debajo, lamiendo mi clítoris hinchado. Su lengua era fuego líquido, círculos rápidos que me hacían arquear la espalda. Sentía sus pechos contra mis muslos, suaves como seda, y el roce de su pelo en mi piel. Luis aceleraba, sus bolas golpeando mi trasero con un plaf plaf rítmico, sincronizado con la guitarra.

Esto es el paraíso, wey
, pensé en mi cabeza nublada de placer. Cambiamos posiciones: Carla encima de mí, sus nalgas prietas en mi cara. La comí con ganas, metiendo la lengua en su coño depilado, saboreando su jugo ácido y dulce, mientras Luis la penetraba desde atrás. Ella gritaba, "¡Más, pendejos, no paren!", sus caderas moviéndose como en un baile de salón. Yo metí dos dedos en ella, sintiendo cómo se contraía alrededor, mientras Luis me follaba la boca, su sabor salado inundándome la garganta.

El clímax se acercaba como una ola en la playa de Cancún. La música de tríos alcanzó su nota más alta, y nosotros con ella. Carla se vino primero, temblando sobre mi cara, chorros calientes mojándome la barbilla. "¡Me vengo, carajo!", aulló. Luis la sacó y entró en mí de nuevo, profundo, sus embestidas brutales pero cariñosas. Yo exploté, el orgasmo partiéndome en dos, luces blancas detrás de mis ojos cerrados, mi coño apretándolo como un puño. Él se corrió dentro, chorros espesos y calientes llenándome, gimiendo mi nombre.

Nos quedamos ahí, jadeantes, cuerpos enredados como las cuerdas de las guitarras. El sudor brillaba en nuestra piel bajo la luz de las velas, oliendo a sexo puro y satisfecho. Carla besó mi frente, "Qué chingón, neta". Luis nos abrazó a las dos, su corazón latiendo fuerte contra mi pecho. La música de tríos seguía sonando bajito, ahora una rola lenta, como un arrullo post-sexo.

En el afterglow, reflexioné. Esto no fue solo cogida, fue conexión. Tres almas unidas por el ritmo, el deseo mutuo, el respeto. Nos vestimos riendo, prometiendo repetir. La noche terminó con más tragos y miradas cómplices. Salimos a la terraza, el jazmín aún perfumando el aire, y bailamos de nuevo, esta vez con el alma en paz, sabiendo que la pasión de la música de tríos nos había marcado para siempre.

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