Trio Familiar Sexo Prohibido
La noche en nuestra casa de Monterrey olía a tacos al pastor recién hechos y a tequila reposado que mi hermana Laura acababa de abrir. Yo, Alejandro, de veintiséis años, me recargaba en la barra de la cocina mirando cómo sus chichis se movían bajo la blusa ajustada mientras cortaba limones. Carlos, mi carnal menor de veinticuatro, estaba en el sofá riéndose de un chiste tonto en la tele. Vivíamos los tres solos desde que mis jefes se fueron en ese choque hace dos años. La casa era chida, grande, con piscina y todo, pero la tensión entre nosotros había crecido como bola de nieve.
¿Por qué carajos me pongo así con mi propia hermana? pensé, mientras mi verga se endurecía solo de verla menear el culo al ritmo de la cumbia que sonaba bajito. Laura era una diosa: morena, con curvas que volvían loco a cualquiera, ojos cafés que te desnudaban con una mirada. Carlos también la veía de reojo, neta, lo cachaba. Éramos familia, pero el deseo flotaba en el aire como el humo del asador.
—Órale, weyes, ¿quieren shot? —dijo Laura con esa voz ronca que me erizaba la piel, sirviendo el tequila en vasos chiquitos.
Nos juntamos en la sala, el piso de mármol fresco bajo mis pies descalzos. Brindamos por la vida, por ser familia unida. Pero después de unos tragos, la plática se puso caliente. Hablamos de exnovias, de folladas locas, y de pronto Laura soltó:
—Yo siempre he fantaseado con un trio familiar sexo, ¿neta? Algo prohibido, con gente que ya conoces bien.
Mi corazón latió como tamborazo. Carlos se sonrojó, pero su mirada brillaba.
¿Está hablando en serio? ¿Con nosotros?pensé, sintiendo el calor subir por mi cuello. El tequila quemaba en mi garganta, y el aroma de su perfume, mezclado con sudor ligero, me mareaba.
La noche avanzaba, y propusimos verdad o reto. Al principio risas, retos pendejos como bailar reggaetón. Pero escaló. Reto a Laura: besa a Carlos. Ella se acercó gateando por el sofá, sus labios carnosos rozaron los de él. Yo vi todo, mi verga palpitando contra los jeans. El beso duró eterno, lenguas enredadas, gemidos suaves que llenaron la sala.
—Tu turno, Ale —dijo Carlos con voz temblorosa, ojos vidriosos.
Reto: quítale la blusa a Laura. Mis manos temblaban al tocar su piel suave, cálida como sol de mediodía. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas. Olían a vainilla y deseo. Ella jadeó, arqueando la espalda.
El juego se rompió. Nos miramos, el aire cargado de electricidad. No hay vuelta atrás, pensé. Laura nos jaló a los dos, besándome con furia mientras Carlos le besaba el cuello. Sus manos exploraban, desabrochando cinturones, bajando pantalones. Mi verga saltó libre, dura como fierro, y ella la agarró, masturbándola lento, el tacto de sus dedos como seda mojada.
—Chínguenme, weyes —suplicó ella, voz entrecortada.
La llevamos al sillón reclinable, el cuero crujiendo bajo nuestros cuerpos. Carlos se hincó entre sus piernas, oliendo su panocha empapada, ese aroma almizclado que me volvía loco. Lamía su clítoris con hambre, chupando jugos que goteaban. Laura gemía fuerte, "¡Ay, Carlos, qué rico!" Sus uñas se clavaban en mis hombros mientras yo le mamaba las tetas, mordisqueando pezones, saboreando sal de su piel.
Esto es un trio familiar sexo de locos, pero se siente tan correcto, rugía en mi cabeza. El sonido de lenguas lamiendo, de piel chocando, la tele de fondo con volume bajo, todo se mezclaba en sinfonía erótica. Cambiamos posiciones: Laura a cuatro patas, Carlos detrás metiéndole verga despacio. Ella chilló de placer, el slap-slap de caderas contra culo resonando. Yo delante, ella mamándome la verga, garganta profunda, saliva chorreando por mi saco. Sabía a tequila y lujuria.
El sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Olía a sexo puro: esperma preeyaculatorio, jugos femeninos, piel caliente. Carlos aceleraba, gruñendo como animal, sus manos amasando las nalgas de Laura. Ella vibraba, ordeñándome con la boca, ojos mirando los míos con fuego.
—¡No pares, carnales! —gritaba, voz ahogada por mi verga.
La intensidad crecía. Saqué mi verga de su boca, jadeante, y me puse detrás de Carlos. No, espera: la volteamos. Laura encima de mí, mi verga hundida en su panocha apretada, caliente, resbalosa como miel. Carlos se acercó por atrás, lubricando su verga con saliva, y la penetró en el culo. Ella aulló, un grito de éxtasis puro, cuerpo temblando entre nosotros.
¡Doble penetración en trio familiar sexo! Sus paredes internas me apretaban, pulsando. Carlos y yo sincronizados, embistiendo, nuestros huevos chocando. El sofá temblaba, crujidos rítmicos. Sus gemidos eran música: altos, guturales, "¡Sí, chinguen a su hermana! ". Sudor goteaba de su frente a mis tetas, salado en mi lengua cuando la besé.
El clímax se acercaba como tormenta. Sentía mi verga hincharse, bolas tensas. Carlos gruñía, acelerando. Laura convulsionaba, su orgasmo explotando primero: chorros calientes mojando mi pubis, cuerpo rígido, uñas rasgando mi pecho. ¡Qué chingón!
—¡Me vengo! —rugí, descargando chorros espesos dentro de ella, llenándola de leche caliente.
Carlos siguió dos embestidas y eyaculó en su culo, gemido ronco. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas, corazones martilleando al unísono. El olor a semen fresco, panocha satisfecha, sudor, impregnaba todo. Besos suaves ahora, caricias tiernas.
Minutos después, envueltos en cobija, Laura susurró:
—Esto fue el mejor trio familiar sexo de mi vida. No me arrepiento, weyes.
Carlos asintió, sonriendo pendejo. Yo la abracé fuerte, sintiendo su calor contra mi piel.
Somos más que hermanos ahora. Esta unión nos salva. La noche terminó con promesas de más, el tequila olvidado, solo nosotros tres en afterglow perfecto. La familia había evolucionado, en secreto ardiente que nos ataba para siempre.