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La Tríada de la Diabetes Insaciable

7304 palabras

La Tríada de la Diabetes Insaciable

El calor de Guadalajara me tenía sudando como pendeja en plena onda tropical. Yo, Ana, con mis treinta pirulos bien puestos, curvas que volvían loco a cualquiera y un cuerpo que pedía guerra constante. Pero desde que me diagnosticaron la pinche diabetes, todo se había puesto más intenso. Esa tríada de la diabetes me traía jodida: sed que no se apagaba ni con galones de agua, hambre que me retorcía las tripas aunque acabara de zamparme un plato de tacos, y esas ganas de orinar cada cinco minutos que me hacían correr al baño como si fuera mi segunda casa. Neta, estaba harta, pero también... excitada. Como si mi cuerpo gritara por algo más que agua y comida.

Me paré frente al espejo de mi depa en la Zona Expo, con el aire acondicionado al máximo pero igual sudando. Mi piel morena brillaba, los pezones duros rozando la blusa ligera de algodón. Bajé la mano por mi panza suave, hasta el borde del shortcito que apenas cubría mi culo redondo. ¿Qué chingados me pasa? Esta tríada me tiene el coño palpitando, como si la sed fuera por lenguas calientes, el hambre por carne dura... Respiré hondo, oliendo mi propio aroma almizclado mezclado con el jazmín del difusor. Llamé a Marco, mi chulo de siempre, el wey que me conocía de pies a cabeza.

—Órale, Marco, ven pa'cá ya. Trae a tu compadre Diego. Necesito que me ayuden con esta sed cabrona que no para.

Él soltó una carcajada ronca al teléfono. Sabe lo que quiero sin que se lo diga, pensé, mientras mi clítoris se hinchaba solo de imaginarlos.

Media hora después, la puerta sonó. Marco, alto, musculoso, con esa barba que raspaba delicioso, y Diego, más delgado pero con ojos que prometían vicios, entraron oliendo a colonia fresca y sudor fresco del gym. Me abrazaron fuerte, sus cuerpos duros contra el mío suave. El aire se cargó de inmediato con ese olor a macho listo para el desmadre.

Estos dos son mi salvación. Marco, mi amor de años, y Diego, el amigo que se unió a nuestra tríada hace meses. Todo consensual, todo puro fuego mexicano.

—Mamacita, ¿qué onda con esa tríada de la diabetes? —preguntó Marco, pasándome un vaso helado de agua de jamaica con limón. Sus dedos rozaron los míos, enviando chispas por mi espina.

Bebí despacio, el líquido frío bajando por mi garganta reseca, goteando por mi barbilla hasta el escote. Diego se acercó por detrás, sus manos en mis caderas, labios en mi cuello. Sed... al fin algo que la calma. Gemí bajito cuando su lengua lamió el sudor salado de mi piel.

—La sed es lo peor, weyes. Pero también el hambre... y las ganas de pichar.

Nos reímos, pero el ambiente ya estaba pesado, cargado de deseo. Me sentaron en el sofá de cuero fresco, que crujió bajo mi peso. Marco sacó una charola de frutas: mangos jugosos, fresas rojas, papaya madura. Para el hambre. Me quitó la blusa con calma, exponiendo mis tetas grandes, pezones oscuros erguidos como balas.

—Déjanos alimentarte, reina —murmuró Diego, partiendo un mango. El jugo chorreó por sus dedos mientras lo acercaba a mi boca. Mordí, el sabor dulce explotando en mi lengua, dulce como azúcar prohibida. Lamí sus dedos, chupando lento, mirándolos con ojos de puta en celo. Marco se arrodilló, besando mi ombligo, bajando más.

El hambre se calmó un poco, pero el fuego entre mis piernas ardía. Sus manos everywhere: Marco masajeando mis muslos, abriéndolos suave; Diego pellizcando mis tetas, tirando de los pezones hasta que dolía rico. Olía a mango y a mi propia humedad, ese olor espeso de concha lista. Esta tríada me está volviendo loca, pero con ellos, es puro placer.

Me recargué, jadeando. El sofá se sentía pegajoso bajo mi culo desnudo ahora que Marco me había bajado el short. Mis vellos pubicos negros brillaban húmedos. Diego se desabrochó la camisa, mostrando su pecho liso, y Marco hizo lo mismo, sus músculos tensos. Se besaron entre sí primero, lenguas enredadas, para encenderme más. Neta, verlos así me mojó hasta los tobillos.

—Quítate eso, pendejos —les ordené, voz ronca—. Quiero sentirlos.

Se quitaron todo. Vergas duras saltando libres: la de Marco gruesa, venosa; la de Diego larga, curvada. Me lamí los labios, hambre de verdad ahora. Me puse de rodillas en la alfombra mullida, el pelo suelto cayendo sobre mis hombros. Tomé la de Marco primero, metiéndomela hasta la garganta, saboreando el precum salado. Diego se pajeaba viéndome, gimiendo bajito. El sonido de su masturbación, chap chap húmedo, me volvía loca.

Chupé alternando, bolas en la boca, lengüeta en el frenillo. Ellos gemían mi nombre, Ana, Ana, manos en mi cabeza guiándome sin forzar. Mi coño palpitaba, jugos corriendo por mis muslos. Me toqué, dedos resbalosos en mi clítoris hinchado, pero ellos me detuvieron.

—Todavía no, nena. Vamos despacio —dijo Marco, levantándome como pluma.

Acto dos, la escalada. Me llevaron a la cama king size, sábanas de satén fresco. Me acostaron boca arriba, piernas abiertas como ofrenda. Marco se hundió entre mis muslos, lengua plana lamiendo mi raja de abajo arriba, sorbiendo mis jugos como si fueran néctar. Sed... su sed por mí. Diego besaba mi boca, lengua dulce de mango, luego bajaba a mamar tetas, mordiendo suave.

El cuarto olía a sexo puro: sudor, jugos, vergas calientes. Escuchaba sus respiraciones agitadas, mi corazón tronando en los oídos. Marco metió dos dedos en mi coño, curvándolos contra mi punto G, mientras chupaba mi clítoris. Grité, arqueándome. Hambre... comiéndome viva.

La tríada de la diabetes se mezcla con esta otra: sus lenguas, sus dedos, sus vergas. No aguanto más.

Cambiaron posiciones. Diego se puso debajo, yo encima, cabalgándolo lento. Su verga me llenaba, rozando paredes sensibles. Marco detrás, lubricando mi culo con saliva y jugos míos. Empujó despacio, centímetro a centímetro. Dolor rico convirtiéndose en éxtasis. Los dos dentro, moviéndose alternos, uno entra el otro sale. Sentía sus pulsos, venas latiendo contra mis carnes.

—¡Chínguenme duro, weyes! —supliqué, uñas clavadas en hombros de Diego.

Aceleraron, piel contra piel chapoteando, gemidos roncos. Sudor goteando de sus frentes a mis tetas. Mi orgasmo subió como ola, vientre contrayéndose. Grité largo, coño y culo apretando sus vergas, chorros calientes saliendo de mí. Ellos no pararon, follándome hasta que explotaron: Marco en mi culo, caliente y espeso; Diego dentro, llenándome hasta rebosar.

Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones jadeantes calmándose. El aire olía a corrida y satisfacción. Me besaron suave, limpiándome con toallas tibias.

—Gracias, mis amores —susurré, sed y hambre calmadas por fin. La ganas de orinar... bueno, corrí al baño riendo, pero volví a sus brazos.

En el afterglow, recostada entre ellos, pieles pegajosas enfriándose, pensé: Esta tríada de la diabetes no es maldición, es bendición con ustedes. Nos hace más vivos, más cachondos. Marco me acarició el pelo, Diego trazó círculos en mi panza. Afuera, el sol bajaba, pero nuestro fuego duraría toda la noche.

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