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Triunfando en la Piel con la Canción de Los Tri O

6198 palabras

Triunfando en la Piel con la Canción de Los Tri O

La fiesta en la casa de mi carnal en Mazatlán estaba en su mero mole. El sol ya se había escondido detrás del Pacífico, dejando un cielo estrellado que se colaba por las ventanas abiertas. El aire traía ese olor salado del mar mezclado con el humo de la carnita asada en el patio y el aroma dulce del mezcal que circulaba en vasos de bambú. La banda tocaba recio, con trompetas que retumbaban en el pecho y tambores que hacían vibrar el piso de losa. Yo, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa sinaloense, bailaba sola al principio, sintiendo el ritmo en las caderas.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa playera negra ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Se llamaba Marco, me dijo después, un cuate de mi hermano que acababa de llegar de Culiacán. Sus ojos cafés me clavaron cuando me acerqué a pedirle un trago. Órale, qué chula, pensé, mientras su sonrisa torcida me hacía cosquillas en el estómago. Me pasó el vaso, sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me erizó la piel.

De repente, la banda anunció: "¡Ahora sí, pa' que triunfemos todos, la canción Triunfamos de Los Tri O!" El acordeón abrió con esa melodía norteña que te prende el alma, y Marco me jaló de la mano.

¿Por qué no? Esta noche quiero triunfar, carajo
, me dije mientras me pegaba a su cuerpo. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, bajando un poquito más con cada vuelta. Sentía su calor a través de la tela, su aliento con sabor a tequila rozando mi cuello. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, y el ritmo de la canción nos mecía como una ola.

La letra hablaba de victorias, de levantarse después de caídas, pero en mi cabeza se transformaba en promesas de placer. "Triunfamos, carnales", cantaban, y yo sentía que ya lo estábamos haciendo. Marco me susurró al oído: "Neta, contigo quiero triunfar toda la noche". Su voz ronca me mojó las bragas. Nos fuimos apartando del bullicio, hacia el patio trasero donde las luces tenues de las guirnaldas pintaban todo de oro.

Allá, bajo un flamboyán cargado de flores rojas, nos besamos por primera vez. Sus labios eran firmes, con gusto a sal y mezcal, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Qué rico se siente esto, pendeja, no pares, gritaba mi mente mientras él me apretaba contra el tronco del árbol, su erección presionando mi vientre. El olor de las flores se mezclaba con el almizcle de su piel, y el lejano eco de la canción aún palpitaba en el aire.

—Ven, vamos adentro —me dijo, tomándome de la mano. Su cuarto estaba en el ala de huéspedes, fresco y oscuro, con el ventilador zumbando perezoso. Cerró la puerta y ya estaba sobre mí, quitándome el vestido con urgencia pero sin rudeza. Quedé en bra y tanga, expuesta bajo su mirada hambrienta.

Me siento poderosa, como si esta canción nos hubiera bendecido
. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, lista para mí.

Me tumbó en la cama, sus manos grandes acariciando mis tetas, pellizcando los pezones hasta que gemí. Bajó besando mi cuello, mi ombligo, hasta llegar a mi chochito. El primer lametón fue como fuego: su lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis jugos que ya chorreaban. "¡Ay, wey, qué chingón!" grité, arqueando la espalda. Olía a sexo puro, a mi excitación dulce y salada mezclada con su saliva. Sus dedos entraron, dos, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras su boca no paraba.

Yo no me quedé atrás. Lo empujé para montarlo, mi boca devorando su pinga. La chupé hondo, sintiendo cómo latía en mi garganta, el sabor salado de su pre-semen. Él gruñía, enredando sus dedos en mi pelo: "Mamacita, me vas a matar". El cuarto se llenaba de sonidos húmedos, jadeos y el zumbido del ventilador que no enfriaba nada.

La tensión crecía como la marea. Quería más, lo necesitaba dentro. Me subí encima, guiando su verga a mi entrada resbalosa. Despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Triunfamos, pensé, recordando la canción que aún tarareaba en mi cabeza. Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo norteño, mis caderas girando como en el baile. Sus manos en mi culo, azotando suave, guiándome más rápido.

El sudor nos cubría, piel contra piel resbalando, pechos rebotando. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras yo lo montaba más fuerte. Sentía su pulso dentro de mí, latiendo con el mío, el olor de nuestros cuerpos enredados, el sabor de su cuello salado cuando lo mordí.

Esto es el triunfo, neta, puro gozo sinaloense
. La cama crujía, el ventilador giraba inútil, y el mar lejano rugía como aplaudiendo.

Marco me volteó, poniéndome a cuatro. Entró de nuevo, profundo, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada embestida. "¡Más duro, cabrón!" le pedí, y él obedeció, jalándome el pelo con ternura salvaje. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, el placer subiendo como lava. Gemí alto, sin vergüenza, mientras el orgasmo me rompía en oleadas: temblores, contracciones, un grito que ahogué en la almohada.

Él no tardó. Con tres empujones más, se corrió dentro, caliente y abundante, gruñendo mi nombre. Nos quedamos pegados, jadeando, su peso sobre mí reconfortante. El afterglow fue dulce: besos lentos, caricias perezosas. El cuarto olía a sexo satisfecho, a victoria compartida.

Después, recostados, con su brazo alrededor de mi cintura, la canción Triunfamos de Los Tri O volvió a sonar lejana desde la fiesta. "Triunfamos, ¿verdad?" murmuró él, besándome la frente. Sonreí, sintiendo su semen aún goteando entre mis piernas.

Esta noche, al son de esa rola, encontramos nuestro triunfo. Y quién sabe, tal vez haya más rondas
. El mar susurraba afuera, prometiendo más noches así. Me dormí en sus brazos, plena, empoderada, lista para lo que viniera.

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