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Paul Anka Let Me Try Again En Tus Labios

7736 palabras

Paul Anka Let Me Try Again En Tus Labios

La noche en la Condesa estaba viva, con ese bullicio chido de la Roma que te envuelve como un abrazo caliente. El bar La Clandestina rebosaba de luces tenues, olor a mezcal ahumado y jazmín flotando en el aire, mezclado con el perfume dulce de las mujeres que bailaban pegaditas. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, estaba sentada en la barra, con mi vestido negro ceñido que marcaba mis curvas como si fueran un mapa del tesoro. Llevaba semanas soltera, pero esa noche algo en el ambiente me tenía inquieta, como si el cuerpo me pidiera a gritos que soltara el control.

El DJ cambió el ritmo y de los bocinas brotó una voz ronca, nostálgica: Paul Anka Let Me Try Again. Esa rola me pegó directo en el pecho, con su letra suplicante que hablaba de segundas chances, de no rendirse al amor.

Neta, ¿y si la vida me da otra oportunidad?
pensé, mientras daba un trago al mezcal que quemaba dulce en mi garganta. Entonces lo vi. Alex, mi ex, el wey que me había roto el corazón hace seis meses, pero que aún me hacía mojar con solo recordarlo. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara y los ojos que prometían travesuras. Estaba al otro lado del bar, platicando con unos cuates, pero sus ojos se clavaron en los míos como imanes.

Se acercó despacio, con ese andar confiado que siempre me derretía. Olía a colonia fresca, a madera y un toque de sudor masculino que me aceleró el pulso. "¿Qué onda, Karla? ¿Netamente coincidencia o el universo nos está jodiendo?" dijo, con voz grave que vibró en mi piel.

"Órale, Alex, no mames. ¿Paul Anka Let Me Try Again? ¿En serio la vida nos pone esta rola?" respondí, riendo nerviosa, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Nos sentamos juntos, los shots de tequila fluyendo como ríos, y la plática se soltó fácil. Recordamos las noches locas en su depa de Polanco, cómo sus manos me exploraban hasta hacerme gemir bajito. Pero también el pleito que nos separó: yo queriendo más compromiso, él con su miedo al lazo. Su aliento cálido rozaba mi oreja cuando se inclinó para susurrarme algo, y mi piel se erizó entera.

La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de rodillas bajo la barra. Su mano grande cubrió la mía, y sentí la electricidad subir por mi brazo.

Este pendejo juguetón aún me prende como nadie. ¿Y si le doy bola a la rola? Let me try again...
El bar se llenó de más gente, pero nosotros estábamos en nuestro mundo, el aire cargado de deseo contenido. "Vámonos de aquí, Karla. Hablemos en privado. Déjame intentar de nuevo, como dice Paul Anka." Sus palabras fueron como un detonador. Asentí, el corazón latiéndome a mil, y salimos tomados de la mano, el viento fresco de la noche acariciando mis piernas desnudas.

Acto dos: La escalada

Mi depa en la Juárez estaba a unas cuadras, un loft chulo con vistas al skyline y velas aromáticas que ya encendí al llegar. Apenas cerré la puerta, Alex me acorraló contra la pared, sus labios rozando los míos sin besarme aún. El sabor salado de su piel cuando lamí su cuello, mezclado con el tequila residual, me volvió loca. "Te extrañé, reina. Tu cuerpo, tu risa, todo." murmuró, mientras sus dedos trazaban la curva de mi cintura, bajando despacio hasta mis caderas.

Lo empujé juguetona hacia el sofá de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela fina de mi tanga. El calor de su erección me hizo jadear, y empecé a moverme lento, frotándome contra él como en un baile prohibido. Sus manos subieron por mis muslos, apretando la carne suave, y desabroché su camisa para lamer sus pectorales firmos, salados y calientes.

¡Qué chingón se siente su piel contra mi lengua! Este wey sabe cómo hacerme arder.

La habitación olía a nuestro arousal, ese musk dulce y animal que se mezcla con el incienso de vainilla que quemaba. Le quité la playera, admirando sus abdominales marcados, y él me bajó el vestido, exponiendo mis chichis duras como piedras. Sus labios las capturaron, chupando el pezón con succión perfecta, enviando ondas de placer directo a mi clítoris hinchado. "Estás mojada, ¿verdad, carnala? Neta, me traes al borde." gruñó, mientras metía la mano en mi tanga, sus dedos gruesos rozando mis labios húmedos.

Me levanté temblando, lo jalé al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Nos desnudamos mutuamente, riendo entre besos hambrientos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, la piel sedosa sobre acero. El sonido de su gemido ronco cuando la apreté me empapó más. Él se arrodilló entre mis piernas, separándolas con ternura posesiva. Su aliento caliente en mi panocha me hizo arquear la espalda. La lengua experta lamió mi botón, círculos lentos que me hicieron clavar las uñas en su pelo. "¡Ay, pendejo, no pares! ¡Qué rico, cabrón!" grité, las caderas moviéndose solas contra su boca voraz.

El build-up era brutal: besos en el interior de mis muslos, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me deshacía, mientras yo lo masturbaba firme, sintiendo su prepucio deslizarse. Sudábamos juntos, pieles resbalosas chocando, el slap suave de carne contra carne.

No aguanto más, lo necesito adentro, llenándome hasta el fondo.
Lo volteé, montándolo como amazona, guiando su verga a mi entrada chorreante. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarme deliciosamente. "¡Sí, Karla, cabalga, mi reina! Eres tan apretada, tan perfecta."

Acto tres: La liberación

El ritmo se volvió feroz, mis nalgas rebotando contra sus muslos fuertes, el sonido obsceno de mi humedad tragándoselo entero. Él me agarraba las caderas, embistiéndome desde abajo con golpes profundos que tocaban mi alma. Olía a sexo puro, a sudor salado y jugos mezclados. Mis tetas brincaban con cada vaivén, y él las pellizcaba, mandándome al borde. El cosquilleo en mi vientre crecía, una ola gigante lista para romper.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero intenso con piernas en sus hombros. Me penetraba duro, el ángulo perfecto rozando mi G-spot sin piedad. "¡Ven conmigo, Alex! ¡Dame todo!" supliqué, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. Él aceleró, gruñendo como bestia, el sudor goteando de su frente a mis labios. Saboreé su sal, y exploté: un orgasmo que me sacudió entera, luces estallando en mi visión, el grito ahogado saliendo de mi garganta mientras lo ordeñaba con espasmos.

No tardó: "¡Me vengo, Karla! ¡Joder!" rugió, llenándome con chorros calientes que se sentían como lava dulce. Colapsamos juntos, cuerpos temblando en afterglow, su peso reconfortante sobre mí. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. El aire olía a nosotros, satisfechos, con el eco lejano de la ciudad zumbando afuera.

Nos quedamos así, enredados, su mano acariciando mi pelo.

Paul Anka tenía razón. Let me try again. Esta vez, lo hacemos bien.
Susurró "¿Segundas chances, mi amor? Neta, no te suelto." Sonreí, el corazón lleno, sabiendo que esta noche era solo el principio de algo chingón. La luna se colaba por la ventana, testigo de nuestro renacer.

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