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El Sistema Trio Chicco en Nuestra Pasión Viajera

6410 palabras

El Sistema Trio Chicco en Nuestra Pasión Viajera

Era un sábado pendejo de esos que el sol de Guadalajara te calienta hasta los huesos, pero con una brisa que te eriza la piel como caricia de amante. Yo, Karla, acababa de comprar el Chicco Trio Travel System, ese carrito todo en uno que prometía aventuras familiares sin complicaciones. Pero mi carnal, Luis, y yo no pensábamos en bebés todavía. No, nuestro viaje era de otro tipo, uno que empezaba en la cochera y terminaba en éxtasis puro.

Salimos del supermercado con el cajón enorme en la troca, riéndonos como chavos. Luis manejaba con esa mano en mi muslo, subiendo despacito, mientras yo sentía el calor de su palma a través del jeans ajustado. ¡Ay, wey, qué ganas de parar en el primer motel! pensé, mordiéndome el labio. El aroma a nuevo del carrito se mezclaba con su colonia terrosa, ese olor que me ponía mojada al instante.

Llegamos a la casa de la playa en Puerto Vallarta, esa que rentamos para desconectarnos. El Chicco Trio Travel System lo armamos en la terraza, con vista al mar turquesa que lamía la arena como lengua ansiosa. Luis lo probó empujándolo, fingiendo que era un paseo con un hijo imaginario, pero sus ojos me decían otra cosa. Me miró de arriba abajo, mi blusa escotada dejando ver el encaje negro del bra, y dijo con voz ronca:

"Mamacita, este carrito es perfecto para nuestras locuras. ¿Y si lo usamos para algo más... íntimo?"

Mi corazón latió fuerte, como tamborazo en fiesta. El sol besaba mi piel morena, haciendo que sudara un poquito, y el sudor se me escurría entre los senos. Me acerqué, rozando mi cadera contra la suya, sintiendo su verga ya dura presionando el pantalón. ¡Qué rico, cabrón! El aire salado del mar se colaba, trayendo olor a yodo y algas, mientras yo deslizaba mi mano por su pecho velludo.

Acto uno: la tensión crecía como ola antes del tsunami. Nos besamos ahí mismo, con el carrito de testigo. Sus labios salados, ásperos por la barba de tres días, devoraban los míos. Le mordí la lengua, saboreando su saliva con gusto a cerveza del camino. Mis manos bajaron a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos de pura calentura. Él me levantó la falda, tocando mis panties húmedas. "Estás chorreando, mi reina", murmuró, y yo gemí bajito, el sonido ahogado por el romper de las olas.

Lo empujé contra el carrito. El Chicco Trio Travel System era firme, con su estructura metálica fría contrastando el calor de su cuerpo. Luis se sentó en el asiento reclinado, yo me subí a horcajadas, sintiendo el roce del vinilo nuevo contra mis rodillas desnudas. Olía a plástico fresco y a nuestra excitación, ese almizcle dulce que impregna el aire cuando estás a punto de follar como animales.

Acto dos: la escalada. Me quité la blusa despacio, dejando que viera mis tetas grandes rebotar libres. Él las amasó, pellizcando los pezones oscuros hasta ponérmelos duros como piedras. ¡Pinche placer! Grité internamente mientras bajaba su zipper y sacaba su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero debajo. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado, mientras él me metía los dedos en el coño, chapoteando en mis jugos.

"¡Fóllame ya, Luis! No aguanto más, wey."
Le supliqué, montándolo como vaquera en rodeo. Su polla entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía rico, cada vena rozando mis paredes internas. Reboté sobre él, el carrito crujiendo levemente bajo nuestro peso, sincronizado con mis jadeos y sus gruñidos guturales. El sudor nos unía, piel resbalosa chocando: plaf, plaf, plaf. Olía a sexo crudo, a mar y a nosotros, eternos amantes.

Pero no era solo físico. En mi mente, flashbacks: cómo nos conocimos en una fiesta en Zapopan, bailando cumbia pegaditos, sus manos en mi cintura prometiendo noches como esta. Él es mi todo, mi pendejo favorito, pensé mientras giraba las caderas, moliendo mi clítoris contra su pubis. Él me miró a los ojos, profundos cafés como mole poblano, y dijo: "Te amo, Karla. Eres mi chava perfecta." Lágrimas de emoción se mezclaron con el sudor en mis mejillas.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones: él me puso de perrito, agarrándome las nalgas redondas, azotándolas suave hasta dejar marcas rosas. Cada embestida era un trueno, su saco golpeando mi clítoris, enviando chispas por mi espina. Gemía sin control: "¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!" El viento traía risas lejanas de turistas, pero éramos solos en nuestro mundo. Sus dedos encontraron mi ano, rozando juguetón, y yo exploté en el primer orgasmo, contrayéndome alrededor de su verga como puño caliente.

Él no paró. Me volteó, besándome el cuello, chupando el lóbulo de la oreja mientras me penetraba lento, profundo. Sentía cada centímetro, el roce exquisito. Esto es el cielo, pinche paraíso, pensé. Aceleró, sus músculos tensos bajo mis uñas clavadas en su espalda. El carrito temblaba, testigo fiel de nuestra pasión desbocada.

Acto tres: el clímax y la calma.

"Me vengo, mi amor... ¡Júntate conmigo!"
Rugió, y yo asentí, arqueando la espalda. Su verga se hinchó, explotando chorros calientes dentro de mí, llenándome de su esencia cremosa. Mi segundo orgasmo me barrió como huracán, visión borrosa, cuerpo convulsionando, grito ahogado en su hombro. Colapsamos juntos sobre el Chicco Trio Travel System, riendo entre jadeos, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

El sol bajaba, tiñendo el cielo de naranjas y rosas. Nos vestimos despacio, besándonos perezosos. Limpiamos el carrito, ahora marcado por nuestra aventura, oliendo todavía a nosotros. Caminamos por la playa de la mano, arena tibia entre los dedos, olas lamiendo nuestros pies cansados pero felices.

Este viaje apenas empieza, pensé, apretando su mano. El Chicco Trio Travel System esperaba en la terraza, promesa de futuros placeres. Luis me guiñó el ojo: "¿Listos para la próxima parada, mi reina?" Y yo supe que sí, siempre sí, en esta vida de pasión mexicana sin fin.

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