Trio Ardiente con la Madrastra
Todo empezó en esa tarde calurosa de verano en nuestra casa de Polanco, con el sol filtrándose por las cortinas de encaje y el aroma a jazmín del jardín colándose por las ventanas abiertas. Yo, Alex, acababa de llegar de la chamba, sudado y con la camisa pegada al cuerpo, cuando vi a Carmen, mi madrastra, moviéndose por la cocina como si fuera dueña de un desfile de moda. Llevaba un vestido ligero de algodón que se le pegaba a las curvas, marcando sus chichis firmes y ese culo redondo que siempre me ponía a pensar pendejadas. Carmen no era mi mamá de sangre, se había casado con mi papá hace cinco años, pero neta, con sus treinta y ocho pirulos, parecía una chava de veinticinco, con el pelo negro azabache suelto y unos labios carnosos que invitaban a pecar.
Sofía, mi novia, ya estaba ahí, charlando con ella mientras preparaban unos guacamoles. Sofía es una morra preciosa, de piel canela y ojos verdes que te clavan, con un cuerpo atlético de tanto gym. Las dos reían por algo que no alcancé a oír, y cuando me vieron entrar, Carmen me guiñó un ojo. ¿Qué pedo, Alex? ¿Ya traes calorcito? dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Sofía se acercó y me plantó un beso jugoso, su lengua rozando la mía un segundo de más, mientras sus manos bajaban por mi espalda. Sentí su calor contra mí, y el pulso se me aceleró. Esa noche mi papá estaba de viaje en Monterrey por negocios, así que la casa era nuestra.
Cenamos en el comedor, con velas y una botella de mezcal que Carmen sacó de quién sabe dónde. El humo del incienso de copal flotaba en el aire, mezclándose con el olor picante de los tacos al pastor que pedimos de la taquería de la esquina. Hablábamos de todo y nada, pero yo notaba las miradas. Sofía rozaba mi pierna bajo la mesa, y Carmen se inclinaba para servir el mezcal, dejando que el escote revelara la curva de sus tetas.
¿Qué chingados me pasa? Esta morra es mi madrastra, pero neta, la quiero comer viva. Y Sofía... ¿sabrá lo que me provoca?pensé, mientras el mezcal me quemaba la garganta y avivaba el fuego en mis huevos.
Después de la cena, nos fuimos al sofá de la sala, con música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Sofía se acurrucó contra mí, su mano subiendo por mi muslo, y Carmen se sentó al otro lado, cruzando las piernas de forma que su vestido se subió un poco, mostrando piel morena y suave. Chavos, ¿han pensado en un trío alguna vez? soltó Sofía de repente, con una sonrisa pícara. Mi corazón dio un brinco. Carmen se rió, bajito, como un ronroneo. ¿Trio madrastra? Suena tentador, ¿no, Alex? Me miró directo a los ojos, y juro que sentí su mirada como una caricia en la verga.
El aire se cargó de electricidad. Sofía se giró hacia Carmen y le rozó el brazo. Eres tan rica, Carmen. Alex siempre habla de lo guapa que estás. Carmen se sonrojó un poquito, pero no se apartó. En cambio, extendió la mano y tocó la mejilla de Sofía. Tú tampoco estás tan mal, preciosa. Yo las veía, hipnotizado, mientras mi polla se ponía dura como piedra dentro del pantalón.
Esto va en serio. ¿De veras va a pasar un trio con mi madrastra? Órale, carnal, no lo arruines.
La tensión creció como una tormenta. Sofía besó primero a Carmen, un beso suave al principio, labios contra labios, con el sonido húmedo que me volvió loco. Olía a mezcal y a su perfume dulce, vainilla y flores. Extendí la mano y toqué la espalda de Sofía, sintiendo su piel cálida bajo la blusa. Carmen gimió bajito cuando la lengua de Sofía entró en su boca, y yo no aguanté más: me incliné y besé el cuello de Carmen, saboreando su sal marina mezclada con sudor ligero. Su piel era seda caliente, y ella arqueó la espalda, presionando sus chichis contra mi pecho.
Nos fuimos desvistiendo entre besos y risas nerviosas. Sofía quitó mi camisa, lamiendo mis pezones hasta que jadeé. Carmen se sacó el vestido de un jalón, quedando en tanga negra y sostén push-up que apenas contenía sus tetas grandes. Mírenme, cabrones, dijo juguetona, girando para mostrarnos su culo perfecto. Sofía la abrazó por detrás, manoseándole las nalgas mientras yo besaba a mi novia, probando en su boca el sabor de Carmen. El cuarto olía a sexo inminente, a piel caliente y excitación.
En el sofá, nos acomodamos. Yo en medio, con una morra a cada lado. Sofía bajó mi zipper y sacó mi verga tiesa, palpitante, con la cabeza brillando de precum. Qué chingona está, Carmen. Tócala. Mi madrastra la tomó con mano suave, masturbándome lento mientras lamía la punta, su lengua caliente y húmeda haciendo círculos. Gemí fuerte, el placer subiendo como fuego por mi espina. Sofía se quitó la ropa y se sentó en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. Olía a miel y deseo, jugoso y abierto. La chupé con ganas, metiendo la lengua adentro, saboreando sus jugos mientras ella se mecía, gimiendo ¡Sí, papi, así!
Carmen se subió encima de mí, frotando su tanga contra mi verga. La quité de un tirón, revelando su panocha rosada, hinchada y lista. Se empaló despacio, centímetro a centímetro, su calor apretado envolviéndome. ¡Ay, wey, qué rica tu verga! gritó, empezando a cabalgar. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, llenaba la sala. Sofía se corrió primero en mi boca, temblando y apretándome la cabeza con los muslos, su squirt salpicándome la cara. Dulce y salado, la tragué toda.
No mames, esto es el paraíso. Mi madrastra rebotando en mi pija, mi novia eyaculando en mi lengua. ¿Cómo carajos llegamos aquí?Cambiamos posiciones. Carmen se puso a cuatro patas en el sofá, el culo en pompa, invitándome. La penetré duro, mis bolas golpeando su clítoris, mientras Sofía se acostaba debajo de ella y lamía donde nos uníamos. Sentía la lengua de Sofía en mi verga y en el coño de Carmen, un doble placer que me tenía al borde. Carmen gritaba ¡Más fuerte, hijastro cabrón, fóllame como puta!, sus paredes contrayéndose alrededor de mí.
Sofía se levantó y besó a Carmen mientras yo las embestía. Sus tetas se rozaban, pezones duros como piedras. Yo saqué la verga de Carmen y la metí en Sofía, alternando, sintiendo las diferencias: Carmen más apretada y profunda, Sofía más jugosa y resbalosa. El sudor nos chorreaba, el aire pesado con olor a coños calientes y semen. Quiero verlas juntas, pedí ronco. Se tumbaron una sobre la otra, 69 perfecto, chupándose mutuamente con ruidos obscenos. Me masturbé viéndolas, hasta que no aguanté y eyaculé sobre sus caras y tetas, chorros calientes y espesos que lamieron entre risas.
Pero no paró ahí. Después de un respiro, con el corazón latiéndonos como tambores, Sofía trajo lubricante del baño. Carmen se abrió de piernas en el piso alfombrado, y Sofía le metió dos dedos en el culo, preparándola. Yo la cogí por delante mientras Sofía la penetraba por atrás con un dedo, luego dos. Carmen se retorcía de placer, ¡Sí, un trio madrastra de verdad, lléname! La follé hasta que se corrió gritando, su coño ordeñándome la verga. Sofía se unió, frotando su clítoris contra el de Carmen mientras yo las veía, y juntas llegaron al orgasmo, temblando en un enredo de piernas y gemidos.
Al final, nos derrumbamos en la cama king size de mis papás, exhaustos y pegajosos. El olor a sexo impregnaba las sábanas de algodón egipcio, suave contra nuestra piel enrojecida. Carmen me besó en la frente, Eres un animal, Alex. Gracias por esto. Sofía se acurrucó, trazando círculos en mi pecho.
¿Qué sigue? ¿Esto cambia todo? Neta, valió cada segundo de la espera.Nos quedamos así, respirando al unísono, con la luna entrando por la ventana y el eco de nuestros placeres resonando en el silencio. Mañana sería otro pedo, pero esa noche, el trio con mi madrastra había sido perfecto, puro fuego mexicano.