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50 Años de Pasión con El Tri

6534 palabras

50 Años de Pasión con El Tri

Tenía 50 años y me sentía más viva que nunca. El calendario marcaba mi cumpleaños justo en el día que celebraban los 50 años de El Tri en la liga mayor, un partido épico contra los gringos que todos esperábamos con ansias. Me puse mi jersey verde ajustado, ese que me hacía resaltar las curvas que el tiempo había pulido como vino añejo. Olía a mi perfume de jazmín mezclado con el aroma fresco de mi loción corporal, y salí al bar de la esquina, el que siempre se llenaba de aficionados gritando goles.

El lugar estaba a reventar, luces tenues, pantallas gigantes mostrando el estadio Azteca vibrando. El humo de los cigarros y el olor a chelas frías flotaban en el aire. Me abrí paso entre la multitud, sintiendo miradas sobre mi piel morena, mi falda corta ondeando con cada paso. ¿Quién diría que a los 50 una todavía despierta fieras? pensé, mientras pedía una michelada helada, el limón picante en mis labios.

Ahí lo vi. Alto, musculoso, con una camiseta de El Tri que le marcaba el pecho ancho. Se llamaba Raúl, lo supe porque un wey lo llamó así. Me sonrió con esa dentadura blanca, ojos cafés intensos que me recorrieron de arriba abajo.

"¿Qué onda, guapa? ¿Celebras los 50 de El Tri o tus propios 50 años de pura neta?"
dijo, acercándose con una cerveza en la mano. Su voz grave me erizó la piel, como un roce eléctrico.

Reí, juguetona. Neta, este pendejo sabe cómo entrarle. "Las dos cosas, carnal. Pero hoy El Tri me tiene caliente, ¿y tú?" Le guiñé el ojo, sintiendo el calor subir por mi cuello. Nos quedamos platicando, hombro con hombro, mientras el partido arrancaba. Cada grito de la multitud vibraba en mi cuerpo, sus brazos rozando los míos accidentalmente, pero no tanto.

El primer tiempo fue un coqueteo lento. Él me contaba anécdotas de partidos pasados, su aliento cálido con sabor a cerveza rozando mi oreja. Yo le tocaba el brazo, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. Qué chulo, este wey. Me mojo nomás de verlo. El estadio en la tele rugía, pero mi pulso latía más fuerte. Cuando El Tri metió el primer gol, saltamos abrazados, su cuerpo duro contra el mío, su mano en mi cintura bajando un poquito más de lo debido. El sudor de la emoción nos pegaba, olor a hombre mezclado con mi jazmín.

En el medio tiempo, salimos a la terraza. La noche mexicana era tibia, brisa con olor a tacos de la taquería de enfrente. Nos besamos ahí mismo, sus labios gruesos devorando los míos, lengua juguetona saboreando el sal de mi michelada. ¡Vergas, qué beso tan cabrón! Sus manos en mi culo, apretando suave, yo gimiendo bajito contra su boca. "Vamos a mi depa, está cerca", murmuró, y yo asentí, el deseo ardiendo como chile en mi sangre.

Acto dos, el de la escalada. Llegamos tropezando a su departamento, risas ahogadas y besos urgentes. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Encendió la tele para no perder el segundo tiempo, pero ya nadie le prestaba atención al partido. Me quitó el jersey despacio, besando mi cuello, mi clavícula, bajando a mis tetas que aún se paraban firmes. Su lengua en mis pezones, círculos húmedos, mordiditas que me hacían arquear la espalda. Olía a su colonia amaderada, mezclado con el sudor fresco de la noche.

Lo empujé al sofá, me subí encima, sintiendo su verga dura contra mi panocha a través de la falda. "Quítate eso, mamacita", gruñó, manos en mis muslos, subiendo la tela hasta revelar mi tanga empapada. La arranqué yo misma, el aire fresco en mi piel caliente. Él se bajó el pantalón, y ¡neta!, qué pinga tan chingona, gruesa, venosa, lista para mí. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, latiendo al ritmo de su corazón acelerado.

Me la metí a la boca primero, saboreándola, salada y masculina, lengua lamiendo la cabeza mientras él gemía "¡Ay, wey, qué rico chupas!". El sonido de su placer, ronco y animal, me ponía más caliente. El partido en fondo, El Tri dominando, pero nosotros en nuestra propia liga. Lo monté despacio, centímetro a centímetro, mi concha apretándolo como guante. ¡Qué llenada tan deliciosa! Sentía cada vena rozándome por dentro, pulsos sincronizados.

El ritmo subió, mis caderas girando, sus manos en mi cintura guiándome. Sudor goteando entre mis tetas, él lamiéndolo, salado y dulce. Gritos del bar vecino por un gol, pero los nuestros eran más intensos, "¡Más duro, cabrón!" le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo, piel contra piel chapoteando húmeda. Mi clítoris rozando su pubis, chispas de placer subiendo por mi espina. Interno: Llevo 50 años esperando esta follada épica, como si El Tri ganara la copa en mi cuerpo.

La tensión crecía, mis uñas en su pecho, marcas rojas que lo volvían loco. Él me volteó, ahora él encima, piernas en sus hombros, penetrándome profundo. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle y fluidos. Gemidos convirtiéndose en gritos, el sofá crujiendo. "Me vengo, güera", avisó, y yo "¡Dentro, lléname!", mi orgasmo explotando primero, olas convulsionando mi panocha alrededor de él, jugos chorreando.

Él se vació en mí, chorros calientes pintando mis paredes, gruñendo como toro. Colapsamos, respiraciones jadeantes, cuerpos pegajosos. El partido terminó, El Tri ganó, pero qué importaba. Su cabeza en mis tetas, besos suaves, dedos trazando mi piel.

En el afterglow, nos quedamos así, chelas frías de la hielera, riendo de lo pendejos que habíamos sido dejando el juego de lado. A los 50 años, con El Tri de fondo, descubrí que la pasión no envejece, se pone más sabrosa. Él me miró,

"Eres una chingona, con tus 50 años de experiencia. ¿Repetimos en el próximo partido?"
Sonreí, sabiendo que sí, que esta victoria era solo el principio.

La noche se extendió en caricias perezosas, su mano en mi entrepierna aún sensible, yo masturbándolo lento hasta que se paró de nuevo. Esta vez en la cama, misionero tierno, miradas clavadas, susurros de "te quiero así siempre". Otro clímax compartido, menos salvaje, más profundo, sellando la conexión. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me vestí con su camiseta de El Tri, oliendo a nosotros. Nos despedimos con un beso largo, promesa de más.

50 años de vida, 50 años de El Tri, y esta noche de fuego que me recordó: la neta del placer está en atreverse, en dejarse llevar por la pasión verde.

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