Astri la Diosa del Deseo
La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la avenida Masaryk llena de luces neón y risas que se escapaban de los bares elegantes. Yo, Marco, acababa de salir de una junta pesada en la oficina, pero algo en el aire me decía que esta velada iba a cambiar todo. Entré al rooftop de un hotel chido, donde la vista de la ciudad brillaba como un mar de estrellas caídas. Ahí la vi por primera vez: Astri. Su nombre sonaba como un susurro prohibido en mi mente, con esa curva en la "s" que prometía pecados dulces.
Astri estaba recargada en la barandilla, con un vestido negro ceñido que abrazaba sus caderas como una segunda piel. Su piel morena brillaba bajo las luces, oliendo a vainilla y jazmín desde metros de distancia. Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. ¿Qué pedo, carnal? ¿No te vas a acercar? me dije a mí mismo, mientras el sudor me picaba en la nuca por los nervios.
—Órale, qué vista más chingona, ¿no? —le solté, fingiendo casualidad.
Ella volteó, sus ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido. Sonrió con labios carnosos pintados de rojo fuego.
—Sí, pero la mejor vista eres tú, guapo. ¿Vienes seguido por acá?
Su voz era ronca, como miel caliente derramándose. Nos pusimos a platicar de la vida en la CDMX, de lo cañón que está el tráfico y lo padre que es escaparse a un lugar así. Astri era de Guadalajara, pero se había mudado por chamba en una galería de arte. Neta, cada palabra suya me erizaba la piel, y sentía cómo mi verga empezaba a despertar bajo los pantalones. Contrólate, pendejo, pensé, pero su risa era un imán.
Pedimos unos tequilas reposados, el aroma fuerte y terroso subiendo por mis fosas nasales mientras chocábamos copas. Sus dedos rozaron los míos al pasar el limón, un toque eléctrico que me hizo jadear bajito. La tensión crecía como tormenta en el horizonte, el viento nocturno trayendo su perfume que me mareaba.
La plática fluyó hacia lo personal. Astri confesó que andaba soltera hace meses, harta de güeyes que no sabían tocar a una mujer de verdad. Yo le conté de mi ex, que me dejó seco emocionalmente. Sus ojos se clavaron en los míos, y juré que vi deseo puro ahí.
—Ven, bailemos —dijo de repente, jalándome hacia la pista improvisada donde sonaba cumbia rebajada mezclada con reggaetón.
Sus caderas se pegaron a las mías, moviéndose con un ritmo que me volvía loco. Sentí el calor de su culo contra mi entrepierna, firme y suave a través de la tela fina. Mi polla ya estaba dura como piedra, palpitando con cada roce. Ella giró, presionando sus tetas contra mi pecho, pezones endurecidos que se marcaban como promesas. Olía a sudor dulce mezclado con su loción, y el sonido de su respiración agitada en mi oído era puro fuego.
Esto es lo que necesitas, Marco. Déjate llevar, rugía mi mente mientras mis manos bajaban a su cintura, apretando esa carne tersa. Astri gimió bajito, un sonido que vibró en mis huesos.
La noche avanzaba, y la química explotaba. Terminamos en un rincón semioculto, besándonos como posesos. Sus labios sabían a tequila y fresas, lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y caliente. Mordí su labio inferior, y ella arañó mi espalda, dejando surcos que ardían delicioso. Bajé la mano por su muslo, subiendo el vestido hasta sentir el encaje de sus calzones empapados.
—Estás mojada, Astri. Me traes al borde —murmuré contra su cuello, lamiendo el sudor salado.
—Pues haz algo al respecto, carnal —jadeó ella, metiendo la mano en mis pantalones para acariciar mi verga hinchada. Sus dedos eran magia, apretando justo donde dolía de gusto.
No aguantamos más. La invité a mi suite en el hotel, y subimos en el elevador como animales en celo. Adentro, la luz tenue de la ciudad entraba por las cortinas, pintando su cuerpo en sombras doradas. La desvestí despacio, besando cada centímetro revelado: hombros suaves, tetas perfectas con pezones oscuros que chupé hasta que gimió fuerte, arqueando la espalda.
El olor a sexo llenaba el cuarto, almizcle y deseo puro. Astri me quitó la camisa, lamiendo mi pecho mientras bajaba al cinturón. Se arrodilló, ojos fijos en los míos, y sacó mi polla palpitante. La miró como si fuera un tesoro, lamiendo la punta donde brillaba el pre-semen salado.
—Qué rica verga tienes, Marco. Grossa y lista para mí —dijo con voz juguetona, antes de metérsela hasta la garganta.
El calor de su boca era un horno, lengua girando alrededor del glande mientras succionaba. Gemí ronco, agarrando su cabello negro sedoso. El sonido húmedo de su chupada, chapoteos y slurps, me volvía loco. La dejé que me mamara hasta que estuve al borde, pero la jalé arriba.
La tiré en la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Besé su panza, bajando a su panocha depilada, labios hinchados y relucientes de jugos. Lamí despacio, saboreando su néctar dulce y ácido, como tamarindo maduro. Astri gritó, caderas levantándose para follar mi cara.
—¡Sí, así, pendejo! ¡Come mi concha! —exigía, voz quebrada de placer.
Metí dos dedos, curvándolos contra su punto G, mientras mi lengua azotaba el clítoris hinchado. Su coño se contraía, chorros calientes mojándome la barbilla. Olía a ella, puro aroma de hembra en celo. La hice correrse dos veces, temblores sacudiéndola como terremoto.
Entonces, Astri me volteó, montándome como amazona. Su coño se tragó mi verga de un jalón, caliente y apretado como guante de terciopelo mojado. Rebotaba, tetas saltando hipnóticas, uñas clavadas en mi pecho. Yo embestía desde abajo, pelotas chocando contra su culo con palmadas húmedas. El cuarto resonaba en gemidos, piel contra piel, sudados y brillantes.
Es perfecta, joder. Su calor me quema, su estrechez me aprieta hasta el alma, pensaba mientras la veía cabalgar, cabello volando salvaje.
Cambié posiciones, poniéndola a cuatro patas. Su culo redondo me llamaba, y la penetré profundo, manos amasando esas nalgas firmes. Astri empujaba hacia atrás, pidiendo más duro.
—¡Fóllame fuerte, Marco! ¡Hazme tuya!
La azoté suave, rojeando la piel, y ella chilló de gusto. Mi verga entraba y salía, brillando de sus jugos, el sonido obsceno de follada mojada llenando todo. Sentía sus paredes contrayéndose, ordeñándome.
Me vine como volcán, chorros calientes llenándola mientras ella explotaba otra vez, gritando mi nombre. Colapsamos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y semen. El olor a sexo post-orgasmo era embriagador, mezclado con su perfume desvanecido.
Yacimos jadeando, risas escapando entre besos suaves. Astri trazó círculos en mi pecho con el dedo, ojos brillando.
—Neta, eso fue épico. ¿Repetimos en la mañana?
—Obvio, mi diosa —respondí, besando su frente.
La ciudad seguía brillando afuera, pero adentro, el mundo era nuestro. Astri se acurrucó contra mí, su calor calmando mi alma agitada. En ese momento, supe que esto no era solo un polvo; era el inicio de algo chingón. El sueño nos venció, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas, con el pulso aún latiendo al ritmo de la noche inolvidable.