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Compartiendo Esposa Trio Ardiente

7080 palabras

Compartiendo Esposa Trio Ardiente

La noche en nuestra casa de playa en Cancún estaba cargada de ese calor húmedo que se pega a la piel como una promesa. Yo, Juan, había estado fantaseando con esto por meses: compartiendo esposa trio, esa idea que nos rondaba a María y a mí como un secreto jugoso. Ella, mi reina de curvas generosas, con su piel morena brillando bajo las luces tenues del patio, se reía coqueta mientras servía unos tequilas con limón. Carlos, mi carnal de la uni, el wey alto y atlético que siempre había sido el pendejo más guapo del grupo, estaba ahí sentado en el sofá de mimbre, con los ojos clavados en las tetas de María que asomaban por su escote.

"¿Y si hoy la armamos, carnal?" le dije a Carlos, con el pulso acelerado, mientras el aroma salado del mar se mezclaba con el perfume dulce de mi vieja. María me miró con esa sonrisa pícara, sus labios carnosos entreabiertos, y asintió. "Sí, amor, neta que quiero probarlo. Compartir con los dos... qué rico". El aire se espesó, como si el viento del Caribe supiera lo que venía. Sentí mi verga endurecerse solo de imaginarla entre nosotros, su cuerpo temblando de placer.

¿Y si me arrepiento? Nah, wey, esto es lo que hemos platicado mil veces. Verla gozar con otro me prende más que nada.

Nos acercamos despacio, como en un ritual. María se paró en medio, su vestido ligero ondeando con la brisa, y nos jaló de las manos. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos era el fondo perfecto, rítmico, hipnótico. Carlos la besó primero, un beso suave que pronto se volvió hambriento, sus lenguas chocando con un chasquido húmedo que me hizo tragar saliva. Yo le acaricié la espalda, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina, oliendo su esencia de vainilla y sudor fresco.

La llevamos adentro, al cuarto con la cama king size que cruje bajo pesos. Las velas parpadeaban, lanzando sombras danzantes sobre las paredes blancas. María se quitó el vestido con un movimiento lento, revelando sus chichis firmes, pezones oscuros ya duros como piedras. "Vengan, mis machos", murmuró con esa voz ronca que me volvía loco. Carlos y yo nos desvestimos rápido, nuestras vergas saltando libres, palpitantes. La suya gruesa, la mía curva y lista. Ella se arrodilló, el piso de madera fresca contra sus rodillas, y nos miró con ojos de fuego.

Empezó chupándome a mí, su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor del glande con un slurp que resonaba en la habitación. Sabía a sal y tequila, su saliva espesa bajando por mi tronco. Carlos se acercó, y ella alternó, mamando su pija con gemidos ahogados, las manos en nuestras bolas, apretando suave. El olor a sexo ya flotaba, ese almizcle crudo que enciende todo. Yo le metí los dedos en el pelo, tirando un poco, mientras veía cómo Carlos jadeaba, sus abdominales contrayéndose.

Pinche vista, mi esposa con la boca llena de verga ajena. Qué chingón, esto es puro fuego.

La tensión crecía como una ola gigante. La subimos a la cama, las sábanas frescas rozando su piel ardiente. Yo me recosté y ella se montó en reversa, su culo redondo abriéndose para mí. Sentí su coño mojado, resbaloso, tragándome centímetro a centímetro con un squish húmedo. "¡Ay, Juan, qué rica tu verga!" gritó, mientras Carlos se ponía de rodillas frente a ella. Le abrió las piernas, lamiéndole el clítoris expuesto, su lengua chapoteando en sus jugos. María se retorcía, sus tetas rebotando, uñas clavándose en mis muslos. El sabor de su excitación me llegaba en el aire, dulce y salado, mientras yo la embestía desde abajo, mis huevos chocando contra su piel con palmadas rítmicas.

"Más, cabrones, no paren", suplicaba ella, voz entrecortada por los gemidos. Carlos se levantó y le metió su pija en la boca, follándole la garganta profunda. Yo aceleré, sintiendo sus paredes internas apretándome, ordeñándome. El sudor nos cubría a todos, gotas rodando por espaldas, mezclándose en charcos en la cama. El cuarto olía a piel caliente, a coño chorreante, a testosterona pura. Sus pechos se mecían hipnóticos, y yo los amasaba, pellizcando pezones hasta que chilló de placer.

Intercambiamos posiciones, el corazón latiéndome como tambor. Ahora Carlos la penetró por atrás, en doggy, su verga desapareciendo en ese coño depilado y brillante. Yo estaba enfrente, y ella me la chupaba con furia, lágrimas de esfuerzo en los ojos pero sonrisa de éxtasis. "Compartiendo esposa trio... sí, así, mis amores", balbuceó entre succiones. Sentía las vibraciones de sus palabras en mi pija, el calor de su aliento. Carlos gruñía como animal, manos en sus caderas, embistiéndola con fuerza, piel contra piel en un plaf plaf constante. Yo le metí dos dedos en el culo, lubricados con sus propios jugos, y ella explotó en su primer orgasmo, cuerpo convulsionando, chorro caliente salpicando las sábanas.

La estoy viendo gozar como nunca, wey. Esto nos une más, neta que sí.

La intensidad subía, no parábamos. La pusimos en el centro, yo en su coño, Carlos en su culo. Doble penetración, suave al principio para que se ajustara. Ella gritaba de puro gozo, "¡Me llenan, pinches machos, rómpanme!". El roce entre nuestras vergas a través de la delgada pared era eléctrico, sus jugos chorreando por mis bolas. Sudor goteaba de mi frente al hueco de su espalda, mezclándose con el de Carlos. Sus gemidos eran sinfonía: agudos, guturales, pidiendo más. El aire vibraba con nuestros jadeos, el olor a sexo tan denso que lo saboreaba en la lengua.

Yo no aguanté más, el clímax me golpeó como tsunami. "¡Me vengo, nena!" rugí, descargando chorros calientes dentro de su coño, pulsando una y otra vez. Carlos la siguió segundos después, gruñendo mientras la llenaba por atrás, semen escapando en hilos blancos. María tembló en un orgasmo múltiple, uñas rasgando sábanas, cuerpo arqueado como arco. Colapsamos los tres, enredados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

El afterglow fue puro paraíso. Acaricié el pelo de María, besando su cuello salado, mientras Carlos le masajeaba los hombros. "¿Estuvo chido, amor?" le pregunté, voz ronca. Ella sonrió, ojos brillantes, "Lo mejor, Juan. Compartir así... nos hace más fuertes". Carlos rio bajito, "Carnal, tu vieja es una diosa". Nos quedamos ahí, con el mar susurrando afuera, cuerpos relajados, el aroma de nuestro placer lingering en el aire. Sabía que esto no era el fin, solo el principio de noches locas.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos duchamos juntos, risas y besos bajo el agua caliente. María en el medio, manos explorando de nuevo, pero suave, tierno. Salimos a la terraza, café humeante en mano, cuerpos aún sensibles. Mirándola, radiante y satisfecha, supe que compartiendo esposa trio había sido el catalizador perfecto para nuestra pasión eterna.

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