Las Asics Noosa Tri 12 que Despiertan el Fuego
El sol pegaba duro en el Parque de Chapultepec esa mañana de sábado, con ese calor mugriento que te hace sudar desde el primer paso. Yo, Ana, acababa de estrenar mis Asics Noosa Tri 12, esas tenis triangulares que me habían costado un ojo de la cara pero que valían cada peso. Neta, se sentían como una segunda piel, ligeras y ventiladas, perfectas para el triatlón que venía en unas semanas. Me las puse con short deportivo ajustado y top que dejaba ver mi ombligo bronceado, el pelo recogido en una coleta alta. Corría con ritmo, sintiendo cómo el mesh de las Asics rozaba mis pies húmedos, el sonido de mis pasos crujiendo sobre la grava del sendero.
De repente, lo vi. Un wey alto, musculoso, con el torso marcado por el sudor que le corría en riachuelos por el pecho. Corría en dirección contraria, pero sus ojos se clavaron en mí como si ya me conociera. Frenó un poco, sonrió con esa cara de pícaro que te hace cosquillas en el estómago. ¿Qué pedo, tan guapo y sudado? pensé, mientras aminoraba el paso sin querer. Él se acercó, jadeando leve.
¡Órale, carnala! Esas Asics Noosa Tri 12 están chidas, ¿las traes nuevas? Se ven rápidas pa’l tri.
Su voz era ronca, con acento chilango puro, y olía a hombre en movimiento: sudor fresco mezclado con desodorante cítrico. Me detuve, apoyando las manos en las rodillas para estirar, sintiendo el pulso acelerado no solo por la carrera.
—Sí, wey, acaban de salir del cajón. ¿Tú de qué equipo eres? —le contesté, coqueta sin esfuerzo, enderezándome para que viera bien mis curvas húmedas.
Se llamaba Marco, triatleta amateur como yo, entrenando para el mismo evento en Acapulco. Charlamos un rato, caminando lento por el parque, el sol calentándonos la piel, el aire cargado de olor a tierra mojada y hot dogs de los vendedores ambulantes. Sus ojos bajaban a mis tenis, luego subían por mis piernas tonificadas. Sentí un cosquilleo en el vientre, esa tensión que empieza como un juego pero promete más. Neta, este pendejo me prende con solo mirarme, me dije, mientras reíamos de tonterías sobre los tiempos de natación.
—Oye, ¿qué tal si corremos juntos un rato? A ver si me alcanzas con esas Asics Noosa Tri 12 —me retó, guiñando un ojo.
Acepté, y arrancamos. El ritmo era perfecto, nuestros pasos sincronizados, el frotar de su short contra sus muslos potente resonando cerca. Sudaba más, el olor de mi propia piel salada mezclándose con la suya, más intensa, más animal. Cada zancada hacía que mis pechos rebotaran suave, y notaba cómo él volteaba disimulado. La fricción de las tenis en mis pies me recordaba lo viva que estaba, lo sensible que se ponía todo mi cuerpo.
Al rato, paramos cerca de un banco sombreado. Jadeábamos, el pecho subiendo y bajando rápido. Me ofreció agua de su botella, y cuando bebí, un chorrito se me escapó por la barbilla, bajando hasta mi escote. Él lo miró, lamiéndose los labios sin disimulo.
—Estás cañona, Ana. Ese sudor te queda como maquillaje —dijo bajito, acercándose.
El corazón me latía en la garganta. Lo miré fijo, sintiendo el calor entre mis piernas crecer. —Tú tampoco te quedas atrás, Marco. ¿Quieres ver qué más sudamos juntos?
Su sonrisa fue el detonante. Me tomó de la mano, suave pero firme, y caminamos hasta su troca estacionada cerca. Subimos, el interior olía a cuero caliente y a él. Arrancó rumbo a su depa en la Condesa, no tan lejos, pero el trayecto fue eterno de miradas y roces casuales: su mano en mi muslo desnudo, mi pie rozando su pantorrilla. Las Asics Noosa Tri 12 aún en mis pies, sucias de tierra, me recordaban el inicio de todo esto.
Llegamos. Su depa era chido, minimalista con plantas y posters de Ironman. Cerró la puerta y ya estaba sobre mí, besándome con hambre, su lengua explorando mi boca con sabor a sal y menta. Gemí suave, mis manos en su espalda ancha, sintiendo los músculos contraerse bajo mis uñas. Olía delicioso, ese aroma varonil que te nubla la cabeza.
—Chíngame ya, wey —susurré contra su cuello, mordisqueando la piel salada.
Me cargó hasta el sillón, quitándome el top con urgencia. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras por el roce del aire fresco. Él los chupó, lamiendo despacio, el sonido húmedo de su boca haciendo eco en la habitación. Yo arqueé la espalda, el placer subiendo como corriente eléctrica, mis manos enredadas en su pelo corto y húmedo.
Dios, qué rico sabe este cabrón. Su lengua es fuego puro.
Le bajé el short, liberando su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas y la cabeza brillosa de pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo el calor y la dureza, tan viva como mi pulso. Él gruñó, bajándome el short a mí, exponiendo mi panocha depilada, ya mojada y hinchada de deseo. Sus dedos juguetearon ahí, rozando mi clítoris hinchado, metiéndose lento en mi calor resbaloso.
—Estás chorreando, nena. Tan lista pa’ mí —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.
Me volteó, poniéndome a cuatro patas en el sillón, mi culo en pompa. Sentí sus manos en mis caderas, separándome, y luego su lengua en mi raja, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreando mis jugos con gemidos guturales. El placer era intenso, oleadas que me hacían temblar, mis muslos apretándose. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada mezclada con su saliva.
No aguanté más. —Métemela, Marco. Quiero sentirte adentro.
Se puso de pie, alineó su verga con mi entrada y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Grité de gusto, el sonido rebotando en las paredes. Estaba llena, su grosor rozando cada pared sensible, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. Empezó lento, construyendo ritmo, sus manos amasando mis nalgas, un dedo jugando mi ano para más placer.
Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo en reversa, el sudor chorreando por mi espalda, goteando en sus muslos. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados, el olor espeso de follar duro. Es perfecto, neta, este wey me lleva al cielo.
Cambié de posición, montándolo ahora frente a él, mis tetas en su cara para que las mamara mientras yo rebotaba. Sus manos en mi cintura guiándome, fuerte pero consentido, empoderándome en el control. Sentía su verga hincharse más, el orgasmo acercándose como tormenta.
—Me vengo, Ana... ¡joder! —rugió, y sentí sus chorros calientes llenándome, disparo tras disparo.
Eso me detonó. Mi coño se contrajo alrededor de él, oleadas de éxtasis sacudiéndome, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco. Colapsé sobre su pecho, nuestros cuerpos pegajosos, corazones galopando al unísono. El aroma de semen y sudor nos envolvía como manta tibia.
Después, nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. Me quitó las Asics Noosa Tri 12 con ternura, masajeando mis pies cansados, besando los dedos sudorosos. —Estas tenis tuyas me mataron, wey. Me prendieron desde el principio —le dije riendo bajito.
Él sonrió, atrayéndome para otro beso lento. —Y tú a mí, con todo ese fuego. ¿Entrenamos juntos pa’l tri?
Asentí, sintiendo un calor nuevo, no solo físico. Salimos a la terraza con cervezas frías, el sol bajando, platicando de carreras y sueños. Ese día, las Asics Noosa Tri 12 no solo me llevaron lejos en distancia, sino en deseo. Y supe que esto era el inicio de algo chingón.