No Intentes Suicidio Prueba Mi Fuego
La noche en la Condesa se sentía como un abrazo traicionero. Tú estabas en el balcón de tu depa chido, con el viento fresco de la Ciudad de México revolviéndote el pelo y trayendo olores a taquerías lejanas mezclados con el jazmín del jardín de abajo. Las luces de los autos en Avenida Ámsterdam parpadeaban como estrellas falsas, y en tu mente, un vacío cabrón te apretaba el pecho. Habías tenido un día de la chingada: el pinche jefe pendejo, el desmadre con tu ex que no te soltaba, y esa sensación de que todo valía madre. ¿Y si ya fue? pensaste, apoyando las manos en la barandilla, mirando el vacío de siete pisos abajo.
De repente, unas manos fuertes te rodearon la cintura desde atrás. El calor de su cuerpo te pegó como una ola, su pecho ancho contra tu espalda, oliendo a su colonia terrosa y un toque de sudor fresco del gym de la tarde. Era él, tu carnal, tu vato de toda la vida, con esa sonrisa pícara que siempre te sacaba de ondas bajoneadas.
Don't try suicide, murmuró en tu oído con voz ronca, citando esa rola vieja de Queen que tanto les gustaba poner en las fiestas. Su aliento caliente te erizó la piel, y soltó una carcajada suave. No mames, güey, ¿qué pedo contigo? Ven pa'cá, no seas mensa.
Tú giraste, riendo a medias, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano. Sus ojos cafés te clavaron, llenos de ese deseo puro que siempre te hacía sentir viva. Órale, pensaste, este pendejo siempre sabe cuándo jalarme del pelo. Lo jalaste de la playera, pegando tus labios a los suyos. El beso empezó suave, saboreando el leve gusto a cerveza artesanal que traía de la cocina, pero pronto se volvió hambriento. Sus lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos subían por tu blusa suelta, rozando la piel de tu panza con dedos callosos que sabían exactamente dónde tocar.
Él te cargó sin esfuerzo, como si fueras pluma, y te llevó adentro al cuarto. La puerta se cerró con un clic suave, aislando el ruido de la calle. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba su piel morena en tonos dorados, y tú sentiste el pulso acelerado en tu cuello, el calor subiendo entre tus piernas. Chingao, cómo me prende este wey, internalizaste, mientras él te recargaba contra la pared, besando tu cuello, mordisqueando suave esa zona que te hacía arquear la espalda.
—Te quiero viva, mi reina —susurró, bajando tus shorts de mezclilla con un tirón juguetón—. No intentes nada loco cuando me tienes a mí pa' hacerte volar.
Sus palabras te calaron hondo, mezclando ternura con ese fuego mexicano que ardía en sus ojos. Tú le quitaste la playera, pasando las uñas por su pecho velludo, sintiendo los músculos tensos bajo tus palmas. Olía a hombre puro: sudor limpio, piel tostada por el sol de Chapultepec. Tus tetas se apretaron contra él cuando lo empujaste a la cama king size, trepándote encima como reina conquistanetf.
Acto dos: la cosa escaló cabrona. Tú te sentaste a horcajadas en sus caderas, sintiendo su verga dura como fierro presionando contra tu panocha a través de la tanga húmeda. El roce te mandó chispas por la espina, un gemido escapando de tu garganta. Neta, este calor entre mis chiles es lo que necesitaba. Él te miró con hambre, manos amasando tus nalgas redondas, apretando la carne suave hasta dejarte marcas rojas que mañana dolerían rico.
—Quítate eso, carnal —le ordenaste, voz ronca de deseo.
Él obedeció, bajándose el bóxer con una sonrisa lobuna. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando con precome. Tú te lambiste los labios, bajando despacio para lamerla desde la base, saboreando el gusto salado y almizclado que te volvía loca. Él gruñó, ¡Ah, cabrón!, enredando los dedos en tu pelo mientras chupabas, succionando fuerte, la lengua girando alrededor del glande. El sonido húmedo de tu boca llenaba el cuarto, mezclado con sus jadeos y el latido de tu clítoris hinchado pidiendo atención.
Pero él no se dejó dominar mucho. Te volteó con un movimiento fluido, expertazo en artes marciales del barrio, y te abrió las piernas. Ahora me toca a mí, mi amor. Su boca se hundió en tu panochita, lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clít, chupando tus labios hinchados. Olías a excitación pura, jugos dulces que él devoraba con hambre. Tú arqueaste, uñas clavadas en las sábanas de algodón egipcio, el placer subiendo como volcán popo. ¡No pares, pendejo! ¡Me vengo! gritaste, el primer orgasmo explotando en olas, piernas temblando, squirtando un chorrito en su cara sonriente.
Él subió, verga lista, frotándola en tu entrada resbalosa. —¿Quieres que te coja, mi vida? —preguntó, ojos fijos en los tuyos, esperando consentimiento.
—Sí, chingame duro, wey —respondiste, jalándolo dentro.
Entró de un embiste lento, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. El roce de su piel contra la tuya, el slap slap de caderas chocando, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Tú envolviste las piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda, mientras él bombardeaba profundo, golpeando ese spot que te hacía ver estrellas. Sudor perlando sus brows, goteando en tus tetas. Esto es vida, no muerte, pensaste en el clímax de la tensión, el build-up de cada thrust acelerando tu pulso, contrayendo tu coño alrededor de él.
Inner struggle: por un segundo, el vacío volvió, pero su mirada te ancló.
Don't try suicide, siente esto, jadeó él entre thrusts, y tú lo besaste feroz, eligiendo el placer sobre la oscuridad. La intensidad creció: posiciones cambiaron, tú de perrito agarrada al cabecero, él atrás jalándote el pelo suave, palmadas en las nalgas que resonaban como mariachi. Gemidos en español cabrón: ¡Más! ¡Avienta, cabrón! ¡Te voy a ordeñar!
El clímax se acercó como tormenta. Tú sentiste el orgasmo building en tu vientre, calor líquido expandiéndose. Él aceleró, gruñendo ¡Me vengo, mi reina!, y explotó dentro, chorros calientes bañando tus paredes, triggerando tu propio éxtasis. Ondas de placer te sacudieron, visión borrosa, grito ahogado en la almohada, cuerpos temblando pegados.
Final: el afterglow fue puro paraíso. Cayeron enredados, pieles pegajosas de sudor y jugos, respiraciones jadeantes calmándose al ritmo de la ciudad lejana. Él te acarició el pelo, besando tu frente. Estás viva, mi amor. Y conmigo, siempre lo estarás.
Tú sonreíste, el vacío disipado como humo de cigarro. El olor a sexo y su piel te envolvió, cálido y real. Neta, este wey es mi salvación, reflexionaste, acurrucándote en su pecho. Afuera, la Condesa seguía su desmadre, pero adentro, habías elegido la vida, el fuego, el placer mexicano que quema pero revive. Mañana sería otro día chido, con él a tu lado. Y esa rola de Queen ahora sonaba diferente en tu cabeza: no un warning, sino un himno al éxtasis.