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Inténtalo Más Tarde En Mi Piel

6323 palabras

Inténtalo Más Tarde En Mi Piel

Tú estás recargado en el sillón de tu depa en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas, calentando el aire con ese olor a ciudad vibrante, mezclado con el café negro que humea en tu taza. El teléfono vibra en tu mano, pero cuando intentas abrir la videollamada con ella, please try again later parpadea en la pantalla como un coqueteo frustrado. Neta, qué pinche mala suerte. Llevas todo el día pensando en su cuerpo, en cómo se siente su piel suave bajo tus dedos, ese calor que sube cuando la besas el cuello. Ella, tu morra, la que te vuelve loco con solo un mensajito.

¿Por qué carajos justo ahorita? Piensas, mientras el pulso se te acelera imaginándola en su gym de Reforma, sudada, con el chándal pegado a sus curvas.

Le mandas un texto: "Wey, intenta la llamada, te extraño el culo". Ella responde con un emoji de fuego y "Luego platicamos, mi rey, estoy en medio de la clase". Pero tú no aguantas. El deseo te pica como chile en la lengua, y decides moverte. Tomas las llaves del coche, ese Tsuru viejo pero confiable, y sales a la calle donde el tráfico de la Ciudad de México ruge como siempre, cláxones y vendedores ambulantes gritando "¡Elotes! ¡Tostis!". El viento trae olor a tacos al pastor, pero tu mente solo está en ella, en cómo sabe su boca a menta fresca después del gym.

Llegas a su edificio en la Roma, ese lugar chido con alberca en el roof y portería 24/7. El conserje te saluda con un "Órale, carnal, ¿todo bien?". Subes en el elevador, el corazón latiéndote fuerte, anticipando el momento. Tocas el timbre y oyes sus pasos ligeros, descalzos. La puerta se abre y ahí está, envuelta en una toalla blanca, el pelo húmedo cayéndole por los hombros, gotas de agua resbalando por su clavícula. Huele a jabón de lavanda y a ese sudor limpio del ejercicio. Sus ojos cafés brillan con sorpresa y picardía.

"¿Qué haces aquí, pendejo?" dice riendo, pero te jala adentro, cerrando la puerta con el pie. Sus labios chocan contra los tuyos al instante, un beso hambriento, con lengua que sabe a chicle de fresa. Tus manos van directo a su cintura, sintiendo la toalla resbaladiza, el calor de su piel debajo.

La escena se arma en su sala amplia, con ventanales que dan a los árboles de la colonia, el sol pintando todo de dorado. La empujas suave contra la pared, besándola el cuello mientras ella gime bajito, "Ay, wey, me tienes mojada desde la mañana". Tus dedos se cuelan bajo la toalla, rozando su monte de Venus suave, ya húmeda, caliente como un tamal recién salido del steamer. Ella arquea la espalda, clavándote las uñas en los hombros, ese dolor placentero que te enciende más.

Esto es lo que necesitaba, neta, sentirla viva, latiendo contra mí, no un pinche mensaje de error.

La toalla cae al piso con un sonido suave, revelando sus tetas firmes, pezones duros como piedras de obsidiana. Tú te quitas la playera rápido, y ella te desabrocha el cinto con urgencia, mordiéndose el labio. "Te quiero adentro ya", susurra, voz ronca, mientras te baja el pantalón. Su mano envuelve tu verga dura, palpitante, acariciándola con movimientos lentos que te hacen jadear. El olor a su excitación llena el aire, almizclado, dulce, mezclado con el perfume que se pone después de bañarse.

La cargas en brazos hasta el sofá de piel beige, suave contra su espalda desnuda. Te arrodillas entre sus piernas abiertas, besando su interior de muslos, lamiendo despacio hasta llegar a su clítoris hinchado. Ella gime fuerte, "¡Sí, así, chingao!", agarrándote el pelo. Su sabor es salado, íntimo, como el mar mezclado con miel. La lengua se mueve en círculos, chupando suave, luego fuerte, mientras sus caderas se levantan, temblando. Tus dedos entran en ella, dos, curvados, tocando ese punto que la hace gritar, paredes apretadas, húmedas, succionando.

El tiempo se estira, la tensión sube como el calor de un comal. Ella te empuja arriba, volteándote para montarte. Su peso sobre ti es perfecto, tetas rebotando mientras se empala en tu verga, lenta al principio, gimiendo con cada centímetro. "Qué grande la tienes, mi amor", dice, ojos cerrados en éxtasis. Tú agarras sus nalgas redondas, firmes del gym, guiándola en el ritmo. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, llena la habitación, junto con sus jadeos y tus gruñidos. Sudor perla en su pecho, gotea en el tuyo, salado al lamerlo.

La volteas boca abajo, perrito estilo, su culo en pompa invitándote. Entras de nuevo, profundo, sintiendo cómo la llena entera, sus gemidos ahogados en el cojín. "Más fuerte, pendejito, rómpeme", pide, y tú obedeces, embistiendo con fuerza controlada, bolas golpeando su clítoris. El placer sube en oleadas, tu pulso retumba en oídos, su coño apretándote como vicio. Ella se toca abajo, círculos rápidos, y grita "¡Me vengo, ay Dios!", cuerpo convulsionando, ordeñándote.

Tú aguantas un poco más, volteándola para mirarla a los ojos, esos ojos que te dicen todo. Misionero, piernas en tus hombros, penetrando hondo, lento ahora, saboreando cada roce. "Córrete conmigo", murmura, y explotas, chorros calientes llenándola, gemido gutural saliendo de tu garganta. El mundo se disuelve en blanco, placer puro, su calor envolviéndote.

Caen juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor, semen goteando entre sus piernas. Ella se acurruca en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel. El aire huele a sexo crudo, satisfecho, con la brisa de la ventana trayendo olor a jazmines del jardín abajo. "Esa videollamada de mierda fue lo mejor que nos pasó", dice riendo bajito. Tú la besas la frente, sintiendo paz, conexión profunda.

Neta, a veces los errores son bendiciones disfrazadas. Mañana intentaré de nuevo, pero en vivo y en directo.

Se quedan así, envueltos en sábanas que arrastran del cuarto, platicando pendejadas sobre la vida, el trabajo, planes para un viaje a la playa en Cancún. Su risa vibra contra ti, cálida, y sabes que esto es lo real, lo que ningún pinche mensaje puede igualar. El sol se pone, tiñendo la habitación de naranja, y el deseo late bajo la piel, prometiendo más rondas después de la cena de enchiladas que pedirán.

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